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Su violencia es su impotencia

Vicente Mateos Sainz de Medrano
Vicente Mateos Sainz de Medrano
Periodista y Doctor en Teoría de la Comunicación de Masas.
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análisis

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Utilizar la violencia, verbal o física, denota siempre impotencia e incapacidad para enfrentar al oponente con racionalidad y lógica, y evidencia la falta juicio de quienes incurren a ella. Sumergirse en el insulto y la mentira hiperbólica es un camino sin futuro ni salida que deriva en un discurso desquiciado y sinsentido; porque lo poco gusta — puede sorprender por irracional en un primer momento—, pero indefectiblemente se agota y termina por cansar, por aburrir, su cantinela reiterativa e irreal que saca lo peor del ser humano. Tabarra vitriólica que emplean y compran quienes no encuentran su lugar en el mundo, en la sociedad, y ya no saben qué hacer, más que vejar y mentir, para detener el tren del progreso que, a pesar de ellos, no se detiene ni detendrá jamás.

Un repaso somero, por no abundar en lo obvio que hemos vivido desde la muerte del dictador, confirma que la violencia verbal agresiva y faltona, no impidió la legalización del divorcio, del aborto, la reforma fiscal para que todos pagáramos impuestos, la implantación de la sociedad del bienestar —que requiere de mejoras constantes—, la ampliación de derechos sociales para las mujeres, los olvidados, excluidos, sojuzgados o desfavorecidos por la desigualdad sempiterna y creciente. Si no pudieron impedirlo antes, tampoco lo impedirán ahora, por mucho que eleven el volumen iracundo y belicoso de su discurso reaccionario.

El objetivo de la injuria es enmarañar la realidad y hacernos creer —artimaña pueril— que son muchos más que las personas racionales, que saben deslindar el polvo de la paja; porque el grito y la exaltación visceral es la salida que les queda a quienes se sienten agredidos por el avance social imparable. Por eso atacan la idea de progreso con el despectivo <<progres>>, conscientes de que arrumba creencias religiosas y tradiciones embrutecedoras sustentadas en el pan y circo, que durante siglos buscan anular el pensamiento crítico, con el objetivo de mantener la desigualdad eterna entre ricos y pobres, entre los que tienen y acaparan sin fin, y quienes no tienen nada o se pasan la vida renqueando para cubrir el mes.

No hay que amilanarse ante sus tergiversaciones de la realidad, exabruptos violentos y falsedades constantes; y estar alerta al robo ignominioso de argumentos del oponente. Argucias que desvelan cómo les lacera su incapacidad para argumentar con ideas propias. Así lo demuestra Feijoo cada vez que habla; la última, su afirmación de hace unos días de que el PP es el partido que no deja a nadie atrás. Da vergüenza ajena oír el líder de un partido condenado por corrupción afirmar tal cosa y, a la vez, olvidar interesadamente la gestión que hizo el Gobierno del PP de la crisis de 2008, donde no hubo ayudas para los de abajo, pero nos dejó una pella de 60.000 millones de euros para ayudar a los bancos. Líder qué, en menos de un año de supuesto liderazgo, ha evidenciado la ausencia de proyecto, discurso, conocimiento, y una debilidad inaudita para enfrentarse a los que le marcan el paso y leconducen a caer, de hoz y coz, en las redes de la ultraderecha política y mediática.

Lo sucedido en los últimos meses en Plenos Municipales, Parlamentos Autonómicos, en el Congreso y en el Senado, deja claro que la falta de respeto y agresiones personales al oponente, solo se detiene con normas de obligado cumplimiento que sancionen con multas económicas duras —que siempre hacen daño—, y cortar la palabra sin miramientos a quienes incurren en la infamia. Medidas imprescindibles para acabar con la barra libre al insulto y la procacidad. Todo es criticable, con contundencia, con el retruécano, con el oxímoron, con la metáfora: pero sin faltar al respeto a nadie. Claro que para eso hay que tener inteligencia, ideas, argumentos y discurso.

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1 COMENTARIO

  1. Así es, la agresividad es signo de impotencia, por eso la defensa debe ser explicar una y mil veces las bondades de una Ley o decisión sin entrar al trapo de la descalificación.

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