Hace ya algo más de medio siglo que Lampedusa puso en boca del apuesto Tancredi, sobrino del príncipe di Salina, la hoy ya manida advertencia: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Infinidad de circunstancias sociales y políticas por todo Occidente han venido confirmando a lo largo de los años que los mandatarios han prestado atención y reflexionado a fondo ante tal afirmación (la mayoría, seguro, en la versión cinematográfica de Visconti; arrebatador Alain Delon). Estos días, sin embargo, asistimos en España a una irónica relectura de la frase. Porque parece que los vocalistas de este Trío Chachachá, sin ritmo ni compás, empeñados en sacar a bailar a medio país, se han sentado, porrón mediante, y han decidido que “si queremos que nada siga como está, es necesario que nada cambie”. Así pues el fuego en Cataluña debe proseguir, es la consigna, porque cuanto más tiempo seguiga campando ‘el enemigo’ en libertad luciendo palmito en los informativos, más se soliviantará la tropa de paisano y más necesarios serán los salvapatrias. Y ahí estarán ellos, guitarras en ristre, para interpretar La danza del sable o un sentido tango que acabe con un buen ¡chimpún! Y de ese modo, por fin, todo cambiará.

Como la historia está para aprender de ella, por más que el Trío Chachachá esté decidido a dejarnos sin memoria -sobre todo Abascal, que debe ser el bajista del grupo; los bajistas son siempre los más serios-, pues pese a todo, decía, basta echar mano de los libros para darse cuenta de que cuando vienen mal dadas, la derecha aprieta y sacar tajada. Abre las ventanas y enseña la ropa sucia, pero luego vuelve a guardarla y a cerrar la casa para propagar el hedor, y ya no queda más remedio que fumigar. Ahí es cuando se reúne, clamorosa, la junta de vecinos y ellos aprovechan para repartir las tarjetas de visita de su empresa de exterminación, con varias generaciones de experiencia avalada.

Con el caso catalán estamos viviendo situaciones verdaderamente sorprendentes, como la concentración del pasado domingo para pedir la dimisión de un presidente argumentando, entre las principales razones, que apuesta por agotar la vía del diálogo hasta sus últimas consecuencias. Ojo, que se lee rápido: “A este pollo hay que echarlo porque quiere seguir hablando”. Y es que muchos, demasiados, no están ya por hablar, ni de Cataluña ni de violencia de género ni de la casulla del Papa. Porque las banderas ya están en la calle.

Y no, no hay mal alguno en la bandera español, cada cual disfrute como quiera del sentimiento patriótico que pueda o no albergar. El problema es cuando esa bandera, que es de todos, la emplean algunos como escudo y arma arrojadiza. Ahí ya es más jodida la cosa. Y ahí es donde deberían buscar la explicación los que no entienden que a muchos españoles les resulten incómodas las oleadas de banderas en los balcones y las avenidas: porque no están ahí para reafirmar el sentimiento de unos, sino para recriminar la actitud de otros. Porque muchos enarbolan la bandera no para invitar sino para rechazar, para dejar claro quien pertenece al club de la españolidad y quien no. Y lo hacen escupiendo a la cara la palabra “España”. ¿No va a haber gente que le coja asco?

“Algo huele a podrido en Dinamarca”, dice receloso el joven Marcelo al ver la actitud disipada y corrupta del rey, padrastro de su amigo Hamlet, y de sus compinches. Porque cuando los dirigentes empiezan a dar señales de podredumbre, significa que esa mancha putrefacta puede extenderse rápidamente por la nación. Y algo así está ocurriendo en este país con la manzana de la causa catalana. Algunos no quieren atajar el problema de forma quirúrgica. Hay demasiados intereses en poder volcar el cesto de una patada.

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