susanismo

El 2 de diciembre de 2018 cambió para siempre la vida de Juan Manuel Moreno Bonilla. En apenas 24 horas pasó de ser el hombre que susurraba a una vaca al nuevo presidente al que 8,4 millones de andaluces encomendarán su futuro durante los próximos cuatro años. Un día marcado en rojo para la historia de la comunidad más poblada de España y también para él, barcelonés de nacimiento, 48 años, hijo de emigrantes malagueños y nieto de jornaleros. El ‘susanismo’ entra en fase temporal de barbecho hasta el Gran Domingo de mayo y da paso a un ‘sorayo’ con todo por demostrar.

De sopesarse una gestora, tras recibir el 2-D el peor resultado del PP andaluz desde 1982 en unas autonómicas, a gobernar la comunidad más poblada

Cuando el resultado de las urnas parecía aventurarle una adelantadísima prejubilación política dorada junto a sus querubines de McDonalds, un puñado de negacionistas patrios se cruzó en su camino y lo encumbró sin muchas complicaciones negociadoras al sillón más deseado, que ya hubieran querido para ellos otros antecesores en tal cometido como fueron Antonio Hernández Mancha, Gabino Puche, la ex alcaldesa de Cádiz Teófila Martínez o el omnipresente Javier Arenas.

Los postulados de los líderes de Vox, abanderados sin rubor de un supremacismo rancio de tiempos grises ya supuestamente pasados, fueron creídos hace sólo cuatro años sólo por 18.017 andaluces. El pasado 2-D, 395.978 ciudadanos de esta tierra con un paro estructural por encima del 20% compraron el mismo discurso y hoy, en pleno 2019, gracias a ellos llega al poder en Andalucía por primera vez un gobierno bipartito formado por conservadores supuestamente moderados y liberales presuntamente enemigos acérrimos de la ultraderecha.

Una derecha de tres cabezas pone fin a 37 años ininterrumpidos de gobiernos comandados por el PSOE. Un partido que ha hecho de Andalucía durante todos estos años su principal campo de experimentación exportable a nivel nacional. Por algo se la conoce como el granero socialista. El PSOE han gobernado muchos de estos años en Andalucía con una mayoría aplastante y también otros con una mayoría simple, apoyado desde dentro del ejecutivo en coalición o desde fuera, ya sea por andalucistas, la Izquierda Unida que llegó tras el Julio Anguita de la ‘pinza’ y los liberales de nuevo cuño de Ciudadanos versión andaluza made in Juan Marín, un político que ha probado en sus carnes todas las siglas conservadoras habidas y por haber durante su dilatada carrera política iniciada en su natal Sanlúcar de Barrameda.

En definitiva, casi todas las ideologías a derecha e izquierda habían probado el abrazo del oso socialista y el resultado evidente ahí queda para la historia reciente de esta comunidad. Los últimos experimentos los propició Susana Díaz cuando accedió al poder en 2013 tras la dimisión apresurada de su antecesor José Antonio Griñán, por el escándalo de los ERE irregulares. El apodo de su mandato bajo la denominación de ‘susanismo’ hace mención en parte a su habilidad única para saber extraer lo mejor de otras formaciones a ambos lados de su espectro ideológico sin mancharse electoralmente.

Un puñado de negacionistas patrios se cruzó en su camino y lo encumbró sin muchas complicaciones negociadoras al sillón más deseado

Hasta que llegó la campaña del crucial 2-D. La trianera del barrio de El Tardón no midió bien los riesgos y pidió a Pedro Sánchez asumir ella sola toda la estrategia, que no fue otra que hacer una campaña de bajísimo perfil sin apenas hacer ruido para no despertar al monstruo, cuando en runrún de la calle hacía evidente que el monstruo ya había venido a ver a todos los andaluces y sabía andar solo e incluso dar dentelladas.

Así fue, aunque ella mantenga el discurso de que el PSOE sigue siendo la fuerza más votada de Andalucía, en una cita electoral con una participación casi ridícula de solo el 58%. Las derechas, encarnadas ahora en tres formaciones más o menos peculiares y con su idiosincrasia particular, están llamadas por los andaluces a marcar una raya en rojo a lo que han sido 37 años de gobierno monocolor.

La ultraderecha de Vox se cruzó en el camino del ‘susanismo’

Cuando la ultraderecha se cruzó en el camino de Moreno Bonilla y del ciudadano Juan Marín ya todo comenzó a ser mucho más fácil. Tanto es así que este viernes 18 de enero será investido por la mayoría del Parlamento de Andalucía como nuevo presidente andaluz. Moreno Bonilla liderará los designios de la segunda comunidad más extensa del país después de haber sido aupado a este lugar casi sin despeinarse en la mesa negociadora, porque la han teledirigido de forma personal desde Madrid el propio líder del partido, Pablo Casado, y su número dos, Teodoro García Egea.

De hecho, de no haber logrado conformar un gobierno conservador gracias a la coalición con Ciudadanos y la muleta imprescindible de los ultraderechistas de Vox, el futuro del PP andaluz pasaba por la creación de una gestora y el de Moreno Bonilla se auguraba muy lejos del palacio de San Telmo, sede de la Presidencia de Andalucía. Pese a haber mantenido el segundo puesto como partido más votado –su lugar habitual en casi 40 años de autonomía–, el resultado del 2-D es el peor cosechado por el PP de Andalucía en unas autonómicas desde 1982. Los siete diputados perdidos respecto a los resultados de 2015, donde el propio Moreno Bonilla ya se dejó en el camino la friolera de 17 escaños, no auguraban un futuro prometedor para el líder popular andaluz, designado de forma apresurada en 2014 por Mariano Rajoy para las andaluzas de marzo de 2015. Moreno Bonilla tampoco atinó cuando apoyó públicamente la candidatura de Soraya Sáenz de Santamaría en las pasadas primarias del Partido Popular, que encumbraron a Pablo Casado como nuevo líder del partido. Este ya no tenía capacidad de maniobra con la cita andaluza prácticamente encima y se echó las elecciones andaluzas sobre los hombros como una causa personal. La jugada le ha salido bien pese a tener que verlas venir con los ultraderechistas.

El reto es mayúsculo para todos los andaluces, que vuelven a sentirse como cobayas en el centro de experimentación nacional por excelencia

El séptimo presidente autonómico andaluz será el primero de ideología conservadora en casi cuatro décadas de mandatos más o menos progresistas en manos de las siglas del PSOE. Le precedieron el preautonomista Plácido Fernández Viagas (1978-79), Rafael Escuredo (1979-84), José Rodríguez de la Borbolla (1984-1990), Manuel Chaves (1990-2009), José Antonio Griñán (2009-13) y Susana Díaz (2013-2019).

Comienza la hora cero de la nueva Andalucía, una tierra de promisión siempre deseosa de futuro y supervisada ahora con poderes fácticos por una docena de diputados advenedizos que quieren, entre otras lindezas, derogar la Autonomía de Andalucía, imponer el 2 de enero como día de la comunidad, derogar los derechos adquiridos de las mujeres maltratadas o expulsar a miles de inmigrantes sin papeles. El reto es mayúsculo para todos los andaluces, que vuelven a sentirse como cobayas en el centro de experimentación nacional por excelencia.

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