The Chameleons ha sido uno de los más grandes grupos de rock que la Pérfida Albión nos ha otorgado para placer de nuestras orejas. Pasa un poco como con Kraftwerk, con una exigua discografía nos planteamos: ¿para qué más? Cuatro discos de estudio oficiales han bastado para convertirse en una leyenda y ser uno de los sonidos más influyentes en la estela de música que desde comienzos de los 80 vienen dejando.

El secreto es la masa. Un batería energético y muy dinámico pero machacón; dos guitarras entreverándose a veces con notas simples, una sola cuerda, u octavas pero nunca lo mismo los dos, más preocupados por crear un pantalla armónica de sonido que es la característica definitoria de casi todas sus canciones, rellenas de “chorus, delays, flangers, phasers, reverbs” y todo el aparataje con que pueda soñar un guitarrista eléctrico; y un bajista cantante con una voz inconfundible y llena de rabia, tocando bajos que marcan la estructura de las canciones frente al baile de unos guitarristas que parecen orbitar en su torno.

Nunca fueron realmente de su tiempo, en los 80 eran demasiado hippies para un sector del público; hoy, desatinadamente, se les sitúa en una onda “afterpunk” de la que nunca formaron parte. Lo que sí tuvieron es una impronta “punk” muy poderosa, canciones llenas de energía y de desarrollos en apariencia simples; no eran simples, un amigo (Pepe Barros, uno de los más grande beatlémanos ibéricos) me llamó la atención en aquella época: paran, las canciones contienen crescendos, paradas, cambios de velocidad, devaneos vocales o instrumentales, es decir: saben componer.

El 26 en la Sala X pudimos ver en Sevilla a The Chameleons Vox, una recreación del grupo en la que sólo queda Mark Burgess, el bajista cantante; pero hemos de reconocer que el experimento es más que satisfactorio, la música del grupo resucita con toda su potencia y la sensación de autenticidad es impresionante. Los dos guitarristas llegan a parecer en algún momento un sintetizador o un órgano en el que el intérprete fuera jugando con la arquitectura de la partitura, mostrando las texturas sinfónicas que constituyen el bloque sonoro. Toma ya. El ramalazo “punk” era evidente en el arranque de las canciones, nada que ver con la precisión de un grupo clásico ni con estas ñoñadas que ahora llaman “indies”, eso sí: éstos reclaman su ascendencia pero hay que ser The Chameleons para sonar así.

Burgess en plena forma, y con momentos de psicodelia auténtica y personal, baterías en bucle, armónicos de guitarras con ecos, nota pedal de bajo y mirada perdida e improvisación de letras siempre emotivas y luchadoras sobre la vida, la soledad, la hermandad, la belleza, la naturaleza y el paisaje… 300 personas, cercanía absoluta, sonido elefantiásico, placer inconmensurable: un grandísimo concierto.

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