Luciana Prodan, autora de ‘Clarice Lispector: Pararse sobre los escombros’.

Cuenta Marifé Santiago en su Prólogo a “La perfecta casualidad de seguir con vida” de Luciana Prodan que es “en las ruinas donde nos aguarda la imparable rebelión, la más valiosa porque no espera heroicidad, sino justicia”. Y esa frase abre la puerta al primer libro que hace unos meses leí de Luciana, y tiene la virtualidad de llevarnos a unos relatos que golpean, porque nos hablan de personas a las que conocemos y “hemos tenido tan cerca que ha dado tiempo de sobra para que su respiración esté agazapada en la memoria del olvido”. Las bellas palabras de Marifé se confirman cuando te adentras en aquel libro, y se me reproducen al leer “Clarice Lispector. Pararse sobre los escombros” en el que curiosamente Luciana vuelca el término “escombros”, que en definitiva no son sino las “ruinas” de la heroicidad de Lispector. Una vida que nace de las ruinas de la persecución de una familia hebrea que huye de la desolación, y cuyo nacimiento era ya un remedio para una vida.

Culpable desde su misma concepción, una vida no puede salir del escombro, esa es la primera fortuna del libro de Luciana Prodan, el título que recuerda a las ruinas, y es por ahí donde hace discurrir aspectos biográficos de la enigmática escritora brasileña. La autora deja fuera todo protagonismo para dar la voz a una Lispector niña que recuerda la lectura de un libro prestado por su amiga a la fuerza, y el proceso de la lectura por la que luego será escritora. Juega a no tenerlo, a tenerlo por un tiempo, poco, y luego volver a perderlo, hasta convertir al libro en ese amante que nos toma y nos deja. Pero que condicionó su vida a ser escritora.

La de Lispector es “una vida que nace de las ruinas de la persecución de una familia hebrea que huye de la desolación, y cuyo nacimiento era ya un remedio para una vida”

No es la primera vez que Luciana Prodan se enfrenta a la narración del dolor, del dolor desesperado del abandono, del dolor físico, el dolor de Clarice cuando queda huérfana con diez años, después de haber llegado a Brasil desde Ucrania atravesando mundos de hielo y desesperación. Clarice escribía, pero nunca contaba cosas sino sensaciones, la escritura de Lispector la componen sentimientos, emociones, nada que precise ser racionalizado.

Igual que la de Prodan, y esto las hace tributarias de una forma límite del uso de las palabras, siempre cargadas de una intención incendiaria, de adelantarnos a lo imprevisible, a lo que efectivamente luego no ocurre, pero de lo que se sorteó solamente en el último momento. Es una buena forma de afrontar el pensamiento posmoderno, lo que solo quede en las formas, y es la mejor literatura porque a diferencia de la vida, en la literatura si está la verdad.

Yo no sé lo que nos hace escritoras a Lucia Prodan, a Laura Freixas cuando escribe “Ladrona de Rosas” para biografiar a Clarice Lispector, una genialidad insoportable, a Ida Vitale que la tradujo del portugués, a Lispector que escribió “Un corazón salvaje” llevándonos al límite de la lectura, y “La pasión según G.H.” en pocos meses. A Marifé Santiago, a todas las mujeres que tendemos hilos en Editorial Huso, al socaire de Mayda Bustamante empeñada en darnos a leer la escritura de las mujeres, transformadora, como una biografía de Lispector en la que dos escritoras dialogan, una la autora del libro, Borguesiana en la forma, la otra según los críticos Joyceana, aunque yo no estaría tan segura porque nunca vi sufrimiento en el Ulises, solo épica.

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