domingo, 23enero, 2022
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Siete mil millones de seres diferentes

Elisa Gómez Pérez
Directora de Orquesta y Coro titulada por el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, compagina su labor como directora con la docencia musical. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid, centra su interés en el estudio de las relaciones del binomio psicología-música. Su experiencia vital gira en torno a la cultura, la educación, la gente, la mente, la actualidad, lo contemporáneo y todos aquellos parámetros que nos conforman como seres sociales
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Existen actualmente en nuestro planeta más de siete mil millones de habitantes. El dato posee la rotundidad suficiente como para hacer bastante sencilla la acción de imaginar la incalculable diversidad que poseemos las personas que poblamos el mundo. Factores económicos, culturales, históricos, genéticos, educativos, políticos, ideológicos, geográficos y otro amplio puñado de elementos sociales contribuyen a crear más de siete mil millones de seres diferentes, con sus peculiaridades e identidades, con la grandeza de reconocerse como seres únicos. Tanta diversidad repercute sin duda también en los diferentes motivos que unos y otros poseemos para acercarnos a la música, a la vez que ésta, como agente de construcción social, puede realizar interesantes aportaciones a esa diversidad. 

Multitud de consumidores de música se aproximarán a ella en busca de una satisfacción estética. Nunca me gustó demasiado la versión explicativa que reduce el arte a la producción de sentimientos, como si el corazón fuese por libre y la emoción estuviera desprovista de todo tipo de control venido del intelecto, pero lo cierto es que muchos espectadores escuchan música con la intención de que algo por dentro se les remueva, con el objetivo de encontrar en ese instante una expresión de embellecimiento del mundo o de su propia vida. Ligada muchas veces a este concepto se encuentra una función de la música más unida al entretenimiento, a una dimensión lúdica que la convierte en un producto de consumo más. Tanto los que disfrutan de su tiempo de ocio desde sus butacas de teatros, auditorios, desde el asiento del coche o desde el sofá de su casa, como los que lo hacen formando parte de coros, bandas de música o grupos instrumentales varios, hallarán seguramente en sus acciones la satisfacción de dedicar su tiempo libre a una actividad que les sirve de desconexión, de mecanismo de socialización y goce personal.

Otra de las funciones cruciales del arte en general y de la música en particular puede ser su relación con la construcción del pensamiento crítico y de la expresión, el compromiso con el hecho de brindar conocimientos y experiencias significativas que permitan a las personas conocerse, expresarse, reflexionar y tomar decisiones de manera racional asumiendo la responsabilidad de su propia vida y de cada una de sus acciones en la sociedad. Si el arte mantiene un diálogo con el mundo contemporáneo, representa de alguna forma a la par un compromiso con la sociedad, ofreciendo momentos de reflexión que permitirán ir transformando las opiniones o afirmaciones que en cada momento histórico pueden aceptarse como verdaderas y, en definitiva, modificando la visión y pensamientos de quienes participan en ella.

El arte es uno de los rasgos fundamentales y más antiguos de la humanidad, un método significativo de comunicación y de transmisión de ideología, motor de revolución y de cambio y ahora, más que nunca, una herramienta crucial de concienciación social, individual y colectiva.

Pero hoy, volviendo a las líneas que daban inicio a esta reflexión, quisiera centrarme en destacar la función social de la música. Partiendo de la premisa de que todas las personas tenemos, desde mi punto de vista, la obligación moral y humana de implicarnos en los problemas que nos rodean y de ayudar a aquellas causas que lo necesitan, pretendo recordar con mis palabras que, desde esta profesión, existen fórmulas estandarizadas y a nuestro alcance, además de todas aquellas que creativamente podamos imaginar, para contribuir a tal efecto. El arte es uno de los rasgos fundamentales y más antiguos de la humanidad, un método significativo de comunicación y de transmisión de ideología, motor de revolución y de cambio y ahora, más que nunca, una herramienta crucial de concienciación social, individual y colectiva. Hoy el arte es expresión de solidaridad, ejemplo de respeto de las diferentes identidades y culturas, forma eficaz de denunciar peligros, desigualdades e injusticias sociales.

El concierto benéfico supone un medio común asumido por músicos y por espectadores como técnica de colaboración con las diferentes entidades, fundaciones, asociaciones, que representan las variadas situaciones que requieren la atención y ayuda social, así como un proceso pedagógico de impagable valor para todos aquellos que participan activamente de él. Proyectos de esta índole implican la valiosa enseñanza de que existe la diversidad y fomentan la empatía con respecto a personas y colectivos que sufren la exclusión o la vulnerabilidad social, contribuyendo a una dinámica de normalización y promoviendo la consecución de ayudas económicas que facilitan el acceso a los recursos necesarios para mejorar la calidad de vida de quienes lo necesitan. Proyectos de esta índole enriquecen la sociedad y nos invitan a ampliar nuestra mirada, haciéndonos más tolerantes, plurales y solidarios.

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