Si viviera mi madre, en estos tiempos de horror y de incertidumbre tendría el mejor consuelo para mí, porque las madres son aquellas personas que inventan los consuelos para que sus hijos no lloren, ni tengan miedo. Las madres tienen algo más que ese instinto de conservación, que dicen tenemos todos los seres humanos y todos los animales, las madres tienen la palabra adecuada que siempre dicen al oído de sus hijos para que nadie más que nosotros sepamos escucharla, así cada hijo siente un sonido que parece mágico y sólo es para nosotros.

Si viviera mi madre, yo sería un niño, pero yo no quiero ser un niño. No quiero ser niño, porque no quiero volver a llorar, no quiero volver al desconcierto de negarme a mí mismo y saber que me quedaba sin refugio. Mi madre era menuda y golpeada por una enfermedad de años y, aunque lo hubiera intentado, sus brazos ya no podían rodearme, sólo su mirada y su sonrisa me servirían de consuelo. Cuando vivíamos los dos, pocas cosas podía pedirle, por la escasez del momento, pero ella sabía lo que podía darme y con acercarme a su sillón sobraban las palabras entre nosotros. No quiero ser niño, porque el niño que fuimos no corresponde a la persona que somos, no nos reconocemos en el niño que fuimos por muchas imágenes para demostrarlo, el pasado ya es otro y nosotros hemos llegado hasta aquí con una mirada distinta, la mirada del tiempo, de nuestro tiempo, de ese tiempo que llevamos en nuestro ser. Si viviera mi madre me reconocería, pero yo, ya soy otro. Ya Carlos Saura me lo dijo en aquella extraordinaria película “La prima Angélica”, donde el personaje de López Vázquez recuerda los hechos de su niñez, pero con el físico de su tiempo real. Así somos los seres humanos, sujetos a un tiempo y a una vida.

Si viviera mi madre trataría de cobijarme en su regazo, porque seguiríamos rodeamos de peligros como estamos ahora. Eran otros peligros, ya lo sé, pero la miseria y la ruindad vigilaban las casas y había que estar alerta. En aquel tiempo el virus ponzoñoso del fascismo fue cegando las mentes y las vidas, entonces, como ahora, las familias de alto riesgo tenían que guarecerse de la mancha letal que se cernía sobre ellas. Negra mancha asesina recorriendo las calles, cubriendo las paredes, manos cómplices que tocaban a la puerta a deshoras de la noche, manos terribles anunciando un miedo no respondido con aplausos, sino cercenado con la muerte hasta que la luz del alba iluminaba las bocas entreabiertas taponadas con la tierra reseca del verano. Yo no lo supe entonces, lo sé ahora y entiendo el miedo de la gente “sencilla”, hoy entiendo su miedo y también su silencio, porque los de abajo entendemos nuestro propio silencio hasta gritar más fuerte. En nuestro tiempo, como entonces, no hace falta surcar los ríos hasta llegar a África para encontrar el horror, como nos dice Joseph Conrad en “El corazón de las tinieblas”. No, no podemos quedarnos huérfanos frente al horror, busquemos nuestra salida y cuando esto termine hay que “traerla a las mentes y al corazón” de todos nosotros.

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