En este mundo de youtubers y streamers hay (como en todo) un pequeño grupo cuyo contenido es tan interesante o más que el que nos brindan aquellos que deciden declarar sus impuestos al extranjero, pero hoy no hemos venido a esta tribuna a hablar de esos que deciden declarar fuera mientras utilizan servicios públicos de dentro y enarbolan no sé qué sentimiento patrio. Tampoco hemos venido a hablar de Iker Jiménez blanqueando el racismo a la hora de visibilizar el trato que reciben los youtubers, pero que sin embargo se quedó mudo cuando Jeremy Game Play, un gamer gitano de 13 años tuvo que cerrar su canal porque los verdaderos racistas se coordinaron para amenazarlo e insultarlo tan sólo por su pertenencia étnica. No es por falta de ganas, pero hoy hemos venido a hablar de otra cosa.

Llevo décadas siguiendo a Rodney Sebastian Clark Donalds, más conocido como El Chombo. En mi adolescencia lo recuerdo participando en programas de radio fórmula, pero con el tiempo le perdí la pista. Con la explosión del mundo youtuber he vuelto a encontrarlo hablando de lo que sabe, aunque mezclando su sapiencia musical con cortes cómicos que facilitan el aprendizaje. Este compositor panameño, DJ, locutor y productor mantiene su canal de Youtube con vídeos sobre el amplísimo abanico de la música, con especial incidencia en la latina, aunque sin perder de vista otros asuntos como las diferencias entre el plagio y el cover, así como de los niveles clasificatorios de las copias. Ese vídeo está cerca de los dos millones de reproducciones, por cierto. Para evitar ampliar mucho más iremos al grano: Estamos carentes de gente que utiliza sus plataformas para hablar de lo que saben y no de lo que opinan, pues compartir el conocimiento es sin duda alguna una de las mejores formas de educar que existen en la actualidad.

Chombo compartió hace unos días un vídeo que ya ha superado el millón de reproducciones y que ha titulado de la siguiente manera: “El fin del Reggaeton”. La imagen destacada que acompaña al vídeo lleva un lazo negro y un corazón partido en clara alusión al fin de este género tal y como lo conocemos. Sí, es verdad que hay vertientes críticas contra el mismo, ya sea por el nivel de misoginia en sus letras o por cuantas cuestiones sean, pero al fin y al cabo es de nuevo el ejemplo inequívoco de que las músicas “de la mata”, (como se refiere él mismo para hablar de la pureza de los compases que vienen del pueblo y no de una industria propagandística) vuelven a perderse. “Esa misma industria, después de mirarnos mal a todos los que hacíamos esa fórmula cruda de la mata (…) cuando se les acabó el combustible de su lado les compró el auto a ustedes y se pasaron para acá (…) Cuando los poperos dijeron ¡ey no nos podemos llamar reguetoneros! La industria dijo tranquilo, ahora nos vamos a llamar pop urbano”, nos asegura el productor que además no duda en hablar del concepto de la evolución musical que en nada tiene que ver con ese “parásito llamado pop, que se alimenta de lo que necesita de otro género establecido y lo convierte en otra cosa”. Una sentencia que no debe pasar inadvertida.

Nos han hablado mil y una veces de que la música debe evolucionar y que los géneros no pueden encorsetarse en las mismas fórmulas durante años porque deja de ser comercial. ¿Quién sabe? Quizás tengan razón o quizás no. Ahí está el Rock, la música anglo o el Flamenco, por citar tres. Ninguna de estas músicas se hace del mismo modo que cuando comenzaron, habiendo pasado por evoluciones que el mismo pueblo ha sabido identificar y apreciar. A la par, sus principales valedores de cada uno de estos géneros han ido haciendo evolucionar (y en algunos casos mejorar) esos sonidos, mientras que otros decidieron conservar su esencia, su pureza o su mata, como se dice en Latinoamérica. Ahora bien, cuando una industria mete sus tentáculos en otros géneros, que escoge y recoge lo que les interesa para hacer otra cosa no debemos ser torpes y admitir que hablamos de nuevo Reggaeton o nuevo Flamenco, por hacer la analogía con la música más representativa y universal de España. Caemos en la globalización y en la obstrucción a nuestros propios sentidos cuando decimos que la nueva generación de artistas contemporáneos más conocidos, (y que incluso alguna fue protagonista de la Super Bowl sin haber estado) ha traído ese concepto de la evolución. No, han creado otra cosa, pero Flamenco no. Ni Rap, ni Rock, ni Reggaeton tampoco, por cierto.

También nuestros referentes venían años advirtiéndonos, aunque sin Youtube. Manuel Morao ya dijo: “El arte, si se globaliza pierde personalidad” y fue por lo que posteriormente aseguraba que “el Flamenco está a punto de extinguirse”. Al menos, tal y como lo conocemos y pese a que sus principales representantes lo están llevando a un nivel excelso es cierto, pues tiene tantos frentes abiertos que comparte problemáticas con otros géneros. Es decir, es un problema universal donde la pureza, (la mata en Latinoamérica o el hinojo aquí) está en peligro en pos de una industria que sabe dónde, cuándo y cómo escoger y nutrirse trascendiendo además de lo que podemos llamar apropiación. La falta de inversión y apoyo político es evidente, la desunión entre los gremios y el posicionamiento de otros, que en busca del beneficio monetario prefieren dejar de regar la planta e irse plegando a la demanda de un mercado del que nosotros somos supuestamente sus dueños. “De algo hay que vivir” dicen, aunque sea vendiendo a la opinión pública que han hecho evolucionar a todo un género cuando escogen y desmenuzan las partes de un todo para seguir haciendo Pop. Hay que sobrevivir, por supuesto, y más en estos tiempos convulsos, pero no desordenando lo de dentro para ubicarlo fuera, como les pasa a los Youtubers (o a los “poperos urbanos”). Hay que sobrevivir, pero no sacando la mata para limpiarla, dejarla lo más brillante posible y decir que te están vendiendo un producto evolucionado. Camarón en la guantera, nunca mejor dicho.  

Les dejo aquí el vídeo del Chombo. Pueden hacer su analogía con cualquier otro género tallado desde la pureza de sus pueblos. El fin será el mismo.

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