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No puede haber mejor frase para iniciar esta pieza, prestada del título del libro del periodista Paco Lobatón, que, a su vez la tomo de las familias de algunas de los miles de personas desaparecidas sin causa aparente que aún hay en este país. A punto he estado por pura inercia de usar la expresión “víctimas” para referirme a los familiares, pero mejor decir supervivientes.

Supervivientes a la desaparición de quienes un día fueron parte de sus vidas, supervivientes al olvido, y supervivientes también a una conciencia -o desconciencia– social, a un sistema, y a un estado, que tienen serios déficits de memoria unos, y poca voluntad política otros.

Porque como todo lo que sucede con los poderes públicos, las cuestiones se atienden o no en función de la voluntad de quien gobierna, y esta, se mueve por un complicado equilibrio de cálculos e intereses (legítimos por lo general). La presión que la sociedad ejerce es una de las variables, no menor, que más influyen a la hora de configurar la agenda política.

Y aquí encontramos la primera dificultad a enfrentar para lograr que se habiliten los medios para reducir a la mínima expresión los déficits que arrastramos en esta materia en España. La poca sensibilidad que como sociedad tenemos ante las desapariciones. No así individualmente, pues a título personal es difícil encontrar a quien sea insensible ante las historias de perdida y vacío que conocemos. Pero a la hora de trasformar esa solidaridad personal en acciones colectivas, algún engranaje no termina de funcionar.

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Arduo es llegar a una conclusión de por qué en nuestro país sucede lo que sucede, y otras personas quizás puedan explicarlo o intentarlo. Pero a la hora de hablar de desapariciones en España tenemos una triada macabra de olvido y abandono que por muy diversos motivos y desde muy diversas circunstancias, inciden a mi entender en que esto sea así. Las víctimas del franquismo desaparecidas, el drama de los bebes robados, y las desapariciones sin causa aparente. No son la misma cosa, ni han de confundirse. Pero sí se influyen, sí hay una mar de fondo de enturbia y que obstaculiza.

Valga como ejemplo el programa de televisión Quien Sabe dónde de Paco Lobatón, programa televisivo que arrasó durante los años que estuvo en antena, pasando de la calificación de programa a la de fenómeno social. Nada ha tenido seguramente más influencia y ha hecho más en este país a favor de la causa de las desapariciones que este programa de televisión. Gracias a ese espacio muchas personas –yo entre ellas- empezamos a conocer y vislumbrar la magnitud de lo que sucedía en nuestras propias calles, en ocasiones a nuestros vecinos y vecinas…y que pasaba hasta entonces desapercibido.

Pues bien, es mi opinión personal -que difícilmente sacarán de mi cabeza- que la cancelación fulminante de dicho programa de televisión por parte del gobierno del Partido Popular, tuvo mucho, muchísimo que ver, con las indagaciones que en el programa se realizaban en torno a la trama organizada durante décadas de robos de bebés.

Hay hilos, herramientas, indagaciones…que en ocasiones llegan a sitios insospechados y acaban encontrando respuestas a preguntas que inicialmente no se habían planteado. Si hablamos de explorar ciertos márgenes de una sociedad, de ciertos colectivos, de bases de datos de restos humanos no identificados, de bancos de ADN… pueden imaginar que en ocasiones haya datos que no sirvan para solventar algunas desapariciones…pero circunstancialmente si pueden arrojar luz sobre otras que no eran las inicialmente buscadas.

Y que quienes tuvieran y tengan algo que ocultar y que han podido ocultarlo durante décadas, lo sigan haciendo valiéndose de su posición. Por eso es tan tan importante en este caso que la sociedad tome la palabra y el protagonismo. Que se organice, se asocie, y empuje a quienes han de llevar a cabo las políticas públicas.

Así nació QSD Global (siglas de Quien sabe dónde) la fundación europea por las personas desaparecidas, impulsada en su creación y todavía a día de hoy -y no de forma casual- por Paco Lobatón. Que no ha dejado en estos años de honrar el compromiso que adquirió como parte de nuestra sociedad y continúa encaminando sus esfuerzos y energía en a favor de esta causa.

El pasado día seis de este mes pude asistir a la mesa institucional y la entrega de premios de la fundación QSD Global que celebraron en el Congreso de los Diputados. Fue protagonizada de forma notoria por las familias de las personas que aún están desaparecidas, con el enorme valor simbólico que tiene que sus voces, tantas veces ignoradas por los poderes públicos, fueran escuchadas en el corazón de la sede de la soberanía popular. Dichos actos han sido programados coincidentes con el día nueve de marzo, que fue nombrado por el propio Congreso de los Diputados en su momento como día de las personas desaparecidas. Y lo fue gracias al trabajo incansable precisamente de la sociedad. Organizada a través de fundaciones, asociaciones etc. En esta ocasión van un paso más allá y demandan que se siga avanzando y se materialice una iniciativa clave para las familias y clave para la pronta resolución de los casos y el adecuado tratamiento de los que desgraciadamente perviven, la creación del estatuto de la persona desaparecida, en donde han de consignarse entre otras cosas los derechos de dichas personas, pues han de tenerlos.

Pensemos como sociedad que dicho estatuto no solo dotará de derechos a estas personas y sus familias, sino a todos y todas nosotras. Nos da derecho a saber y sentir que no somos una sociedad cínica, que no vivimos en un país que nos condenaría a una doble desaparición llegado el caso, la física y la del olvido. Yo deseo que mi estado, gobierne quien gobierne, haga eso por mí. Que lo hiciera por mi familia, y que llene ese vacío que tenemos como comunidad aun a día de hoy.

Ese vacío me trae a la memoria inevitablemente una frase sobre ausencias y presencias de Ana María Matute. Frase que de lejos es de las que más me ha impactado al conocer y adentrarme en cuanto rodea a las personas desaparecidas. Y es que la ausencia de dicho estatuto, y de una actuación decidida y real más allá de la intención, es una ausencia muy notoria y una ausencia que paradójicamente se hace notar.

“Nunca hubiera imaginado que una ausencia ocupara tanto espacio, mucho más que cualquier presencia” Ana María Matute.

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