Me acuerdo cuando te reías, de aquellas palabras escritas, que insolentemente te preguntan de cuánto te podía servir el acumular alocadamente, el aquilatar en cantidades industriales, que picarescamente te advertían que no podías usar al mismo tiempo más que un par de zapatos, trasladarte en un solo vehículo y entender con ello los límites de nuestra propia finitud. Que tal acto desesperado de tener, enfermizamente, desnudaba precisamente, la grandilocuencia de tus carencias, de la falta como espectro real, que nos desafiaba en el vértigo de la existencia entendida entonces como tal.

Me contestaste con la soberbia de tu indiferencia, con el trasiego de ocluir una respuesta y sellar con tu pensamiento, qué dentro de tu mundo plagado de seguridades y certezas, los metales, inmuebles, hectáreas, quintales, cosechas, animales, billetes, acciones y bonos, te garantizaban la felicidad plena.

Te replique, ya con humildad y preocupación, que volvieras a tus fuentes, que te conectaras con lo más profundo de tu ser, que pensaras, que leyeras, que sintieras, sí todo aquello, realmente te hacía feliz, que discernieras, sí acaso no era la repetición perniciosa de un goce que más temprano que tarde te llevara a un dolor insondable del que no pudieras salir.

Volviste a reír, tal vez con algo más de enojo, me amenazaste luego como reacción a mi propósito, solapadamente, con algo que cumplirías, que hasta que vivieras harías lo posible para no dejarme entrar en la cocina del poder, desde donde instalaste tu ser en zona de confort. Arguyendo que lo hacías para evitar una supuesta destrucción, no quisiste escuchar nunca, que jamás me interesó estar en tu lugar, al que siempre sindique, como esa frágil y oscura casa de papel, la que sobre todo, te privaba la posibilidad de ser.

Y un día, comenzaste a toser. Redujiste el consumo, pensando que lo pasajero y transitorio lo contarías por minutos, en esos suntuosos relojes o móviles que te dicen qué hora es, cómo sí el tiempo pudiese ser apresado por el capricho tuyo y de unos cuántos mas.

Tus figuras sagradas multiplicaron la dinámica de la curva, el vehículo rápido y furioso en donde cruceros, aviones y aglomeraciones por doquier, terminaron por encerrar a este mundo, que creías tan tuyo, tan controlado y a tu servicio, que ahora es tu cárcel en una dimensión que irá mucho más allá del tiempo y del espacio conocido.

No te servirán más esos bienes de consumo, a los que endiosaste y por los que consagraste tu vida, en caso de que escapes del síntoma, que consigas con tanta acumulación, jabón para lavarte las manos o un respirador para vos y los tuyos, el ciclo que vendrá luego, con los sobrevivientes, no creerán más en los papelitos con números pintados, en ese sujeto hipostasiado de falsedades y egoísmos, en un sistema que controla el descontrol y que ejerce violencia con el débil y tiembla ante un estornudo.
Te fuiste de este mundo, al que te lo terminaste de consumir, de fumar, y no podes salir de la cuarentena, no porque te lo impidan las autoridades, porque sea conveniente o porque no exista nada fuera del lupanar que habitas, no hay escape o fuga posible, porque el mundo tal como lo concebías, el que no pudiste ni quisiste cambiar, por un resfriado viral se terminó.

El virus ayer fantasmal es lo real, espectral es ese otro del que debes permanecer alejado, el que no puede contenerte porque lo has transformado en el peligro inmediato, la profecía está cumplida, no hay nada para hacer, tan sólo te queda toser, que se te pase y sí no lo has pensado, ya cuando vuelvas a salir, te servirá muy poco de lo acumulado, el mundo habrá cambiado, no era tuyo, no te pidió permiso y jamás fue maniatado por tus reglas y lógica que te han llevado a que estés donde estas, en el deseo imposible de que esto no haya ocurrido, cuál objeto perdido del niño que se siente niña y que nunca fue amado.

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