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Siria: La mayor tragedia del siglo XXI

Los orígenes, el desarrollo y los futuros escenarios de la interminable crisis siria nos revelan que casi todos los pronósticos en política internacional resultan prematuramente fallidos. La guerra de Siria es, probablemente, un conflicto de irresoluble resolución, al menos en el corto plazo

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Corría el año 2010, el mundo era una fiesta democrática tras la ‘revuelta del pan’ en Túnez y los medios de comunicación europeos hablaban incluso de una ‘primavera árabe’. Después llegó la resaca y la decepción, aquel breve destello que aparecía en el horizonte se acabó convirtiendo en una pesadilla interminable en casi toda la región. En Libia estalló una cruenta guerra civil en el bando demócrata y el Estado Islámico se hizo fuerte en algunas zonas del país. Yemen e Irak se vieron sumidos también en violentos conflictos, en los que se entremezclaban disputas tribales, étnicas, religiosas y políticas, pero también duelos entre las grandes potencias que tienen su papel en la escena regional, como Arabia Saudí, Estados Unidos, Turquía, Irán y Rusia. 

Y, finalmente, en Siria, tras algunas revueltas populares contra el régimen de Bashar al-Assad, la breve primavera del año 2011 acabó degenerando en una guerra civil entre una coalición formada por diversos grupos de todos los colores y pelajes y las fuerzas fieles al ejecutivo de Damasco. “Entonces, el actual dictador se declaró inmune al terremoto de las revueltas árabes. Era una amenaza, no un análisis: iba a desencadenar las fuerzas del infierno sobre su país y la región entera en cuanto estallaran las protestas”, en palabras del analista español Lluís Bassets.

Bashar al-Assad llegó al poder tras la muerte de su padre, Háfez al-Assad, en el año 2000, siguiendo una política continuista, ajena a cualquier tipo de cambio y manteniendo la hegemonía política del partido único, el Baath, en el poder desde el año 1963. El presidente Bashar al-Assad, médico de profesión y de 52 años, no ha dudado en usar la represión contra las protestas populares acaecidas en las calles de las principales ciudades sirias entre los años 2011 y 2013, principalmente. Al-Assad cuenta a su favor con el apoyo de los cristianos del país -algo menos del 12% del censo- y de los alauitas- que son algo más del 15% de los sirios-, una rama del Islam chiíta y a la que pertenece el mismísimo presidente. También cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas, los cuerpos de seguridad y los servicios de inteligencia, muy activos en la persecución de la oposición.

Esta brutal represión de las protestas callejeras precipitó el comienzo de la guerra civil siria, que dura ya diez largos años y ha causado entre 400.000 y 500.000 muertos, millones de desplazados y refugiados -algunas fuentes elevan la cifra hasta los 11 millones, casi la mitad de la población siria- y cuantiosos daños materiales y económicos. El país está, literalmente, devastado y hundido hasta los tuétanos.

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Así lo resumía el analista ya citado Bassets, en un reciente artículo publicado en el diario madrileño El País, que reproduzco literalmente: “Su población ha sido diezmada. Según ACNUR, casi seis millones de sirios han huido al extranjero. Han muerto más de 400.000 en los combates y bombardeos. Dentro de su territorio, 13 millones se hallan desprotegidos y casi tres aislados en lugares de difícil acceso o asediados. Bashar al-Assad solo controla un 70% del país. El resto está en manos de las facciones en guerra”.

La oposición siria

Desde el principio del conflicto, hay que reseñar que nunca hubo un mando único ni un grupo con la capacidad de liderazgo dentro de la oposición siria. El Ejército Libre Sirio quizá fue su grupo más significativo, numeroso y protagónico, pero en realidad era una amalgama de facciones dispersas, frentes de batalla descoordinados y milicias poco formadas, mal armadas y escasamente preparadas para aguantar una guerra de larga duración frente a un ejército convencional. La derrota estaba servida sobre la mesa desde el primer momento.

Luego la aparición en escena del Estado Islámico, que llegó a controlar algunos territorios cercanos a la capital siria, Damasco, e incluso la emblemática ciudad de Palmira, añadió mayor inestabilidad y tensión a la región. Otros grupos menores en la escena militar eran el Frente Sur, el Frente Islámico, Yeish al-Islam y el Frente al Nusra, organizaciones poco coordinadas entre sí y con objetivos políticos muy dispares para poder ser una alternativa creíble al gobierno de al-Asad.

En el plano político, hubo un intento serio de articulación y vertebración de la oposición siria, auspiciado por Turquía, los Estados Unidos y varios países árabes, en lo que se denominó como el Congreso Nacional Sirio, muy dividido y fraccionado entre un sector muy radical, otro con el objetivo de crear un Estado islámico abiertamente y uno más moderado y pragmático que incluso buscó una salida política a través de una negociación con el régimen de Damasco. Para añadir más división a la de ya por sí atomizada oposición siria, hay que reseñar que los kurdos crearon su propia milicia armada, la Unidad de Protección Popular (YPG), y consiguieron controlar una pequeña franja territorial en la frontera con Turquía e Irak. Todavía hoy conservan algunos territorios en esa zona del país y sus milicias siguen operativas, aunque Turquía, con el beneplácito occidental, las aplasta sistemáticamente.

Ante la perspectiva de que se consolidase una suerte de gran Estado kurdo que agrupase a los territorios que todavía conservan los kurdos en Irak y los controlados en Siria, Turquía lanzó una gran ofensiva militar contra la YPG -la Operación Rama de Olivo- y arrebató a los kurdos la ciudad de Afrin y sus alrededores. Se da la paradoja de que los Estados Unidos -hasta ahora uno de los grandes aliados de Turquía en la escena internacional- apoyaban a los kurdos en su lucha contra el régimen sirio e incluso les había proporcionado armas, como también han hecho otros países árabes y se sospecha que Israel. Más tarde, Washington y Ankara han acercado sus posiciones y parece que la ayuda militar y la asistencia norteamericana a los kurdos se ha suspendido. Ankara teme que la creación de una gran entidad kurda que integre a los kurdos que viven en Irak y Siria avive el avispero del Kurdistán turco, donde la guerrilla del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) libra una larga y cruenta guerra contra las autoridades turcas desde el año 1984, que ha costado unas 40.000 víctimas. 

Estados Unidos, por su parte, ya abandonó a los kurdos hace tiempo por motivos coyunturales, tal como relataba el periodista Juan Carlos Sanz: “El control territorial de las las Fuerzas Democráticas Sirias, alianza kurdo-árabe que fue clave para frenar al yihadismo, sobre el tercio noreste del país está a expensas del respaldo de Washington, que ya retiró el grueso de las tropas del élite que tenía sobre el terreno”.

Tentativas de diálogo fallidas

Por otra parte, todos los intentos de negociación entre la oposición siria y el gobierno de Damasco han fracasado porque la oposición, apoyada por la comunidad internacional, demandaba la salida de la escena política de al-Asad, algo que el gobierno de Damasco rechaza absolutamente. Ahora, sin embargo, las demandas de la oposición se centran en la elaboración de una nueva Constitución, un cambio en el sistema de gobierno y la convocatoria inmediata de elecciones libres y competitivas.

Pese a todo, las recientes victorias del ejército sirio colocan a la oposición en una situación de debilidad y merman la posibilidad de que el gobierno de Damasco acepte una salida negociada al conflicto. El régimen de Al-Assad ya controlaría más de la mitad de la base territorial del país y casi todas las capitales importantes, incluyendo a Damasco y Alepo, mientras que la oposición se encuentra aislada en varias bolsas territoriales desconectadas y fragmentada en varios grupos, siendo los kurdos los que parecen controlar más territorio. 

“El despliegue ruso en favor de El Assad -y de la única base aeronaval de Moscú en el Mediterráneo, en la costa siria de Lakatia- dio un vuelco al conflicto a partir de de 2015. La caída de Alepo oriental al año siguiente, en una batalla calle por calle para arrebatar a los rebeldes su capital, y la toma en 2018 de Guta Oriental, estratégico enclave insurgente a las afueras de Damasco rendido por hambre, apuntalaron la victoria de las fuerzas leales de Damasco”, escribía el ya citado Sanz, en las páginas del diario El País de España.

Intervención internacional contra Siria

Buscando la coartada de que el régimen de Al-Assad usó armas químicas contra la población civil en la ciudad de Guta, causando decenas de muertos y generando una condena internacional casi unánime en casi todas las instancias, Estados Unidos atacó, en el año 2017, varios centros relacionados con la industria química militar siria, supuestamente. Las imágenes de los ataques sirios con armas químicas, reproducidas por los medios de comunicación de todo el mundo, mostraron la brutalidad de un régimen que no duda en bombardear a su propia población civil e incluso atacando clínicas, hospitales y refugios repletos de civiles indefensos.

Sin embargo,  el ataque a Siria más allá de intentar desactivar la industria militar química de este país escondía otras razones geoestratégicas, como enviar un claro mensaje a Rusia en clave militar y erosionar el creciente liderazgo de Irán en Oriente Medio. También Joe Biden con su reciente bombardeo a una supuesta base militar de milicias proiraníes en Siria ha enviado un aviso nítido a Teherán de que su paciencia se puede estar agotando.

Los Estados Unidos, tras una actitud titubeante con respecto a la crisis siria, decidieron implicarse, en su momento, más activamente en la guerra bajo la administración de Donald Trump, quien a diferencia de su predecesor Barack Obama, fue capaz de liderar una coalición internacional, conformada por su país, Francia y el Reino Unido, contra al-Asad, pero inefectiva en resultados prácticos sobre el terreno. Obama se opuso siempre a implicarse militarmente en la crisis siria y llegó a desactivar una intervención aérea auspiciada por París y Londres en contra de la Siria de Al-Assad, allá por el año 2013. Trump, quizá por no enfrentarse con Rusia, tampoco fue más allá de esa inútil intervención y no parece que el actual presidente norteamericano, Joe Biden, se vea tentado a ir más allá de meras declaraciones retóricas e intervenir militarmente en el avispero sirio. 

El ataque norteamericano de Trump trataba de evitar una victoria definitiva y rotunda  del régimen de Bashar al-Assad en la guerra civil siria y salvaguardar los intereses de los principales aliados de los Estados Unidos en la región, pero principalmente Arabia Saudí e Israel, que quedarían en una situación de debilidad frente a su mayor competidor en caso de una victoria de Damasco: Irán. El régimen iraní, no lo olvidemos, es otro de los principales apoyos de Siria en la zona y hay pruebas irrefutables de que suministra al dictador armas, asesoramiento militar, ayuda económica, petróleo e incluso ayuda humanitaria. Ya han muertos varios militares iraníes en los frentes sirios e incluso la organización proiraní en el Líbano, Hezbollah, ha enviado a miles de sus hombres a luchar en los frentes sirios con las fuerzas de Al-Assad.

Al haberse dado una gran victoria en los frentes de batalla sirios a favor de Al-Assad se consolidó un eje político y militar dominado por Irán que arrancaría desde ese mismo país y llegaría hasta Gaza. Irán así contaría con el apoyo de los chiítas en Irak, el régimen sirio que quedaría claramente subordinado a su esfera estratégica, Líbano -secuestrado por Hezbollah y sus aliados desde hace años- también se añade a la lista intereses iraníes y, finalmente, Gaza, donde el grupo palestino Hamas apoya a Teherán y recibe a cambio armas, apoyo económico y legitimidad política.  

Ese escenario, que implicaría graves riesgos para Israel y Arabia Saudí, algo que quizá no deberían de haber permitido nunca ni los Estados Unidos ni sus aliados occidentales, significa un cambio de estrategia por parte de Occidente. Ya no se trata de derrotar al régimen sirio, sino que al final los Estados Unidos y sus aliados han optado por dejar a Siria tullida, hundida social y económicamente pero incapaz de lanzar un ataque contra sus vecinos y constituir un  peligro. Una estrategia muy parecida, salvando las distancias, a la empleada por la OTAN y los Estados Unidos en la guerra contra la Serbia de Slobodan Milosevic, cuyo estallido social precipitó la caída del dictador sin necesidad de enviar fuerzas sobre el terreno.

Ese último ataque de los Estados Unidos, al que seguramente no seguirán otros porque el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, no quiere meterse en un campo minado, trataba de debilitar a Siria y dar un respiro a la maltrecha oposición de este país, objetivo, obviamente, no logrado.

La victoria del régimen sirio, aunque sea pírrica, parece clara, tal como señalaba el ya citado Bassets: “Una carrera siniestra de torturas y ejecuciones ha acompañado todo este tiempo a una contienda civil siempre con más de dos bandos, todos contra todos, y cada uno protegido por alguna potencia regional, Arabia Saudí, Turquía e Irán, o incluso mundial, Rusia y Estados Unidos. El efímero Estado Islámico alcanzó la cumbre del espanto con el espectáculo de sus decapitaciones, pero nadie tiene tanta responsabilidad por los crímenes de guerra y el genocidio como Bashar al-Assad, el protegido de Rusia e Irán que se ha erigido en vencedor”.

“Tras el alto el fuego alcanzado hace un año en en Idlib, el Ejército gubernamental y sus aliados de Rusia, Irán y milicias chiíes han consolidado el dominio sobre la denominada Siria útil, la zona central del país más fértil y poblada”, escribía el periodista y analista Sanz sobre los últimos acontecimientos acontecidos en este país. 

Sin buscar una mayor implicación occidental sobre el terreno, evitando el envío de tropas, algo que todos sus socios quieren evitar, Washington trataba de que el régimen sirio no ganase todavía la guerra civil y que el conflicto se extendiera en el tiempo para propiciar un escenario más favorable a sus intereses, tal como  no ha ocurrido pero que ha convertido a este conflicto en un escenario apocalíptico, al menos para los sirios. Era una estrategia de desgaste -fallida, como se ha visto-, a largo plazo, que trataba de dar oxígeno a la maltrecha oposición siria y haber dejado que la misma siguiera conservando una mínima base territorial desde la que operar, algo que cada día que pasa se revela más como una misión imposible a tenor de los últimos avances del ejército de Al-Assad en los diversos frentes de batalla. La resistencia frente a las tropas de Al-Assad se convertirá en una defensa numantina de sus posiciones actuales, pero también el régimen, y sus fuerzas militares como parte del mismo, está extenuado y no parece que tenga la capacidad de lanzar un gran ataque demoledor contra los restos de la casi extinta oposición armada siria.

“El ejército regular sirio ha recuperado el control de más del 70% del territorio nacional, cuando en 2014 apenas retenía el 45%. Irán no piensa en una retirada en un escenario en el que también interviene Turquía en el norte contra los kurdos e Israel intenta que Irán salga de de Siria”, escribía la periodista Natalia Sancha desde Damasco. Lo más probable es que Irán siga presente en el escenario mismo del conflicto y prestando apoyo al régimen sirio.

¿Cómo concluirá la Guerra Civil en Siria?

Cuatro son los previsibles escenarios hacia donde puede evolucionar el conflicto sirio tras siete años de larga guerra, altos costes en vidas humanas y daños materiales cuantiosos. La economía siria está totalmente destruida y el proceso de reconstrucción se prevé muy largo. Amén de este balance tan desolador, tampoco se atisban en el tablero sirio perspectivas para que en el corto o largo plazo las dos partes se vayan a sentar a negociar y puedan sellar acuerdos que puedan detener la trágica deriva que padece el país.

1. El primer escenario es la «fosilización» del conflicto, es decir, que la guerra civil siria se convierta en una guerra de larga duración al estilo de la del Vietnam (1955-1975) y que concluya bien con una victoria del régimen sirio -cada vez más afianzado en el frente interno- o con una salida negociada entre las partes. Parece lo más previsible, dado el actual juego de fuerzas en el tablero sirio. El tiempo juega a favor de Al-Assad porque ya la rebelión se ha visto relegada frente al aparente mal menor que representa el régimen. “Las potencias ya no exigen la salida de Al-Assad del poder, sino que acepte una salida política negociada”, seguía señalando el periodista Sanz.

2. El segundo escenario sería una rápida victoria del régimen sirio, cada vez más cohesionado, con importantes apoyos en la escena internacional y con una oposición dividida, desautorizada y con poco legitimidad interna. No debemos descartar la inminencia de este escenario a tenor de los importantes avances de las fuerzas del régimen en casi todos los frentes de batalla y de la cuantiosa ayuda militar y económica que recibe de Irán, Rusia y Líbano, principalmente.

3. El tercer escenario sería un improbable avance de las fuerzas de la oposición en casi todo el territorio y la consolidación de sus bases territoriales, que aunque dispersas en varias bolsas pueden llegar a suponer cerca del 30% del territorio de Siria. Una victoria total de la oposición no parece, al día de hoy, una opción realista y creíble. Ni tienen la capacidad militar, ni la unidad de mando, ni las fuerzas necesarias para derrotar al régimen sirio. Con consolidar lo que ya tienen ahora las fuerzas opositoras, sería una gran victoria.

4. Un levantamiento de la población civil no debe descartarse porque “la amenaza más inmediata para Al-Assad no son las facciones rebeldes ni la presencia de potencias externas en el país, sino la devastadora situación económica y humanitaria del país”, en palabras del analista Haizam Amirah Hernández, del Real Instituto Elcano de España. En su opinión, “no hay salida a la vista para la agonía en que está sumido el país, en ausencia de una solución política que requiere de negociaciones complejas y concesiones que nadie quiera hacer”. La fuerza bruta exhibida por Al-Assad al reprimir las protestas desde sus inicios no parece que vaya a favorecer este escenario poco creíble a tenor de la debilidad que muestra la sociedad civil siria en estos momentos.

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