Cementerio de Igualada, 2019. Foto: Jaume Prat.
 So you’re the competition, 
You’ve made that clean,
The new boy on the block and you got no fear,
When you’re at the bottom you can only climb
You might just make it to the top given time!
 
You wanna be the big man, you got big plans,
Big ambitions, you got dreams,
So what’s the big idea?
 
Fish, The Rookie
Del disco Field of crows (2003). Parece que Fish hubiese escrito la canción expresamente para él.

No es posible subestimar lo que significó la aparición de Enric Miralles en el panorama arquitectónico catalán primero, mundial después. Empecé a estudiar arquitectura en 1993. Recuerdo perfectamente a algunos profesores comportándose como niños celosos ante la última obra de aquel señor que hacía cosas diferentes. Cosas que no se podían hacer. Cosas que no se podían ni pensar. Miralles tomaba riesgos pasando de clientes, requerimientos funcionales, leyes de la economía de medios y convenciones establecidas. Qué caray. Si incluso se le caía alguna obra, aunque no fuese culpa suya. Porque no fue culpa suya.

     El 3 de julio pasado se cumplieron veinte años de su muerte a los cuarenta y cinco años. Veinte años de mito. Veinte años de ser lanzado en manos del tiempo, frase que él mismo escribió refiriéndose al colapso de la cubierta de su pabellón de Huesca, una historia que lo persiguió durante años cuando la realidad es que los cambios que arrastra su reconstrucción constituyen una de las lecciones de arquitectura más potentes que jamás haya recibido. Es tiempo de reflexionar un poco sobre este animal de la arquitectura.

     Ya se puede decir: Miralles es el arquitecto catalán más importante después de Gaudí.

     Ahora necesitamos saber qué significa eso. 

Somos seres humanos porque soñamos. Porque nos ilusionamos. Porque, de vez en cuando, nos elevamos por el medio que sea por encima de un mundo sórdido y esencialmente injusto según las mismas leyes que hemos decidido usar para intentar entenderlo o, como mínimo, darle un poco de sentido. El mundo es una mierda. La vida es una mierda. Lejos de cualquier estado que nos permita sentirnos mínimamente satisfechos o realizados, necesitamos ilusionarnos. Tener referentes. Proyectarnos. Identificarnos con algo positivo. Pensar que hay algo que es más grande y mejor que nosotros.

Enric Miralles ilusiona.

Sí, es una idea romántica. Romántica en el sentido decimonónico de la expresión, se entiende. Su idea de lo que significaba ser un arquitecto (volcado todo el santo día sobre el tablero de dibujo haciendo croquis de espacios que jamás habían sido concebidos mientras el polvo del taller de maquetas se depositaba sobre los papeles sulfurizados, y colaboradores no pagados exhaustos después de días sin dormir, y los homenajes constantes a cualquier antigüedad, y todos los etcéteras posibles) es tremendamente romántica. Miralles es, por ahora, el penúltimo representante de esta manera de entender la profesión, personalista, individualista, la del artista tocado por la Mano del Destino que hace cosas increíbles. Lo que es, obviamente, una gran mentira. Pero, incluso sabiéndolo, incluso sabiendo más cosas de las que me tocaría saber sobre él, su arquitectura ilusiona. Su arquitectura corta la respiración. Nos lanza en manos del tiempo. Resuena con los ambientes que crea. Nos hace mejores. A todos. A nosotros y, por descontado, a él. Esto es Miralles: un referente. Una visión de esta especie de Arcadia feliz que debería de ser alguna vez el mundo.

     La mayor mentira sobre Miralles es que nunca fue Miralles. Jamás. Sin el concurso de sus mujeres, Carme Pinós primero y Benedetta Tagliabue después, Miralles no hubiese sido nada. Lisa y llanamente. Nada. Miralles es Pinós y es Tabliabue. Esta segunda, además, tomó la responsabilidad de acabar las obras en curso en el momento de su muerte. Sólo esto, sin más, ya merecería un homenaje, y el más absoluto de los respetos. Pero es que, en ambos casos, hay más. Mucho más. Un homenaje al maestro no puede estar completo sin estos dos nombres. Jamás, repito, jamás, recordéis a Miralles solo. Incluso si, como sucede aquí, escribes sólo su nombre en un rapto romántico únicamente justificado por su muerte prematura. Prohibido pensar en él sin pensar en ellas. La injusticia sería mayúscula.

     Miralles no es tan conocido como debería ser. El por qué es obvio. A causa de las circunstancias biográficas mencionadas, su archivo está partido en dos. Su obra no se puede estudiar en conjunto con comodidad. Esta circunstancia no parece que vaya a cambiar en muchos años. Y es un problema que impide una visión perspectiva sobre este arquitecto. Ahora, la obra:

     Miralles es el carisma. La intensidad. Es una idea de belleza intensa, complicada, emplumada, tensa. Miralles es un bonsái, que encuentra el equilibrio después de décadas de ir cortando raíces y retorciendo los tronquitos con alambres y podando y regando y protegiendo la planta de las inclemencias del tiempo. Trasplantar un bonsái de estos importantes motivará como mínimo una reunión de expertos. Y, como te despistes, un congreso y todo, de tan delicado como es. Su obra es todo esto. Se despliega al máximo apoyada sobre estructuras frágiles, acabados precarios, materiales llevados al límite, tensando su relación con los entornos cercano y lejano, exigiendo de los usuarios, de quien la habita, exigiendo de la gente que se acerca a ella, y ya no veas si lo que quieres hacer es estudiarla. Miralles no se paraba a pensar si los presupuestos que manejaba eran suficiente para ejecutar los proyectos que soñaba. Lo hacía y punto. Contra viento y marea. Lo que convertía su obra en un aparato frágil, muy frágil. Estructuralmente frágil y funcionalmente frágil, presta a ser reformada por razones que pueden parecer obvias a todo el mundo menos a él. Algunos ejemplos:

     En Hostalets de Balenyà construyó una muro de ladrillo calado que, como si de una vela se tratase, salía perpendicularmente del edificio elevándose cinco o seis metros sin ningún tipo de refuerzo, un muro que servía para acompañar al visitante hasta la entrada del edificio negándole momentáneamente la vista del pueblo. Hasta que amenazó ruina y, a punto de colapsar sobre la cabeza de algún visitante, fue recortado por un arquitecto municipal desesperado por orden directa de un alcalde que no tenía ni presupuesto para repararlo correctamente ni ganas de tener problemas. Ni ganas de apreciar lo que significaba aquel muro, todo hay que decirlo. Quizá es porque no es posible adaptar ese edificio para los minusválidos. Ni existen recambios para sus carpinterías. O porque las persianas jamás han funcionado. O porque su espacio principal tendrá goteras durante toda su vida útil. O porque las barandillas que diseñó amenazaban con desplomar a algún visitante tres plantas más abajo. Pero aquí todavía había barandillas, porque en Igualada no las hay. Y las escaleras están excavadas en los pasillos de las tumbas estrangulando el paso y, a la que te despistes, tropiezas y, en el mejor de los casos, te partes un tobillo, porque en el caso estándar puedes quedarte paralítico de la hostia que te metes. Pero si te mueres no es problema porque las tumbas están al pie de la escalera. Abres una y ya. En Igualada mismo los goterones tiraban el agua 1.- sobre la gente que usaba estas escaleras y 2.- sobre las mismas escaleras, multiplicando el riesgo de esta hostia fatal ya mencionada. Por cierto, la sala de tanatopraxia no se podía aislar de los baños de los visitantes. Jamás ha entrado en funcionamiento. Los vestidores del Tiro con Arco ofrecían a los voyeurs unas magníficas posibilidades de contemplar adolescentes desnudos. Tampoco podían calefactarse. Jamás se han podido reparar las goteras. Se sujetaron elementos de hormigón que pesaban varias toneladas con cables, condenándolos a un equilibrio precario e inestable, condenándolos a un mantenimiento infernal, porque si te despistabas se oxidaba la cabeza del perno que sujetaba el cable y el conjunto podía colapsar. Y suma y sigue.

     Pero.

     En Hostalets de Balenyà el tiempo se para. El pasillo que forma buena parte de la obra se expande hacia la pista y hacia las oficinas. Y la combinación de madera y hierro posee una extraña calidez, y, adoptado el gesto preciso, el edifico te arropa. Hostalets no va de luz, sino de una penumbra que convierte el edificio en algo así como una reversión elaborada de una preciosa caverna primitiva, un refugio elemental donde te encuentras simultáneamente formando parte del paisaje, protegido y enterrado. La escalera se expande en vertical de una manera espectacular. La luz resbala por el hormigón adquiriendo extrañas texturas y juegos de luces y sombras. Salir a las terrazas te hace sentirte parte de las montañas. Subir a la cubierta es como flotar en medio de un edificio partido en dos, parte lleno, parte vacío. Y los sonidos. Y las luces. Y la brisa. Y mejor no hablamos de Igualada. Igualada es uno de los lugares más bestias donde podáis ir en vuestra vida. Igualada es más potente que la música. Igualada no es el tiempo parado. Es el tiempo congelado. Estás en un mar prehistórico seco. Estás enterrado con los muertos, pero no de una manera morbosa y desagradable, sino como signo de respeto. De acompañamiento. Y la luz. A mediodía quema. Por la tarde desciende contigo y se filtra por las copas de los chopos y el adjetivo sobrenatural deja de ser una abstracción para pasar a tener un significado concreto. En otoño las hojas de los árboles repavimentan el espacio. En el invierno el frío corta. Es una arquitectura hecha de sensaciones puras. Una arquitectura que te atrapa, se te mete en la cabeza y no te deja en toda tu vida. El Tiro con Arco es como una especie de pedazo del Park Güell que ha mutado de forma y de función y de lugar y de arquitecto, porque ya no es gaudiniano, pero a la vez lo es, y modernista, y moderno, un proyecto que te abriga mientras miras a Barcelona, una espalda contra las infraestructuras del 92 donde el barrio puede seguir siendo el barrio. Doméstico y majestuoso. Porque eso era, es, Miralles: lo uno y lo otro a la vez. Miralles es uno de estos individuos que te confronta con los límites de la mente humana. O, mejor dicho, con su inexistencia. Miralles tiene algo de demiurgo en plan griego, de personaje casidivino capaz de insuflar vida a una obra, vida más allá del lugar, del arquitecto e incluso de las intenciones culturales que la han creado. Miralles, no me cansaré de repetirlo, es el sueño. A pesar de todo.

     Y su legado. No, no lo busquéis en ninguna innovación tipológica. No lo busquéis en invenciones espaciales. No lo busquéis en revoluciones sociales. No. Miralles es un genio conservador. Él no inventa. Reinterpreta, mezcla, deforma, crea de una manera absolutamente genuina y original sin, pero, afectar a la estructura profunda de los edificios. Sus casas son casas. Sus cementerios, cementerios. Sus polideportivos, polideportivos. Sin más. El legado principal de Miralles es su inspiración. Su capacidad de sueño. Haber expandido límites, haber revisitado el Modernismo, haber combinado materiales que nos pensábamos que no se podían combinar, haber hecho aparecer colores que no pensábamos que pudiesen aparecer. Haber hecho nacer los edificios con historia, con una historia que podía empezar incluso antes de que hubiese arquitectura.

     El legado de Miralles es ubicuo. Especialmente en las obras de quienes no se consideran sus herederos. El tratamiento del ladrillo que puebla toda la arquitectura catalana contemporánea se debe a Miralles. Y de los mosaicos, y del uso de las bóvedas a la catalana, y de los colores, y de las pinturas a franjas, y de las formas blandas. Y de una determinada manera de estratificar los edificios. Y de articularlos. Y de entenderlos. Y de relacionarse con el lugar. Y de pensar en las segundas vidas de los edificios, y en la continuación de su función. Y en otra manera de hacer ciudad. No acabaríamos.

     Toda la arquitectura catalana contemporánea es hija de Miralles. Del sueño de Miralles.

     Por esto, a los 20 años de su muerte, terminaré el artículo como lo he empezado: con un poema. Un poema que parece escrito expresamente para él, un poema del enorme Pere Quart:

 Ja és hora que se sàpiga 
(del libro Vacances Pagades, 1960)
 
Demano la paraula prèvia.
Vull dir -i que d'un cop se sàpiga!-
que jo sóc Jo,
que sóc el Centre
i l'Àrbitre.
Que tots vosaltres, tots,
-això anant bé-
sou els meus conterranis:
parents, veïns, creditors meus,
proïsme meu pròpiament dit;
que tots els altres, tots,
bons i dolents
-grocs i negres, antípodes, gitanos-
són, a tot estirar
i encara gràcies,
els meus contemporanis.
Sapigueu que:
quan us veig, de fet,
us suscito, us ressuscito;
i en pensar-vos
us dono una esperança.
Però si us he perdut de vista,
mentre us oblido o us ignoro,
dormiu el son del just,
com se sol dir.
No passeu de potències
en el sentit més trist de la paraula.
Ja ho sé. Molts espereu
amb candeletes
el dia de cantar-me les absoltes.
No us enfileu, si us plau:
en el millor dels casos,
quan jo mori,
tots, tots,
bons o dolents,
sereu només els meus supervivents.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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