“¿Tiene usted hora?”, le preguntaron cierta vez por la calle al médico investigador Boris Pérez. Se trataba de una pregunta poco habitual. Todo el mundo disponía de teléfono móvil y sabía perfectamente qué hora era. Boris recordó cuando las personas solían llevar reloj de muñeca, pero esa costumbre se había perdido. Llevar reloj solo para saber la hora y además teléfono móvil era duplicar funciones y se eliminó el reloj porque tenía menos utilidades.

“¿Le importaría decirme qué hora es, señor?”, le insistieron. Boris se había quedado pensando mientras miraba a su interlocutor. Le ocurría a veces. “Sí, claro, la hora”, respondió. “La hora es un concepto antiguo”, dijo, y recordó que fueron los egipcios quienes realizaron una división del día en doce horas. Posteriormente se añadió la noche y así resultó la actual estructura de veinticuatro horas.

“¿Me va a decir la hora o no?, que se me hace tarde”, escuchó Boris en un tono más alto. Eso le sacó de sus pensamientos, miro su teléfono y cuando iba a responder escuchó: “Gracias”. Mientras veía a esa persona alejarse Boris se preguntaba realmente, ¿para qué hace falta saber la hora? En el campo se trabaja de sol a sol, y ni a los animales ni a las plantas les importa mucho la hora que sea. En la industria los contratos de trabajo establecían el comienzo de la jornada laboral al rayar el sol en el horizonte, o simplemente al amanecer. En algún momento de la historia de la humanidad, la hora se adueñó de sus vidas, y debió de existir una razón.

El momento fue reciente, y la razón también, porque no se necesita de un reloj para vivir, y además uno de los atractivos de las vacaciones es hacer un horario distinto del habitual. Boris miró la hora. Pensó que era tarde. Sabía que era tarde por algún motivo, pero ahora había olvidado hacia dónde se dirigía.

Continuó andando en la misma dirección. Ya se acordaría. Mientras pensaba que fue en el año 1884 en la ciudad de Washington donde tuvo lugar la Conferencia del Meridiano, que estableció la medición desde Greenwich, y a partir de ahí contar los husos horarios. No fue hasta el año 1929 cuando la mayoría de los países adoptaron el sistema horario único. La razón fundamental de este proceso fue el tren. Las personas y las mercancías se trasladaban de acuerdo con un sistema horario que debía ser universal.

Por esa razón se dispusieron grandes relojes en las fachadas de Ayuntamientos e Iglesias, para que cualquiera pudiera conocer la hora. En principio sólo algunas casas disponían de reloj, y ya después apareció el reloj de bolsillo y el de pulsera. Con la llegada del reloj digital su uso se extendió y también nuestra dependencia de un horario.

“El tren”, exclamó Boris. Tenía que coger el tren. Se apresuró. Llegaba con el tiempo justo. Desde un principio, en España se concedió la responsabilidad de establecer la hora oficial al Real Instituto Observatorio de la Armada de San Fernando en Cádiz. Precisamente allí se dirigía Boris. Un lugar que le inundaba de recuerdos. El tren, el reloj, la hora, la hora oficial, el observatorio y Boris llegando tarde… toda una paradoja.

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Profesor Titular de Universidad de la Universidad de Cádiz, en el Departamento de Estadística e Investigación Operativa, adscrito a la Facultad de Ciencias del Trabajo. Ha sido Vicerrector de Alumnos de la Universidad de Cádiz (desde el año 2003 hasta el 2013) y Vicerrector de Responsabilidad Social y Servicios Universitarios de la Universidad de Cádiz (desde 2013 hasta 2015). Durante estos doce años, ininterrumpidamente, ha tenido entre sus competencias el Área de Deportes de la Universidad de Cádiz. Ha promovido la creación del Aula Universitaria de Fútbol de la Universidad de Cádiz, y en estos momentos ocupa el cargo de Director del Aula de Fútbol. Tiene el título de Entrenador Nacional de Fútbol con Licencia UEFA-PRO. Ha entrenado en las categorías Infantil y Cadete del Cádiz C.F. desde el año 2010 hasta la actualidad. Además, en el Cádiz C.F. ocupa el cargo de Coordinador de Delegados y Auxiliares de Fútbol Base desde el año 2014.

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