Venga, va. Esta vez sí que voy a dejar de fumar.

Todo está en calma en mi vida. ¿Qué me puede alterar?

Llevo dos días sin cigarros. Hoy es el tercero.

He de confesar que si no fuera por T, que está dejando de fumar a la vez que yo, ya hubiera pecado. T me pone guásaps cada dos por tres para ver cómo lo llevo. Dice que si yo caigo, él cae. Dice que yo puedo con ello.

Acabo de terminar mi tabla de abdominales y el cuerpo me pide un premio. Al salir del gimnasio mi recompensa habitual era una calada leeeeenta a un cigarro taaaan humeante… empiezo a buscar en mi memoria barrabasadas que me haya hecho T. Quiero fumarme un cigarro. Que no me importe dejarle en la estacada. Me ha hecho muchas. Seguro que me acuerdo de la mitad de la mitad. ¿Qué digo? Fijo que no me acuerdo ni de la cuarta parte. Puf, han sido mogollón.

Miro a mi alrededor. Busco tabaco. Nadie fuma. Bonita, sales de un gimnasio. Qué quieres.

Suena el móvil. Es T.

Dios, parece que tenga una cámara. Intuye mi flaqueza. Que podemos. Que somos unos campeones. ¿Quieres ser una yonki del tabaco toda tu vida? Anda, hazlo por mí.

Mejor me quedo con la frase de yonki del tabaco. Me ha llegado más hondo. Ahora mismo, T no me cae ni medio bien.

Saco mi botella de la mochila. Bebo agua.

Bebo agua.

Bebo agua.

Me aguachino.

Bebo más agua.

T y yo hemos quedado en un bar a tomar una Sin. Él ha estado corriendo. Ataviados con ropa deportiva luminiscente, nos vemos los dos en el antro más de moda del barrio. Mallas negras con franjas verdes en los laterales. Líneas naranjas en las suyas. Cortavientos a juego. Casi no llamamos la atención de esta guisa. Todo fenomenal.

Es un bar con puertas abiertas. Invierno. La gente entra y sale a fumar. Sin salir del todo. Qué maravilla. Nosotros lo hemos dejado. Otra Sin. Y un bocata de lo que más a mano tengas. Y un vaso de agua, por favor. Agua. Como si fuéramos peces.

  • Cuando te acabes el bocata, mejor vamos a otro bar, ¿no? Aquí todo el mundo fuma – T flaquea. Yo sonrío. Salivo. Sonrío. Salivo y sonrío.

Arrastramos nuestros pasos de zapatillas espaciales, imperdibles en la noche, hasta el siguiente bar. Mirada perdida. En el suelo. Somos yonkies chandaleros. Sospecho que los dos buscamos colillas mientras caminamos.

La gente dentro parece muy formal. Tranquilos. No entran ni salen.

Acodados en la barra. Las puertas no están abiertas. Miro alrededor. Probablemente aquí nadie fuma.

PROBABLEMENTE AQUÍ NADIE FUMA.

T y yo nos miramos como animales enjaulados. Estamos dentro. Saltan chispas. Iris anaranjados. Pupilas oblicuas. Músculos en tensión. Necesitamos cazar. Soltar adrenalina. Un palito. Un palito de humo. UN CIGARRO.

-Por uno no va a pasar nada… ya llevamos tres días. Podemos dejarlo cuando queramos…- le oigo decir.

Miramos a la calle. Ni un alma fumando. Salivo. T se muerde una uña.

Advertimos a la vez que no hay máquina de tabaco en ese bar. Miramos el reloj. Estancos cerrados. Escrutamos, nerviosos, a la clientela. Rompemos a sudar. Nos tiemblan las manos.

T pregunta al camarero si no tendrá un cigarro. Ninguno fumamos, es la respuesta que obtiene.

T se dirige a la puerta. Hay un pestillo. No, no lo hagas. Nos encierra a todos dentro. Se gira con la mirada enloquecida. Me sumo a su lado.

Me oigo decir:

CAGO EN DIOS, NADIE SE MUEVE DE AQUÍ HASTA QUE NOS DEIS UN CIGARRO.

Maldito mono.

La gente nos mira de hito en hito.

Silencio.

Una mujer de dientes amarillos trata de esconder su bolso marrón bajo una montaña de abrigos y bufandas de colores.

Un hombre mayor, tosiendo, palpa sus bolsillos. Nos mira con cara de aquí no hay nada.

Suena una alarma.

Botón del pánico.

T me mira algo asustado. Ojos desorbitados.

A lo lejos suena una sirena de policía.

Dios mío, ¿qué hemos hecho?

Estoy a punto de abrir la puerta, de echar a correr con las zapatillas luminiscentes. Perderme en la oscuridad del Retiro, tan cercano.

Oigo a T, a mi lado, agarrando mi brazo para que sea fuerte.

Sé que hoy volveré a fumar, porque añade a voz en grito:

TAMPOCO SALDREMOS DE AQUÍ SIN UN MECHERO.

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