El escritor Ricardo Menéndez Salmón. Foto: Eva Ervas.

Se estremece uno con su lectura, se sobrecoge también con el tema abordado desde la sinceridad y la sencillez, vibra uno sobre todo por la sensibilidad mostrada por un hijo que asume la capital importancia de la figura del padre enfermo y su influencia directa en su trayectoria como escritor, de cómo una situación familiar sumamente difícil germina finalmente en un escritor mayúsculo que trata a la palabra con mimo y rigor. No entres dócilmente en esa noche quieta, un verso de Dylan Thomas, sirve al escritor gijonés Ricardo Menéndez Salmón para titular un memoir admirable, lleno de recovecos y lugares literarios no explorados donde poder sentir el pulso de la narrativa epidérmica, esa que va directa a la sangre y hace acelerar las pulsaciones. El mejor síntoma de que estamos ante un libro distinto, de los que marcan a sangre.

 

Un verso de Dylan Thomas para titular su nueva propuesta narrativa. ¿Es No entres dócilmente en esa noche quieta un proyecto largamente postergado o le surgió de pronto la necesidad de mirar atrás y ver en la figura del padre el eje sobre el que giraría toda su indagación introspectiva?

El libro me ha acompañado durante décadas, pero por razones de honestidad, tanto vital como narrativa, sólo podía afrontarse tras la muerte de mi padre. Aunque la necesidad de escribirlo siempre ha estado ahí, latente, su ejecución dependía de una circunstancia ajena a esa necesidad.

“La enfermedad de mi padre me impulsó a la escritura”

 

¿Ha caído rendido a la denominada ‘novela de duelo’ o ‘novela del padre’ por mor de modas editoriales impuestas o ya la tenía prevista en agenda antes de este llamativo boom?

Primero, parto del presupuesto de que No entres dócilmente en esa noche quieta no es una novela, sino una memoir; segundo, dudo que exista una moda de la narrativa de duelo o de la narrativa del padre, porque esa narrativa ha existido siempre, nunca ha decaído; y tercero, yo no tengo agenda, sino necesidades, así que mal podría adecuar mis urgencias de escritura a una demanda externa a ese reclamo.

 

¿Es esta la obra en la que personalmente más se ha desnudado?

Sin duda. Es un libro espejo, un libro que a medida que escribía me iba desnudando. Aquí no hay impostura ficcional, ni refugio en resortes ajenos a la experiencia. El libro dice ‘yo’ constantemente. Es un libro con nombres y apellidos, con marcas corporales, con señas de identidad intransferibles.

“La literatura me regaló un refugio y también una forma de interrogación”

 

La enfermedad prematura de su padre cuando usted apenas era un niño de once años rompió de cuajo la alegría familiar. Pero a cambio le regaló otras muchas cosas, ¿no es así?

Una de las ideas en torno a las que el libro gravita es que la enfermedad de mi padre me impulsó a la escritura. A los once años yo no estaba dotado intelectual ni emocionalmente para entender aquel capital de dolor ni los cambios que traía a mi vida. La literatura me regaló un refugio y también una forma de interrogación. La literatura posee esas dos fortalezas: es un asilo y es un lugar de conocimiento.

 

¿También le obsequió con los temas literarios que usted suele visitar asiduamente en sus obras?

Sin duda. Digamos que mi gravedad como escritor, mi interés por algunos asuntos y no por otros, mi percepción de la literatura como un asunto de gran relevancia intelectual, nace de unas circunstancias personales.

“Son esas heroicidades del día a día las que construyen una estructura emocional duradera”

 

Cuando un escritor decide bucear literariamente en su pasado familiar, ¿sabe de inicio hasta dónde estará dispuesto a contar o todo se va precipitando conforme avanza su escritura?

Para mí era fundamental ser honesto. De hecho es el presupuesto de partida del libro. Sin esa honestidad no tendría sentido enfrentarme a este proyecto. Muchos textos en torno a la familia se mueven entre la sensiblería o la truculencia, y acaban por resultar edulcorados o extravagantes. Pero a mí me interesaba una dimensión forense, archivística. El elemento más complejo de manejar ha sido lograr una distancia con respecto a lo sucedido, un equilibrio entre lo íntimo y lo notarial, entre una visión innegociable, que sólo a mí compete, y una frialdad que me permitiera contemplarme a mí mismo y a mi familia con desapasionamiento.

 

¿Requiere la literatura de no ficción o eso que se dice en llamar autoficción menos esfuerzo creativo o todo lo contrario, precisamente por esa ausencia de asideros ficcionales?

Diría que lo que cambia es la estrategia. El novelista, que es lo que yo soy, toma lo significativo y después recrea o inventa unos hechos que transparenten ese núcleo. En este caso, el trabajo ha sido a la inversa. Primero estaban los hechos de la vida de mi padre, y de ahí yo debía destilar lo que de significativo había en ellos.

“Mi gravedad como escritor, mi interés por algunos asuntos y no por otros, nace de unas circunstancias personales”

 

¿Ha llegado a conocer ahora mejor a su padre tras su fallecimiento y el deseo de escribir sobre él?

Me ha ayudado a comprenderle, incluso a disculparle por ciertas acciones y omisiones. Y me ha permitido llenar silencios que hubo entre nosotros.

 

¿Todo se entiende mejor cuando uno se convierte también en padre y sabe hasta qué punto la efímera juventud da paso a los achaques de la madurez, que marcan definitivamente nuestro destino?

Es cierto que en este libro coinciden dos maduraciones: la de escritor por un lado, pues ahora poseo una impedimenta de la que carecía hace años, y la vital por otro, pues por edad me voy acercando a un primer momento de balance. Y en efecto, el hecho de mi paternidad me permite contemplar las cosas de otro modo. El libro funciona en las dos direcciones de la flecha del tiempo: hacia atrás, como una especie de exhumación, pero también hacia delante, como una suerte de carta a los hijos, al porvenir, a lo que un día podrá significar para ellos la figura del padre.

 

Mi hijo de siete años me pregunta ahora con frecuencia por mi edad, 48 años. ¿Empieza a ser consciente de que no seré infinito para su inocente existencia ni el héroe que todo lo puede?

Yo tengo una niña de doce años y dos varones de diez y cuatro años, respectivamente. Supongo que mis dos hijos mayores han comprendido hace tiempo que su padre no es ese héroe mencionado. En todo caso hay muchos modos de heroísmo cotidiano que no pasan por los grandes gestos o las hazañas sin parangón. Y supongo que son esas heroicidades del día a día las que construyen una estructura emocional duradera.

“Muchos textos en torno a la familia se mueven entre la sensiblería o la truculencia, y acaban por resultar edulcorados o extravagantes”

 

En su caso, la enfermedad de su padre ¿rompió muchas ilusiones y proyectos de futuro?

Me privó de cierta alegría que para todo niño debería ser inviolable. Lo dramático de la enfermedad de mi padre es que me robó su júbilo, su juventud, y que lo instaló para siempre en un cuerpo desdichado. Por fortuna, yo creo haber sabido recomponer las ilusiones y proyectos que esa realidad podría haber truncado. Y la literatura ha jugado un papel fundamental en ello.

 

¿Por qué siempre quedan conversaciones pendientes con nuestros padres fallecidos?

Por pudor, por negligencia, por vergüenza. Es un problema cultural, que tiene que ver con la educación recibida. Supongo que, en el caso de España, pesa una larga tradición ligada a una moral de raíz religiosa, donde el padre es una figura totémica, casi sacra.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre