domingo, 1agosto, 2021
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The Aukcland tree (Crónica VI)

Mónica Molner Andrés
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Máster en Fitoterapia, Homeopatía y Medicina China. Máster en Homeopatía (CEDH). Máster en Anticoncepción y Salud Sexual y Reproductiva. Autora de dos libros: “Allioli en la Malvarrosa” y “universo Malva-Free”
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análisis

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Conforme nos vamos acercando a la que será nuestra última ciudad, nos damos cuenta que el paisaje será distinto. Las vacas y los caballos que saboreaban la hierba como si meditaran, se quedaron en el territorio slow.

En Auckland no vemos vacas, pero la ciudad no deja de seguir demostrándote que el verde está presente. Subir a One Tree Hill me resulta igual de impactante, por todo lo que representa, aunque con menos vértigo que mirar hacia abajo desde la Skytower.

Las ovejas libres se convierten en tráfico intenso y las alfombras verdes sin límites dan paso a carreteras de 5 vías y recuerdo la entrada colapsada a mi Valencia a las 8.00 h. Aquí alucinas con la coreografía sincronizada que se produce cuando se fusionan 2 carriles en uno.

Para compensar tanto gris, la ciudad te brinda la sombra de árboles que compiten por ser protagonistas de mis fotos, solitarios o en grupo; los nativos pasean bajo sus ramas sin sospechar que incontables familias de bosques de su vecina Australia se convirtieron en cenizas que seguirían expandiéndose demasiado tiempo después.

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En el país de los árboles gigantes vivimos la última noche una mascletá cerrando el círculo con el concierto de la gira de U2 y, sin haberlo soñado, una primera fila difícil de borrar para nuestras hijas.

Ya sea en avioneta, tranvía, teleférico, pequeña barca, ferri Interislander o Uber, lo más alucinante ha sido viajar a través de un paréntesis en el tiempo. En nuestra Campervan nos han acompañado los 4 irlandeses de fondo, convirtiendo el trayecto por paisajes increíbles en una experiencia casi mística, solo entendible por quien es capaz de vibrar con canciones de hace 30 años o de llorar escuchando “One” mientras lees los nombres de las víctimas de un absurdo atentado de odio.

Bajo nuestras ruedas “En el país de Dios” las carreteras se acomodaron al recorrido de los ríos que nos fueron regalando en su desnudez cristalina, turquesas que parecían robadas del cielo.

Hemos atravesado lugares “Donde las calles no tenían nombre” porque no lo necesitaban y después de ver todo esto, dejó de tener sentido el” Todavía no he encontrado lo que busco”.

Bono ya no lleva melena ni chaleco, pero escuchar la armónica de “Running to stand still” me conecta con la fusión espiritual de los maoríes con sus aguas.

Aterrizando ya en Manises me quedo con el verde de Nueva Zelanda, sus árboles y su paz que falta me harán al volver al reseteo en la rutina. Allí hemos visto cómo empiezan a trabajar con 14-15 años y siguen haciéndolo más allá de la edad de una jubilación que yo ni me planteo.

Dejaré la aplicación Campermate para volver a Instagram y mis pupilas dilatadas por ríos limpios se transformarán de nuevo en ordenador “Ni contigo ni sin ti”, imprescindible para poder contar la crónica de un superviaje por el país de los zurdos.

“Oh grey ocean, oh grey sea, run to the ocean, run to the sea…”

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