Guadalajara, 29-10-2010.- Imagen de archivo de una representación del Tenorio Mendocino en Guadalajara. (Foto: Luis Medel // JCCM)

Media vida buscando mi lugar, deambulando entre la lluvia, el viento y la niebla; atribulado y perdido. Leyendo, viendo y escuchando. Pensando en voz baja; escribiendo, a veces, en busca de adhesiones amañadas y a espaldas de la honestidad y sinceridad personales. Pero, al fin, he visto la luz. He reunido fuerzas para salir del armario y orear, a los cuatro vientos, que soy un radical y también un ultra. Siempre lo fui pero no quise verlo; burlé la evidencia una y otra vez, soslayando un cáliz que definitivamente habré de beber.

Sí. Lo confieso. Soy un radical redomado. Radical en la defensa de la unidad y supervivencia de la nación española. Radical en el amparo a nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Soy radical en la defensa de la vida, la familia, la propiedad y  la libertad. Radical, hasta la náusea, en la defensa de una efectiva y real separación de poderes. Radical en la conveniencia de recompensar al justo, proteger al desvalido y perseguir al malhechor; sin tregua ni desaliento algunos.

Radical en defensa del castellano, al que más amo cuanto más frecuento, liberándolo de la colonización cursi e indolente del inglés. Porque una cosa es dominar varias lenguas (enteramente recomendable) y otra sodomizar la lengua de Cervantes con anglicanas y simplonas construcciones para las que el castellano tiene más y mejores recursos.

Radical en la asunción de toda nuestra Historia, con sus luces y sombras, pues censurar los hechos históricos  o bucear en ella en busca de coartadas por las que odiar y ocultar la propia mendicidad ideológica es propio de mentecatos o fanáticos. Radical en la reivindicación de un concepto muy hermoso, que no sólo traspasa océano y fronteras sino que hilvana una Historia, una lengua y una cultura compartidas: LA HISPANIDAD.

Radical en la defensa de la democracia, por ser el menos malo de los sistemas políticos conocidos, donde nuestras debilidades y vergüenzas tienen una oportunidad. Radical en la defensa del comercio, de la genialidad e innovación humanas; radical en la defensa de quienes arriesgan y exponen su hacienda y aperos por una idea, y de quienes por un salario no siempre justo hacen de su trabajo, no sólo el medio con el que vivir con dignidad, sino también un instrumento al servicio de la comunidad.  

Radical en mi patriotismo, junto a todos y frente a nadie. No pediré disculpas por ello y que nadie espere pesar ni compunción alguna. Cuando suena mi himno y se iza mi bandera, el vello se me eriza y el corazón se me ensancha.  De sobra sé que el himno y la bandera no son míos aunque yo a ellos pertenezca.

También soy ULTRA. Soy, en efecto, un ultraconservador de mis tradiciones; de la Navidad, de la Semana Santa, de la Cuaresma, del Día de Todos Los Santos, de la Zarzuela, opereta maravillosa y alegre como lo son las gentes que la cantan y la sienten.

Ultraconservador de la paella, de los churros y la sangría. Del arroz con leche y natillas con galleta, también de las torrijas.

Ultraconservador de la caza y del toreo, de las mantillas y las tejas. De los cirios y el incienso. Ultraconservador del norte, del sur, del este y del oeste, los cuatros puntos cardinales de mi España anchurosa y única.  Del Cristo del Gran Poder, de la Macarena, de la Fuensanta, del Medinaceli, de la Blanca Paloma, de la Virgen del Pilar y, naturalmente, de mi Santísimo Cristo del Consuelo.  

Que le vayan dando a Santa Claus y al Jalogüin ése, que aquí los Reyes son Magos y son Tres; Melchor, Gaspar y Baltasar.

Y en mi España, en noche de ánimas, reinan el Señor Tenorio y Doña Inés del alma suya y no hay sitio para nadie más.

Ultraconservador del flamenco y de otros quejíos sureños, puros y descarnados. Da la jota aragonesa, de la sardana, del aurresku y, por descontado, de la jota ciezana donde a las ciezanicas se les exhorta a casarse con un ciezano para que todo quede en casa.

Ultraconservador de la manzanilla, del txakolí, del zumo de cebada y malta, del cava y de nuestros caldos pálidos y cerezas.

Ultraconservador, hasta lo indecible, de la tortilla de patatas, del jamón, del queso y de las marineras, donde la ensalada bolchevique es coronada por una anchoa en salmuera.  Y de las olivicas mollares de mi pueblo, chafás y partías, que saben a hinojo y ajedrea y a gloria bendita.

Que nada tengo contra los bichos de largos bigotes y jugosas cabezas que, a veces, visten de gabardina pero, puestos a elegir, mejor un tomatico rizao de mi pueblo, de donde el Fatego, dulce como la miel y jugoso como un chato de los de antaño. Rehogado con aceitico de oliva, cobrizo y denso que, mezclado con el sudor del tomate, hace del pan de Félix alimento de Dioses.

Ah. También soy del Madrid, como Dios y Don Santiago mandaban, aunque disculpo a quienes son de lo que otrora fue el Atlético de Aviación, pues mi padre también lo fue. Y admiro al Bilbao donde la juventud y el esfuerzo prevalecen sobre el casillero.

Ya lo ven; soy un ultra sin remedio, que cada Navidad reúno a mi familia en torno a unas figuras pequeñicas que, para mí, lo son todo.  No eligió un palacio, ni sábanas de seda. Fue en Belén, una aldea humilde de Judea. En un establo, entre heno y fieras, quiso venir el primero y último entre todos. El Hijo del Carpintero que sólo legó un par de sandalias y una túnica de lino. Las Sandalias de un Pescador y la Túnica, ajada y ensangrentada por la ceguera del hombre.

Se atisba una Nochebuena no muy concurrida. Brindaré por Él, por mi mujer y por mis hijos; por toda mi familia en el sentido más extenso y hermoso del término; por mis padres que ya no están y a quienes les debo todo; hasta el aliento. Brindaré por todos ustedes; por todos, sin excepción, y por este gran país, al que quiero de forma radical y ultra. Saldremos de ésta. Naturalmente que saldremos. Por nuestros hijos y por los hijos de nuestros hijos. Dejémosles una tierra y un sueño y una enseñanza: que ÉL es la verdad y la vida.

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