martes, 4octubre, 2022
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SonarQ

Guitarras Black Wolf

Francisco Silvera
Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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análisis

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El Rock es una música tribal. Ya defendí en otro sitio que la primera globalización en el siglo XX fue la del “entertainment” de los USA y que la música popular norteamericana (negra) dio un horizonte nuevo y planetario a las generaciones que se educaron con ella; quizá hoy sea diferente, la industria entonces vio un negocio… hoy los negocios ven ahí una industria.

La guitarra eléctrica fue un icono de esa revolución mundial. Descubrir que un tarugo de madera con cuerdas metálicas y micrófonos, enchufado a un amplificador saturado generaba tonos que se acoplaban, distorsionaban y se mantenían retroalimentados, hizo: de un ruido provocador, delicia de la música.

Yo soy aficionado. La guitarra eléctrica no es un instrumento para estudio reglado como no lo es el Rock. Buena parte de la calidad y frescura de esta música se ha perdido porque se ha vuelto propiedad de marisabidillos que conocen mil acordes, pero cuando uno oye tocar a John Lee Hooker y trata de emular su sonido descubre que muchas veces no debe tener ni idea de lo que está haciendo… por eso es música popular y ésta se práctica, se trabaja pero no se estudia: lo gracioso no es el nivel técnico acrobático sino la personalidad en el fraseo, el ataque… de hecho mi teoría es que los grandes guitarristas del Rock han convertido en seña de identidad sus defectos como músicos, uno puede imitar a B. B. King o a Jimi Hendrix, pero sonar así no tiene sentido porque ya lo hicieron ellos.

Dejemos la teoría. En Almensilla, cerca de la capital sevillana, tiene su taller de luthería sonarQ; Frank es su artífice, músico conocido y experimentado de ascendencia Punk (Los Escuálidos, The Rockos… muy Stooges), su labor de reparación y puesta a punto de instrumentos es de verdadera cirugía, si buscan en su página de Facebook verán que suele colgar álbumes de sus trabajos, minuciosos con detalles de verdadera orfebrería. Entregarle una guitarra es reestrenarla en todos los sentidos, remoza y deja de estreno pero consigue ajustes que abren el sonido propio del instrumento hasta sus límites. Es un mago, un resucitador de guitarras.

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Entre lírico e ingenuo burgués pero muy inteligente, me acuerdo de JRJ cuando hablaba del “trabajo gustoso”: el entusiasmo, la sonrisa, la vehemencia, el riesgo incluso al hablar de las guitarras (que son como familia de sus intérpretes) revelan a un tipo que disfruta con lo que hace y que en lo bien acabado pone su vida. Sabe, es habitual en el “backstage” de los directos de gente como Los Reincidentes: diagnóstico y resolución ¡ya!, sabiduría y experiencia.

Pero además es constructor. Gibson y Fender son las grandes marcas de guitarras eléctricas, son pura mitología del aficionado. Tengo varias de cada. Digamos que Gibson es sonido brutote, como un chorro gordo de agua que uno debiera manejar usando la manguera limpia, sin más; Fender es un látigo, todo depende de cómo lances, de cómo ataques la cuerda: Jimmy Page y Eric Clapton, por usar referencias conocidas. Sentir en la manos el poder simbólico de estas marcas no es poco, juegan con ello, sus precios tienen que ver con esto… es lo que es.

Yo he comprado hace poco una guitarra de sonarQ, su marca es Black Wolf; la mía es una Black Wolf RD, una evocación a su manera de un conocido y raro modelo de una de esas firmas. Por supuesto materiales los mejores: caoba y electrónicas de lujo, una pala característica que la personaliza y una perfección formal que frisa lo redondo… no es una reproducción, es una Black Wolf con toda su idiosincrasia y caracterización exclusiva, única. Pues esta guitarra aúna las dos formas de música de Gibson y Fender: me encanta, es a la vez esa especie de sonido gordote Gibson con un poco más diafanidad, la limpieza de una Fender pero con el cuerpo de la otra; un buen amplificador de válvulas consigue tonos de los 60 y 70 genuinos, que es lo me interesa, el Rock clásico. Acción justa; afinación y quintado exactos, de otro planeta, y se mantiene durante horas perfecta tirando y tirando de las cuerdas… en un escenario eso es la base, si no: por mucha marca y estética: nada. Habría que gastar una fortuna para dar con todo esto a la vez en un instrumento, guitarra o bajo; Frank no malbarata, pero es asequible dado lo que oferta.

El guitarrista Álvaro Suite (que acompaña a gente como Bunbury), Fernando Madina, Candy Murillo y Juan Barea de Los Reincidentes, el prestigioso productor Alfonso Espadero… son profesionales que tocan estos instrumentos alucinantes que deberían ser más reconocidos. Piense que podría construirse a demanda la guitarra que siempre soñó: componentes, personalización, colores, detalles menores… repito: única. Yo tengo una y este artículo es una deriva de mi estupefacción.

El mejor Boccherini hispánico para mí es del Fabio Biondi, un italiano. Quizá Memphis y su fábrica famosérrima tengan un “alter ego” más que fundamentado en Sevilla, en Almensilla. Anímense, afición y profesión.

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