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Sobre todo Dios (D)

Filosofía para pobres (XX)

Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Quienes comprendieron la significación de la filosofía de Aristóteles en el Mundo Antiguo, una especie de panteísmo teleológico racionalista, vieron el peligro que suponía para toda confesión religiosa. Su obra se “perdió”. Los aristotélicos serían perseguidos, pero curiosamente la consolidación de la Filosofía cristiana arrancará de una mala interpretación escolástica de su pensamiento y llegará hasta nuestros días convertida en teología oficial del catolicismo; después de San Pablo y San Agustín, Santo Tomás de Aquino (1224-1274) quizá haya sido el consolidador mayor de la filosofía sometida a la fe cristiana.

Nótese que decimos una malinterpretación de Aristóteles, el Aquinate nunca entendió su pensamiento (peligroso para la fe) e, incluso así, su aristotelismo estuvo condenado hasta poco después de su muerte; no sabía griego y dependía de las traducciones de Guillermo de Moerbeke, y siendo benévolos hay una lógica en su error, el contexto teológico inducía a la confusión. Recordemos: para Aristóteles la Naturaleza esencialmente es movimiento, disposición al cambio (“Héxis”), todo ser tiene un programa que ejecutar y ahí radica el orden en lo natural: la materia (“Hýle”) es soporte indefinido, su definición es la forma (“Morphé”), lo real se mueve entre la potencialidad de lo que aún no es pero puede ser (“Dýnamis”) y la actualidad presente que ya es o que está en su labor (“Enérgeia”); análoga a este hilemorfismo la realidad es movimiento perpetuo: nada hay quieto en el Cosmos… el pensamiento puede aislar lo formal, lo esencial como algo definible, definitivo, estable, pero ni la materia ni la forma pueden existir por separado en la realidad, sólo en el pensamiento, porque todo está cambiando.

Santo Tomás se apropiará de los términos y definirá el movimiento como el paso de la potencia al acto; muchos libros de texto definen así la idea de movimiento en Aristóteles, craso error, porque eso provoca una duda (muy tomista por cierto): si en algún momento nada era, ¿por qué comenzó algo a ser? La búsqueda de esa causa lleva a la divinidad, concepto que repugnaría intelectualmente al Estagirita, la divinidad o las causas divinas (motores inmóviles) para él no eran más que conclusiones lógicas para precisamente lo contrario: frenar una especulación antes de la explicación irracional, “La Naturaleza es finalidad”, afirmó, orden, un programa que se cumple a sí mismo siendo su propia causa, evitando así una regresión al infinito (la causa de la causa de la causa… “ad nauseam”). El pensamiento humano puede considerar el universo entero como un compuesto de materia y forma, lo divino sería sólo una manera mental de aislar lo formal respecto de la totalidad de lo existente, pero indiscernible de lo material.

Para Santo Tomás la diferencia entre lo potencial y lo actual es la intervención divina, la Creación; de esa manera, su aristotelismo arranca de una perversión de los términos cuyo éxito sigue condenando a aquél a una oscuridad inmerecida en los programas de enseñanza en favor de la corriente platónica, más asequible para la fe. Tomás asumirá la jerarquía ontológica agustiniana (el Símil de la Línea platónico) y podrá defender la presencia en cuerpo y alma de la Virgen María en el Paraíso porque, no lo olvidemos, en este momento el cristianismo no es espiritual en el mismo sentido que hoy, comparativamente era una religión materialista que planteaba la existencia de dos mundos que, en puridad, compartían un lugar para existir: el Universo; son dos niveles, el “Habitaculum Dei” que está allá en la parte más exterior de los orbes cósmicos pero es un “lugar” físico, no una fabulación espiritual, además del mundo en el que vivimos.

El tomismo (en gran parte la teología actual de la Iglesia) tendrá a Dios como el actualizador de la potencialidad de existir, porque en todo lo creado esencia y existencia serán cualidades diferenciadas, aquélla nos es propia y nos define pero ésta sólo nos la puede otorgar el Dios omnipotente y eterno, porque para Él la esencialidad consiste en existir.

Y así es la dependencia de nuestro Creador en todos los ámbitos. Conocimiento: nuestra percepción nos permite la sensibilidad, la imaginación o conformación mental de lo percibido e incluso la abstracción despojando a la realidad sentida de todo lo accesorio para su definición (Intelecto Agente); pero sólo la coincidencia con la iluminación divina permitirá la verdadera identificación del objeto, gracias a una especie de catálogo de formas o universales que es un huello de la presencia de Dios en nuestra alma (Intelecto Posible): conocemos, a diferencia de los animales que percibirán pero no saben, la explicación del saber radica en nuestra alma semejante a Dios: “Veritas est adaequatio rei et intellectu”, sólo se da la verdad al adecuarse la cosa con la iluminación intelectual, la coincidencia; la afirmación de que nada hay en el intelecto que no estuviera antes en los sentidos es tramposa, porque hay una primacía evidente de los universales (o formas o esencias) sobre la percepción, como la hay del Paraíso sobre lo terrestre, de lo divino sobre lo humano… o de lo humano sobre lo animal, etc.; nótese que ésta es la labor sectaria de toda religión, muy difícil de superar: esta jerarquización de todo nos lleva considerar el mundo un mero escenario transitorio para conseguir elevarnos al verdadero.

Volver a la Naturaleza real (no pervertida por la fe) será la lucha de los ateísmos, acusados de irreverentes en una inversión perversa de los conceptos que las víctimas de la fe no pueden entender sin un proceso muy complejo de reprogramación y aceptación de la realidad (verbigracia Nietzsche).

En un alarde de averroísmo suave o bienintencionado, Santo Tomás propondrá junto (no frente) a la teología dogmática (o verdad de fe revelada) la teología natural (o verdad de razón), aquélla es indiscutible porque emana directamente o “a priori” de Dios y ¿haría Dios, pues, que la divina razón nos alejara de Él?: no tiene sentido, el ejercicio de esta razón bien manejada ha de concluir también en la fe del dogma. Por ello no hay inconveniente en probar la existencia de Dios “a posteriori”, observando el mundo (nótese la influencia terminológica en Leibniz o Kant…), y señala cinco caminos o vías para llegar siguiendo sus huellas (o Trascendentales) a probar su existencia: movimiento, causalidad eficiente, ser contingente y necesario, grados de perfección y el gobierno del mundo; las cinco abundan en la idea de la necesidad de una causa primera no causada para no caer en el absurdo, o en la necesidad de un diseño intencionado en aquello que aparenta estar ordenado (en realidad la simpleza popular del “Algo tiene que haber” convertida en Teología trascendente).

El Arquitecto del Universo diseñó el mundo a su voluntad de la nada; todo obedece a la Ley Eterna que emana de su voluntad. Los entes creados cumplen esta voluntad expresada en la Naturaleza a través de la existencia: la Ley Natural es un reflejo de la Eterna y en los objetos inanimados se expresa como la persistencia en existir si nos les afecta algo que los modifique (en realidad es un esbozo de un principio de inercia teológico); en los seres animados además de esta persistencia, la reproducción o instinto de supervivencia y continuidad es el motor de la vida; y en los seres humanos, además de estos dos principios, la Ley Natural nos hace vivir comunitariamente empós de la verdad y el beneficio para todos, alejándonos del perjuicio y el mal. Por ello, la Ley Positiva o Derecho, las normas redactadas, han de ser un reflejo de la Ley Natural (que a su vez lo es de la Eterna), por lo que Moral y Derecho han de coincidir, la religión cristiana es la única forma de vida civilizada y natural (¿racismo etnocéntrico?); las aspiraciones especulativa y práctica de la razón, la Verdad y el Bien respectivamente, son sólo una: Dios, fin último de la existencia humana.

Perdonen lo escolástico de esta argumentación de hace 750 años: ésta es la base de la moral católica que, todavía hoy, preside con disimulo algunos debates en multitud de Parlamentos, incluido el español: anticonceptivos, aborto, eutanasia, homosexualidad, sexo no reproductivo, matrimonio, familia, teoría evolutiva, origen del cosmos, crímenes no bendecidos por la fe… a efectos reales, todo contrario a lo que subrepticia. hipócrita y demagógicamente vienen a denominar “Natural”, porque no aclaran que sus intentos de imponer la moral no son más que teología irracional totalitaria y contraria al conocimiento, disfrazada con ideas como “vida”, “libertad”, “dignidad” o “bien”… absolutamente vacías, salvo en este juego del lenguaje llamado “Dios” de hace ocho siglos. La larga marcha del tomismo sigue ensombreciendo a la Ciencia y al Humanismo; entonces y hoy, es pensamiento sumamente conservador, incluso dentro de la propia Iglesia.

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