Lo llamativo en la parafernalia política actual de los partidos tradicionales es la ceguera que les impide asumir que algo ha cambiado. Siguen hablando como si pudieran aportar una solución cuando ellos son el problema, denigran toda alternativa porque es ellos o el caos… y la gente les vota pero la progresiva destrucción del modelo económico, ecológico, educativo, sanitario, social, la pauperización sin límites para quienes no participen en este festín de latrocinio auspiciado por leyes ladronas sólo lleva a la brutalidad por elevación (ahí están los Trump…) o al enfrentamiento por la defensa de los intereses particulares (revueltas, desestabilizaciones). Ellos son esa fuente que alimenta al totalitarismo (que puede ser populista), y claro que preferimos antes a don Mariano (doña Susana) que a don Donald (doña Marine), lo que hay que resolver es: por qué sólo podemos elegir entre males.

Esta depresión nos ha servido para despertar del sueño de la razón, es verdad que las teorías de los enemigos de la propiedad (polémico Escohotado) han periclitado hasta perder consistencia teórica, no creo que China sea modelo de nada, y me trago a Venezuela o Cuba tanto como a los manipuladores que las usan para denigrar las políticas progresistas.

Pero hay un “piensoluegoexisto” que nos permitiría comenzar a deducir con total seguridad un modelo alternativo a este capitalismo neoconservador, que se disfraza de liberal para distinguirse del fascismo sin conseguirlo, y que, moderado en las formas, es la verdadera fuente de alimentación de los Trump, Le Pen, etc., como hemos señalado. Este ladrillo para construir la nueva política, digo, arranca de una actualización del concepto de Estado. No quiero simplificar, hay muchas teorías sobre esta idea, y algunas muy antiguas y venerables. Quizá se trate de renovar perspectiva, más que de descubrir algo nuevo; debemos releer la Historia para entender qué está sucediendo y cuáles son las soluciones.

No vamos a dar una definición nueva de Estado, sería soberbia, pero sí enfocar el problema de forma diferente. En mi opinión, sin sufragio universal, sin separación de poderes (capacidad de autoauditarse) y sin un sistema que posibilite el trasiego entre las clases sociales (educación, sanidad, fiscalidad redistributiva), el Estado es sólo la propiedad privada de los hacedores económicos y los trabajadores únicamente son el combustible deshumanizado para su maquinaria de lujo inútil y demencial. El desarrollo de las democracias y el garantismo del Estado de Derecho a partir de la Segunda Guerra Mundial, vinculando el concepto de ciudadanía a la mera existencia, como un derecho humano más, en realidad generaron una nueva realidad política: el Estado como soporte de la dignidad humana, una novedad histórica.

Sí, niego la existencia del concepto de nación antes de esto. Verbigracia, España no ha sido (salvo algún fogonazo fragmentario) un Estado de verdad hasta la Constitución actual, con todos sus defectos. Sentir la Historia de España (o Cataluña o Cartagena) como un movimiento con un significado es una fraude conceptual contra esos millones de víctimas de la explotación de un entramado político-religioso adornado con banderas que ha sobrevivido engañando con el fin de mantener su existencia privilegiada. Por eso ni transijo con independentismos que son totalitarios aunque se vistan de anarquismo, ni con patrioterismos que nieguen la posibilidad del reconocimiento de las diferencias… Esta España, la nuestra, si es que estamos hablando de lo mismo, como Estado sólo tiene cuarenta años de edad escasos y torpes, lo otro es la abominación; y habría que aprovechar para resucitar el sufrimiento de los sometidos, las vidas silenciosas de los gañanes, el dolor de las miserables que nunca tuvieron un horizonte distinto del de ser ganado, qué mierda es esto de España o Cataluña… hacer Historia es desvelar la trágica vida de los millones de muertos anónimos que con sus cuerpos son el basamento del Estado actual (que sí lo es), hacer Historia es entender cómo se les expropió a sus propietarios ilegítimos la prerrogativa de gobernar para hacerla comunal, para construir un Estado de verdad que no fuera la justificación de la estulticia.

Debemos arrancar de aquí; ésta es la verdadera crisis del sistema, provocada por un capitalismo sin trabas a partir de la Caída del Muro pero que venía buscando recuperar sus privilegios feudales manteniendo la explotación de la periferia (Sudamérica, África, Asia… Naomi Klein lo explica maravillosamente) hasta que vio la oportunidad de resucitar sus doctrinas explotadoras en los pequeños paraísos europeístas (ilustrados).

Cuando Fukuyama y otros proclamaron el Fin de la Historia, en realidad estaban anunciando el aborto de una gestación muy avanzada: los Derechos Humanos. Europa (USA) era entonces la clave, el modelo a imitar en el que había eclosionado (quizá no conscientemente) un Estado humanístico y humanitario, en el que los derechos de la ciudadanía eran el sustrato de la actividad económica y social, y la felicidad era una aspiración legítima de sus habitantes. La globalización sólo habría sido posible exportando esta novedad histórica del Estado verdadero (no como parte interesada en la explotación) al planeta completo, es decir, condicionando con el derecho las transacciones comerciales… pero ha ocurrido al revés, el comercio está destruyendo al derecho.

Concluyo: estamos viviendo un momento crucial en el que lo importante no es cómo gestionar; ésa es la propuesta tramposa de los partidos tradicionales, que no quieren ver que han tomado parte en el asesinato de la libertad; porque ahora mismo priorizar el crecimiento, la gestión de la deuda, invertir en todo aquello que beneficie al tejido empresarial, ya no es alentar el bienestar sino un ataque a la dignidad humana y una deslegitimación de la democracia posible, real. El aparente continuismo tranquilizador no es sino un golpe de Estado en toda regla y debemos defendernos, yo acuso a los políticos actuales de colaboracionismo con la demencia del lujo entendido como único estímulo de la vida. Se requiere una política nueva que reconstruya un marco de derechos que sean consustanciales a todo ser humano; la cuestión es cómo…

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1 Comentario

  1. Me comento a mí mismo; a veces trata uno de explicarse y se oscurece; creo que a buen entendedor, sobra lo que voy a decir, pero: lo que propongo es un arranque nuevo para reformar la causa principal de nuestra desgracia, que es una democracia reducida casi a mero formalismo (y que sigue reduciendo sus capacidades de control). A lo burro: niego la legitimidad democrática de quienes defienden el Estado como marco neutral en el que la propiedad y sus vaivenes son la ley natural. Y no discuto el fondo de esto, sino la necesidad como seres humanos de construir conscientemente regulaciones que permitan la sostenibilidad desde muchos puntos de vista. No una moral, eso es someter a la genética al ser humano; una ética, esto es, ampararnos en el análisis para decidir comportamientos que nos beneficien sin dañar. Por eso estos partidos colaboradores del engendro que la globalización ha creado son el problema.

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