Rastrear los orígenes del nombre de un país es una tarea interesante y, parece ser, que los historiadores dedican muchas páginas sobre un problema que, a veces, es imposible aclarar del todo. El nombre de nuestro país llegado hasta nosotros tiene un origen, es una evidencia, llamémosle España o Estado Español, como gusten. Se busca por la Etimología, por los escritos de los primeros historiadores y por aquellos primeros pueblos que contaron algo sobre esta porción de tierra al extremo de un mar, que dio vida a las primeras civilizaciones de las que tenemos noticias, hasta nuestros días.

Entiendo que los pueblos que llegaron a este lado del mar, lo hicieron en aras de intereses diversos, pero estamos mencionados como “tierra de conejos”, “tierra de serpientes” o “de forjadores de metales”. Nuestros primeros visitantes, los Fenicios, navegantes de cabotaje, portadores de baratijas, maderas de cedro, marfiles, adornos de oro y plata, nos dejaron, el Alfabeto, las salazones, la moneda, factorías, el rojo púrpura de sus telas y además del afán por los mercadillos semanales, el rescoldo de navegar para descubrir tierras lejanas. Hay otras hipótesis de cómo hemos venido a llamarnos hispanos, ibéricos, españoles, porque aquel país oculto, misterioso, lejano y desconocido, resultamos ser nosotros, personas occidentales europeas de hoy.

Pues sí, hemos sido y somos todo aquello que supieron ver los navegantes del otro lado del mar nuestro que, desde el siglo VIII antes de nuestra Era, se acercaron trayendo el olivo, la vid, las palabras distintas y se llevaron otras tantas cosas nuestras. Pero, lo cierto es que nuestros primeros visitantes hablaron más de animales de presa que de cazadores, porque, aparte de la extracción de metales y muchas serpientes, el resto eran madrigueras inmensas colmadas de pacíficos mamíferos asustados que sólo campeaban en los atardeceres de un mundo que empezaba a retozar.

Pienso que nuestros visitantes de los tres puntos cardinales restantes, nosotros somos el suroeste, no pusieron atención en algo fundamental logrado por lo que se conoce como, la interacción biológica. Al decir verdad, se olvidaron de los depredadores, pues donde hay caza hay cazadores, así nuestra querida porción de tierra, nuestra querida “balsa de piedra”, se llenó de otros muchos animales necesitados de subsistir para completar aquello de la selección natural. Somos el segundo país europeo en cantidad de aves, de entre ellas, las depredadoras y carroñeras que desde la altura divisan entre las matas serpientes, conejos y todo lo que se mueva. Ah, donde hay conejos hay linces, porque ellos son como el león y la gacela, una extraña combinación, un balbuceo prematuro del “síndrome de Estocolmo”.

Vaya, así somos al parecer, una tierra de conejos destinados al sacrificio, animales hechos tiras entre las garras afiladas de las rapiñas y terminadas por sus picos curvos cortantes. Buitres, águilas, halcones, quebrantahuesos, fuertes enemigos para presas tan frágiles. ¡Cosa terrible la Madre Naturaleza! Sin embargo, eso es una parte de la panorámica, giremos entonces la cámara hacia otra perspectiva, hacia el lado humano que ha intentado vivir durante siglos sobre esa tierra de conejos asustadizos, presas fáciles del cazador. También en este lado del paisaje se ha instalado desde hace siglos una especie depredadora y carroñera dispuesta a saciar su apetito, que es terriblemente devastador.

Pese a esto, los pueblos peninsulares no se dejaron dominar por la depredación ni el parasitismo, se han defendido con los medios posibles a su alcance. Aunque para su desgracia, a los depredadores propios el tiempo le añadieron otros exógenos tan facultados y diestros como los de dentro, y desde otros puntos las agresiones fueron frecuentes distintas y continuadas. Lo acontecido en nuestra historia es de especial virulencia. En la antigüedad nuestra tierra fue troceada y rendida como trofeo de guerra al conquistador romano. En la etapa medieval dividida en predios feudales para monasterios, jerarquías eclesiásticas, títulos nobiliarios y reyezuelos dominantes. Tras la derrota de Al-Andalus, repartida de nuevo entre los vencedores, militares, nobleza, Órdenes religiosas y personal victorioso de la Santa Cruzada.

Muchas veces fue repartida esta tierra en tramos horizontales de norte a sur, para ello se cambiaron las formas de vivir en beneficio de la carroña depredadora. Nuestro mundo de hoy no se puede entender si no arrastramos con nosotros el siglo XIX, el llamado siglo de las revoluciones, que en nuestra tierra fueron importantes. El siglo XIX fue un tiempo para las ideas y los deseos de emancipación y como el resto de los países europeos hubo revoluciones, ideales y propuestas de cambio que han llegado hasta nuestros días. Dos grandes acontecimientos hicieron fracasar las expectativas de emancipación social del pueblo español, la conocida como Desamortización y la Segunda República a la que siguió una depredadora Dictadura. A los recientes carroñeros no les ha temblado la mano para extraer hasta el último trozo de carne de los huesos de los más débiles. Nuevamente los conejos emiten su chillido de angustia, la yerba esta cegada hasta la raíz por los depredadores, esperemos que los conejos se dispongan a gruñir.

Estamos en un momento de peligro, hora de recordar que no somos iguales, somos una sociedad de clase, de presa y cazador. Por el tiempo que se otea en el horizonte, una mayoría lo pasará peor cuando esto termine y se acaben las palmas.

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