miércoles, 22septiembre, 2021
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Son influencers lo que necesitamos ahora

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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Los medios de comunicación convencionales están en crisis. A su lógica de funcionamiento, basada en la contratación de profesionales que aseguren contenidos de calidad gracias a su preparación, se le han visto las costuras a causa de la sobreintervención a la que han sido sometidos. La aparición de los blogs primero, de las redes sociales, de Youtube, de Twitch luego, han sido una cerilla arrojada contra una gasolinera. Hace treinta años, verse fuera de una revista, de una emisora de radio o de televisión, equivalía a un silenciamiento total. Actualmente, no pocos creadores de contenidos tienen bastante más audiencia que cualquier canal de televisión generalista.

Un influencer es, como se puede deducir de su nombre, alguien que influye. Si nos centramos en el ámbito cultural, un influencer es un comunicador que prepara un tema y lo expone a una audiencia interesada con la que interactúa mediante las redes sociales, normalmente en diferido. Es una persona, por tanto, que trabaja su posición y que, mediante la credibilidad que se ha labrado, crea un canal que antes no existía, un canal potente que arrastra sobre todo gente joven y que, eventualmente, quitará la audiencia, la credibilidad y el prestigio al medio convencional que debería haberlo fichado antes de que fuese demasiado tarde.

El panorama arquitectónico es calcado a este. El siglo XX fue la Era de las Revistas. Dueñas de los canales de comunicación y de distribución, devinieron un potente medio de influencia y de poder. Las revistas fijaban el canon, es decir, lo que era y lo que no era arquitectura. Esta autoconsciencia de poder trazó el mismo círculo vicioso que los medios convencionales: mantener el mensaje los empobreció. Las firmas de prestigio que escribían en ellos se aburguesaron o desaparecieron. El contenido se estandarizó hasta el extremo que ahora se publica siempre lo mismo y del mismo modo. La gran mayoría de edificios tan sólo conocerán un reportaje fotográfico pagado por el mismo estudio de arquitectura que lo ha construido. La memoria breve que lo acompañará se repetirá hasta la saciedad sin variaciones. Las construcciones no se visitan, ni tan sólo si quedan cercanas a la redacción. Las revistas son cada vez más la revista. Sumado a ello, la voluntad de corrección política ha afectado los temas, tratados cada vez más en términos morales. El resultado es que la preparación técnico-científica ha dejado de ser necesaria. Jamás lo ha sido en la periferia del pensamiento religioso en que nos movemos.

En 1961, el número de noviembre de una de las revistas de arquitectura más prestigiosas, Domus, publicaba No son genios lo que necesitamos ahora, un texto del arquitecto José Antonio Coderch de Sentmenat. Este artículo, que se puede encontrar con una simple busca en Google, ha sido uno de los más prestigiosos de los últimos sesenta años. Con este texto, José Antonio Coderch reivindicaba su carácter de influencer temprano. No sólo fue uno de los mejores arquitectos del país. También quería dejar huella. Marcar. Influir.

Releído, he visto que mi memoria selectiva había olvidado que el artículo es, en el fondo y en la forma, un manifiesto fascista, un texto en la línea de lo que habían escrito treinta años antes poetas como D’anunzio o Sánchez Mazas. Me explico: Coderch habla en este texto, mejor escrito de lo que recordaba, de muchas cosas bonitas y bienintencionadas (no es ironía en absoluto) que ya habían fracasado en 1961. La credibilidad del texto se basa, pues, en el distanciamiento de la realidad que sufría este arquitecto. Me preocupa más su prestigio y su repercusión, porque está basado en hacerse trampas al solitario. Este artículo propone una visión de la arquitectura basada en obras aristocráticas para aristócratas (el término, tal y como lo usa, hunde sus raíces en el imaginario fascista), sin negligir un magnífico trabajo, particularmente por parte del propio Coderch, que sí era un genio, en arquitectura social, un trabajo que en 1961 ya había producido monstruos por su carácter absolutista, introvertido, tan lleno de buenas intenciones como falto de empatía.

La verdadera víctima de este texto es la misma víctima de la arquitectura de todo el siglo XX: las clases medias. Su ascenso, su promoción económica, no fueron acompañados de ninguna atención significativa, quedando en una especie de limbo incómodo: no eran arrastrados a los que tratar con condescendencia, no eran aristócratas. La clase media era, es, mientras exista, un negocio al margen de la arquitectura culta. Lo que ha creado el peor y más deficiente tejido urbano conocido hasta la fecha. Estamos empezando a sufrir seriamente las consecuencias sociales de ello. Esta falta de atención, esta negligencia tan grave, ha servido para apartar las construcciones destinadas a esta clase social del radar. Para convertirlas en negocio. Esto introduce en el canon un brutal sesgo de confirmación. Y soy consciente que esto es lo más grave de lo que se puede acusar a quien aspira a escribir y publicar con rigor. Este sesgo de confirmación ha introducido en el canon el mismo espíritu fascista que el escrito de Coderch por parte de autores que ya no tenían, o que no tienen, nada de ingenuos.

Los influencers, muchos de ellos provenientes de esta clase media que no contaba, han ampliado el alcance de la crítica y de los temas tratados llegando a aquello que es arquitectura pero que no hacemos los arquitectos porque nos lo hemos dejado perder, y lo han hecho puenteando las revistas y su público en una maniobra envolvente que frenó su crecimiento primero y les segó la hierba bajo sus pies después. Mientras buena parte de la profesión sigue atenta a estas revistas manteniendo su prestigio artificialmente, estos influencers hablan de cualquier cosa: desde cámaras subterráneas sin acceso hasta la arquitectura de Hogwarts pasando por el culo de la Kardashian. Todos estos temas tienen en común su carácter cultural. Porque sí, el culo de la Kardashian es cultura. Mientras que la magufería (es decir, el culto a las pseudociencias) es ya el problema principal de las revistas supervivientes, copadas por articulistas con escaso o nulo dominio de aquello de lo que hablan, los influencers recuperan y amplían el panorama cultural arquitectónico, expandiéndolo hacia nuevas áreas de interés y nuevos públicos: centenares de miles de personas, sino millones. Lo nunca visto.

Este nuevo panorama está creando más público interesado y exigente, público que ha pasado de las revistas mainstream, si es que llega a saber que existen. Público que ha creado su propio imaginario al margen del canon. Público que, eventualmente, cambiará la forma de entender la profesión. Público proveniente en su mayor parte de esta clase media negligida. Público que acabará formándose, ni que sea parcialmente, en el pensamiento complejo. Cierto aquello del algoritmo de las redes sociales, que impone temas y tonos. No podía importarme menos, porque las revistas hace cincuenta años que trabajaban al dictado del algoritmo antes incluso de que alguien lo concibiese. Tampoco me preocupa que no guste a sus editores y a quienes los controlan. Sí sus intentos de control, afortunadamente desconcertados y chapuceros hasta la fecha. No me preocupa en absoluto porque estamos en la era de los influencers, y esto es lo que necesitamos ahora. Bienvenido sea el revulsivo que han representado.

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