Albert Camus, el genial autor de El extranjero, sentenció en su discurso de investidura del premio Nobel en 1957, que «son los pueblos los que sufren la historia».

Insobornable crítico de los totalitarismos y las dictaduras de ambos signos, inflexible resistente a la opresión y la ignominia del terror nazi e implacable denunciador de la barbarie estalinista, tuvo que sufrir por esto último el ostracismo y la crítica cruel de una parte de la intelectualidad francesa, hechizada por aquel entonces con una visión idealizada y absolutamente distorsionada de la realidad soviética. La imponente figuradel filósofo Jean Paul Sartre lideraba aquellos talentos que mitificaban a la URSS; perola historia le acabó dando la razón al humilde Camus, ya que si Auschwitz habíarepresentado “lo impensable”, el Gulag soviético no le fue a la zaga en espanto y horrores, como nos describió tan cruda y conmovedoramente Aleksandr Solzhenitsyn.

Caída del muro de Berlín

La caída del muro de Berlín en 1989 representó el final de lo que Hobswan llamó el “siglo corto”, que se había iniciado en 1914 con la Primera Guerra Mundial, y que finalizó en 1991 con la desintegración del imperio soviético. Este último acontecimiento fue tan inesperado, tan frenético y tan vertiginoso que ni los más avezados sociólogos y politólogos de la época fueron capaces de dar cuenta de él.

Rusia

Tras la amarga y humillante época de irrelevancia política, económica y militar que supuso la década de los 90 para el otrora imperio soviético, Rusia ha intentado seguir presente en su antigua esfera de influencia, pero obviamente con otras formas. Para ello, ha combinado su sentimiento de potencia hegemónica en el espacio postsoviético, con la percepción de su propia vulnerabilidad ante Occidente. Esto último está motivado por el recuerdo de la invasión que Rusia sufrió por las tropas napoleónicas y por la conmoción, aún viva en un sector de la población, que supuso la invasión que la URSS por el ejército alemán. Stalin lo dijo durante la Segunda Guerra Mundial: “Los ingleses ponen el tiempo, los americanos ponen el dinero y nosotros ponemos la sangre”. Y así ocurrió.

El coste en vidas humanas para la URSS tuvo proporciones de apocalipsis bíblico: en torno a veintisiete millones de personas. Si a este inmenso trauma colectivo se le suma el desmoronamiento de 1991 y la presión constante que sobre sus fronteras ejerce la OTAN, cabe colegir el recelo y el temor con que Rusia observa los acontecimientos en los países fronterizos con ella.

En fechas recientes, las revoluciones de colores acontecidas en Georgia, Ucrania, Kirguistán, Moldavia, Armenia y Bielorrusia compartían la voluntad de abandonar la esfera de influencia rusa para integrarse en la prosperidad, no sólo material sino también y probablemente más importante, en la de derechos y libertades que supone el mundo occidental. El apoyo de la UE y de EEUU a esos movimientos fue crucial, con lo que la alarma en el Kremlin no ha hecho sino aumentar ante lo que percibe como una agresiva y orquestada estrategia antirrusa. De hecho, parece haber un patrón, iniciado en septiembre de 2000 en las elecciones serbias que supusieron la caída del régimen de Slobodan Milosevic, y continuado en las revoluciones de colores, por el que Estados Unidos entrena activistas, penetra la vida cultural y financia ONGs, partidos políticos y medios de comunicación antigubernamentales de países clave ajenos a su esfera de influencia, para estar listo a la hora de aprovechar cualquier momento de debilidad del régimen, de modo que todos esos recursos sean un elemento catalizador y sirvan de referencia y agentes de liderazgo de la población descontenta que decida movilizarse.

Así, esta estrategia, que sigue básicamente los manuales sobre cómo derribar dictaduras del intelectual estadounidense Gene Sharp, se ha instrumentalizado para orientar protestas legítimas y honestas hacia los fines de Washington, mientras el control de la narrativa de los hechos, tradicionalmente en manos de la prensa occidental, supone un factor de legitimación añadido. De hecho, la necesidad de ofrecer un contrapeso a esas narrativas tradicionalmente hegemónicas (CNN, The New York TimesLe MondeEl País, etc) es lo que explica en gran medida la aparición del canal internacional de noticias ruso RT.

La larga mano de Moscú

Es en este contexto geopolítico en el que la «larga mano» de Moscú se deja sentir con fuerza en un territorio tan amplio que abarca desde la Europa del Este (Bielorrusia y Ucrania) y el siempre volátil Cáucaso (Armenia, Azerbaiyán, Abjasia y Osetia del Sur) hasta las desoladas cordilleras de Asia Central (Tayikistán, Uzbekistán, y Kirguistán).

Respecto a Bielorrusia, cabe recordar que durante la Segunda Guerra Mundial opuso una resistencia feroz a la invasión del gigante nazi, que a la postre acabó ocupándola por completo. La revancha del Tercer Reich ante la resistencia numantina de los bielorrusos fue despiadada: un tercio de sus 10 millones de habitantes fue masacrado. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Bielorrusia se mantuvo del lado soviético y hasta 1990, año en que proclamó unilateralmente su independencia, fue una de las quince repúblicas sometidas de facto a los dictados e intereses del Kremlin. Ambos traumas, el de la invasión nazi y el de los 45 años de omnipresencia soviética, a los que cabe añadir dos siglos bajo el imperio de la Rusia zarista, están muy presentes en la conciencia de los bielorrusos y obviamente forman parte de su identidad colectiva. Pero como dijo Foucault, «siempre que hay poder, hay resistencia a ese poder» y Aleksandr Lukashenko, que ganó las elecciones en Bielorrusia en 1994 y que desde entonces permanece en el poder mediante fraudes electorales, no iba a ser una excepción. Las revueltas de la población civil se iniciaron el pasado 9 de agosto, nada más darse por definitivo el resultado de las últimas elecciones en las que el fraude fue escandaloso. A esas revueltas el gobierno respondió con brutalidad policial, detenciones y torturas, así como con el encarcelamiento y el exilio de los líderes de la oposición. En esas revueltas pacíficas, hay que subrayarlo, los bielorrusos demostraron, una vez más, la cultura de civismo y de no violencia que han caracterizado sus movilizaciones a lo largo de la historia, y que contrasta con el vandalismo callejero y saqueos de comercios que se han dado en otras protestas de otras latitudes, caso del Black Lives Matter o de las habidas en Cataluña por los presos del procés o la detención de Pablo Hasél.

De hecho, la ejemplar naturaleza y participación masiva por parte de amplísimas capas de la población bielorrusa les dieron un carácter familiar que llevó al diario The Guardian a bautizarlas con el simpático y efímero nombre de revolución de las pantuflas mientras por su llamativamente alta participación femenina otros medios y observadores la han denominado la revolución de las mujeres. Ése carácter pacífico no es casual ni espontáneo, sino que hunde sus raíces, entre otros factores, en la histórica tradición de las asambleas locales, por las que los ciudadanos están habituados a la participación política activa, pero a la vez al sometimiento a un poder central autoritario, cuando no despótico.

No deja de resultar sorprendente que, merced a un convenio entre Rusia y Bielorrusia, haya sido la propia Rusia la que haya declarado en busca y captura a la líder de la oposición Svetlana Tijanovskaya (hoy en el exilio y con su marido encarcelado en Minsk a modo de rehén), una metáfora de hasta qué punto la soberanía del ejecutivo de Lukashenko está condicionada por el coloso ruso. La particular situación geopolítica y geoestratégica de Bielorrusia (comparte frontera al oeste con la Polonia de la UE y al este con «la madre Rusia») es la que hace que sea Putin el que esté muy interesado en que de ninguna manera Bielorrusia también escape de su tutelaje.

El mandatario ruso es consciente de que las revueltas civiles pueden devenir en la caída del régimen de un Lukashenko cada vez más solo y con menos apoyos y donde la actual oposición gana fuerza y visibilidad. La caída de Lukashenko iría acompañada con toda probabilidad de un acercamiento de Bielorrusia a la UE, lo que a su vez supondría una concomitante pérdida de capacidad de influencia y de intereses para Rusia. A todo esto hay que añadir el cambio de aires que la llegada de Joe Biden al gobierno de los EEUU va a suponer en la política internacional, lo que cabe pensar que tampoco beneficiará a RusiaEs por esto por lo que Putin apoya tanto económica como policialmente (matones rusos se infiltran entre los pacíficos manifestantes) al dictador bielorruso; el Kremlin subvenciona una parte importante de la energía que se consume y revende en Bielorrusia, lo que de alguna forma Putin se cobra en forma de soberanía nacional transferida desde Minsk a Moscú.

La respuesta en principio lenta de la UE a esta nueva situación política cobró dinamismo y acabó imponiendo sanciones a los principales dirigentes bielorrusos tanto por el escandaloso fraude electoral como por la represión subsiguiente contra la población civil. Angela Merkel declaró no reconocer los resultados de las elecciones por “no ser ni justas ni libres” y Josep Borrell dijo que «El pueblo de Bielorrusia tiene que saber que la UE está de su lado”. La oposición bielorrusa fue galardonada el pasado diciembre en el Parlamento Europeo con el premio Sajarov a la libertad de conciencia, que recogió la propia Tijanovskaya, tras lo cual fue recibida al más alto nivel en España y otros países de la UE. Este conjunto de acciones han motivado la protesta de Moscú, que las considera una injerencia occidental en los asuntos de Minsk.

A Rusia se le mueve el suelo debajo de los pies; siguiendo a la actual desobediencia bielorrusa, una oleada de rabia civil ha provocado la caída del gobierno en Kirguistán.

Nos imaginamos que los estrategas del Kremlin estarán interpretando la situación como un efecto dominó en su enorme área de influencia, más gradual pero parecido al que desencadenó la primavera árabe.

Uno de los autores de este artículo visitó la universidad de Minsk en 2019, y ambos estamos en contacto y trabajamos con académicos bielorrusos, en los que percibimos una desafección, que viene muy de lejos, tanto del profesorado como de los alumnos universitarios hacia el régimen. Ahora, muchos de esos profesores nos cuentan que temen, con motivos, ser expulsados o represaliados de alguna manera por haber firmado manifiestos a favor de elecciones libres y transparentes. Los mismos profesores nos dicen que una manifestación pacífica de ancianos, algunos de los cuales lucharon contra los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, fue salvajemente reprimida por la policía y el ejército.

Al mismo tiempo, Lukanshenko visitó a los líderes opositores encarcelados, en una cínica e indignante puesta en escena de un pretendido talante negociador y de diálogo, tras lo que naturalmente no se obtuvo resultado alguno. La indignación social va en aumento y el régimen responde cada vez con más violencia, lo que a su vez no hace sino provocar más ira, en un bucle que parece no tener fin. “Tememos estar deslizándonos hacia una guerra civil” siente el bielorruso de a pie. Aunque las calles estén más calmadas desde la llegada del invierno, el movimiento por la democracia no ha desaparecido en absoluto, sino que se está readaptando y ampliando sus estrategias.

Otra vez se hace verdad la potente reflexión de Camus: son los pueblos los que sufren la historia. Pero los bielorrusos están firmemente decididos a resistir y aunque el coste puede ser alto, de esta dramática situación, Bielorrusia debe salir con más libertad, más justicia, más democracia y muchos más derechos humanos.

Apúntate a nuestra newsletter

1 Comentario

  1. «En fechas recientes, las revoluciones de colores acontecidas en Georgia, Ucrania, Kirguistán, Moldavia, Armenia y Bielorrusia compartían la voluntad de abandonar la esfera de influencia rusa para integrarse en la prosperidad, no sólo material sino también y probablemente más importante, en la de derechos y libertades que supone el mundo occidental»
    Afirmar esto es mentir. Como se puede decir por ejemplo que en España existe prosperidad y libertades si:
    11,8 millones personas (25,3% de la población) se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión social. Es decir, en la pu.. miseria.
    Si el derecho de autodeterminación es inexistente.
    Mentir es fácil.

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre