Philip Seidel, un reputado escritor ya jubilado que bien podría ser el propio Stephen Dixon –uno de los más prestigiosos narradores estadounidenses vivo (Nueva York, 1936)–, hace recuento de las principales vivencias personales que han marcado su existencia sobre todo en la última etapa. A través de los 31 relatos que componen esta excepcional Historias tardías, publicado por el sello argentino Eterna Cadencia, Seidel rememora en los primeros dos relatos la muerte de su esposa y de la mayor de sus dos hijas en accidente de tráfico.

A partir de ahí, se van sucediendo historias independientes pero hilvanadas a modo incluso de novela en tránsito que conforman un crepuscular cuadro en torno a males humanos universales como son la soledad, el miedo a perder la lucidez con la edad, la vejez o el amor renacido tras el duelo, entre otros. Y Dixon ejerce de cronista de la decrepitud alejado por completo de cualquier amago de buscar un tono melancólico o nostálgico de tiempos pasados. Sus frases cortas, cortantes incluso, su estilo desprovisto de artificios y tremendamente vital hacen de la prosa de Dixon un perfecto ejercicio de realismo narrativo e instrospección de sus grandes obsesiones. Por eso, el lector de estas Historias tardías bien sabe que hay mucho, demasiado, de Dixon en el retirado Philip Seidel y viceversa. De ahí que también sea de agradecer la honestidad de estos relatos, tan apegados a la vida como lo está el propio Dixon al contar este crisol estremecedor de la decadencia existencial.

Dixon, un autor brillante y galardonado con premios de relumbre, cuenta con una treintena de novelas y 14 libros de relatos. Además, tiene el ‘honor’ de que la prestigiosa The New Yorker no le haya publicado jamás un relato. Él sabe que va por libre y sin agentes literarios que determinen su escritura y su estilo. De ahí que se le encasille como escritor “experimental”. En España sabemos de su maestría por las ediciones argentinas de Eterna Cadencia, pero las editoriales de este lado del Atlántico aún no se han decidido a retomar su obra con el honor que se merece. Nunca es tarde.

 

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