Decía Antonio Machado que la verdad es lo que es y sigue siendo verdad aunque se piense al revés. El “trumpismo” español se ha propuesto enterrar la verdad fabricando un universo paralelo (para lelos, habría que decir) donde la mentira, el bulo y la patraña lo corroen todo. ¿Pero qué es eso del “trumpismo” español?, se preguntará el ocupado lector. ¿Existe realmente? Y en todo caso, ¿quién forma parte de ese selecto club de populistas hispánicos que siguen al pie de la letra las técnicas y lecciones impartidas por Donald Trump al otro lado del Atlántico? Sin duda, estamos hablando de gente que como Pablo Casado, Cayetana Álvarez de Toledo, Santiago Abascal o Isabel Díaz Ayuso han creado su propia neolengua populista sin otro objetivo que alterar la realidad y contaminar a la opinión pública con una especie de “política tóxica” o mundo distópico al revés que ni un relato de Philip K. Dick.

Así es como, a fuerza de machacar cuatro ideas fuerza, los gurús del “trumpismo” ibérico están acostumbrando al personal a coletillas como “consenso progre”, “Gobierno filoetarra y socialcomunista”, “dictadura feminazi”, “terror de los menas” y “guerra cultural”. En el fondo se trata de términos inventados, ficticios, sin ninguna base real, pero que se extienden como virus peligrosos sin que nuestra frágil democracia encuentre los anticuerpos necesarios para defenderse. La jerga metalingüística de las derechas y sus correspondientes fábulas o cuentos para viejas están calando hondo en muchos españoles indignados con sus políticos, aterrorizados por la pandemia y confusos ante el futuro incierto que se avecina. Una legión de ciudadanos abandonados a su suerte y sin referentes que busca soluciones a la desesperada en los charlatanes del populismo, terraplanistas de la política y negacionistas de todo pelaje y condición.

Sin embargo, a veces, solo a veces, la actualidad nos deja titulares deliciosos que desmontan las filfas y trolas de los farsantes y nos ponen ante la auténtica personalidad que se esconde detrás de los embaucadores y retóricos del lenguaje. Ayer mismo, sin ir más lejos, el diario digital Infolibre sorprendía con el carrito del helado a Santiago Abascal, líder de la flamante nueva extrema derecha española. “Tres meses después de haber adquirido un chalé de 185 metros cuadrados con garaje y jardín de 100 metros localizado en una zona de alto nivel al norte de Madrid, y de precio desconocido pero sujeto a una hipoteca de nada menos que 736.000 euros, Abascal sigue sin actualizar su declaración de bienes”, aseguraba el citado medio. O sea que el noble y gran patriota, el españolazo de pedigrí, el Caudillo de Bilbao que iba a dar hasta la última gota de su sangre por España y que se había propuesto terminar con los “chiringuitos y mamandurrias” y con el “Gobierno corrupto filocomunista” y con la “derechita cobarde” es en realidad uno más, otro emprendedor que hace carrera, un muchacho que va para arriba y que prospera con el lucrativo negocio de la política. Un caso de manual de impostura política. Qué decepción para los suyos. La exclusiva de Infolibre habla de una “despampanante vivienda” de un millón de euros, de una vida de lujos que la inmensa mayoría de los españolitos jamás podrán catar, de una posición acomodada de alguien que no hace tanto criticaba a Pablo Iglesias por haberse comprado otro chaletazo como el suyo en Galapagar (últimamente entre los políticos se impone la moda de ver quién la tiene más grande, la casa).

Será porque estamos en otoño, pero el caso es que la careta se le ha caído a Santi Abascal a pocas horas de que suba al estrado de las Cortes para defender su moción de censura fake, un ridículo espantoso que está abocado al fracaso porque Vox está solo y nadie le compra su idea franquista y anticuada de España. El proyecto abascaliano es una delirante ensoñación con mucho cortijo de señoritos feudales, caballos, toreros, misas de doce y monterías de cazadores abatiendo perdices y torcaces. Todo aquel mundo de la España profunda (que no vaciada) y del paria sometido a la tiranía de los caciques latifundistas −tan magistralmente retratado por el centenario Delibes en Las ratas, Los santos inocentes o El disputado voto del señor Cayo− está felizmente superado. Si el gran depresivo y melancólico de Valladolid levantara la cabeza seguro que aconsejaría al bueno de Santi que se volviera para casa, que regresara otra vez a su terruño de Vizcaya de donde no debió haber salido nunca y que no hiciera el ridículo en el Parlamento. Los españoles están avisados de lo que les espera si llega la extrema derecha. La España atávica de Abascal es cosa del pasado, por mucho que entre él y el alcalde de Madrid hayan ejecutado a Largo Caballero a martillazo limpio.

Pero hay más casos de flagrantes impostores populistas que están siendo desenmascarados en estos tiempos de cóleras y pandemias. Según publica la prensa de Madrid, a Isabel Díaz Ayuso le falta poco para pedirle al Gobierno que decrete el toque de queda en la capital de España, ya que ella no se aclara con el virus por incompetencia, nulidad y torpeza manifiesta. IDA es de esas jóvenes políticas “trumpistas” que no sabrían distinguir una bacteria de un camello y eso está costando miles de vidas humanas. Con todo lo que esta mujer ha despotricado durante meses; con toda la barrila que ha dado contra las medidas filocomunistas y represoras; con toda la matraca que ha orquestado contra los peligrosos bolcheviques que pretenden liquidar los derechos y libertades de los “cacerolos” y “cayetanos” para que ahora vaya llorándole a Sánchez y pidiéndole el toque de queda. No es serio. Es una broma pesada. Pero así es nuestra IDA, un día “trumpista” hasta las cachas, al siguiente liberticida. Un día liberal de la corriente dura aguirrista y al siguiente intervencionista aunque sea por necesidad. En cualquier momento se pone la gorra del Che Guevara puño en alto. Con esta señora ya no valen sesudas explicaciones políticas, sociológicas o filosóficas para tratar de entenderla. Lo de IDA es simple y llanamente un fraude, una impostura, una tomadura de pelo a los madrileños. Como todo lo que viene de la nueva extrema derecha española. Como el estilo Casado. Pero de este hablaremos otro día, que ya chupa demasiada cámara.

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