Este escritor argentino nacido en Chile y afincado en Barcelona necesita su tiempo para que la fruta madura de la creación caiga por su propio peso. De ahí que no le gusten las exigencias del mercado y sea él el único que se marque los ritmos. Ser rojo (Literatura Random House) narra, a través de la memoria familiar, el maniqueísmo ideológico que impide atisbar con distanciamiento y equidad las verdaderas reivindicaciones y necesidades de la humanidad más allá de banderas e himnos. La historia personal de sus padres le sirve para reflexionar sobre la verdadera dimensión de lo que hoy significa “ser rojo”, más de medio siglo después de que ellos cruzaran el Atlántico para conocerse precisamente en un barco que los llevaba a un encuentro de juventudes comunistas en Viena en 1959. Javier Argüello nació en el Chile de Allende. El resto es historia, la que Argüello cuenta en este libro delicioso.

Desde que se iniciara en el mundo de la literatura en 2002 con sus Siete cuentos imposibles, no se ha prodigado con excesiva periodicidad hasta este Ser rojo. ¿Por qué? ¿necesita su tiempo? ¿la literatura no lo es todo para usted?

Necesito mi tiempo. Creo que los procesos creativos lo necesitan. Un libro es para mí el producto de una profunda reflexión, una conversación conmigo mismo que dura lo que tiene que durar hasta que en algún momento encuentra su forma. En un mundo adicto a la inmediatez yo prefiero respetar el ritmo de los procesos. Por eso nunca me he propuesto escribir un libro por año. La que manda es la historia. Hay que cosecharla cuando está madura. Y cada una tiene su tiempo.

“Quizá nuestro mayor desafío consista en ser capaces de volver a encantarnos, volver a encontrar una aspiración más elevada que el tener éxito o ganar dinero”

¿Tiene más sentido hoy que nunca ser rojo? ¿O todo lo contrario?

En mi libro ensayo una posible definición de lo que significaría ser rojo hoy en día, que no tiene que ver con partidos ni con ideologías, sino con entender que no nos podemos salvar solos. Si ser rojo es eso, entonces no sólo tiene más sentido que nunca, sino que empieza a resultar imprescindible.

Aunque su libro lanza dardos contra el maniqueísmo ideológico que ha imperado durante buena parte del siglo veinte, ¿no cree que la deriva ideológica actual va a todo trapo hacia ese mismo maniqueísmo que usted deja en evidencia?

Sin duda. Estamos en el final de algo. El mundo se está volviendo un lugar muy complicado y cuando eso ocurre la gente se asusta y empieza a buscar enemigos, empieza a buscar al culpable -que por supuesto siempre es el otro- y la cuestión se polariza. Habrá que ver si en algún momento somos capaces de abandonar ese juego y empezar a ver qué tenemos que ver cada uno con todo lo que está pasando. En la vida de una persona eso se llama madurar.

Su libro contextualiza a la perfección qué significaba ser y vivir ser rojo en la época de sus padres, a los que rinde un emotivo homenaje con su nuevo libro. ¿No tiene cierta sensación de que aún hoy no hemos agradecido lo suficiente a nuestros padres y abuelos la lucha que ofrecieron desinteresadamente por unos ideales basados en la justicia, la solidaridad y la lucha por otro mundo mejor?

Creo que son distintos momentos de una misma lucha, y cada uno tiene sus complejidades. Nuestros padres vivieron una época en la que todavía existían unas reglas de juego. Todavía había causas más elevadas que los intereses de cada uno. En algún sentido eso se los puso más fácil. En alguna ocasión mi padre me dijo que este mundo que nos tocó a nosotros hace que sea muy difícil saber en qué dirección avanzar. Es muy difícil convivir con el desencanto, con la sensación de que no cabe esperar nada bueno del futuro. Quizá nuestro mayor desafío consista en ser capaces de volver a encantarnos, volver a encontrar una aspiración más elevada que el tener éxito o ganar dinero. Sólo una aspiración elevada otorga sentido a una vida, y es muy difícil vivir una vida sin sentido.

Probablemente el debate rojo-azul ha mutado en este siglo veintiuno en el debate norte-sur, aunque al fin y al cabo son los vectores de una misma lucha. ¿No está de acuerdo?

Como le decía hace un momento, creo que mientras sigamos entendiendo que se trata de la lucha entre dos bandos, sean los que sean, vamos a seguir perpetuando el mismo eterno problema.

Partiendo de la base de que las ideas no son las que empuñan los fusiles y matan, sino los locos que hacen de ellas su bandera, ¿por qué se está llegando a aceptar en estos tiempos de incertidumbres que corren una evidente equidistancia entre ideas antagónicas como un summum totalizador?

Porque la idea de la dualidad, de malos y buenos, de conmigo en contra de mí, nos obliga a seguir jugando el mismo juego con nombres diferentes. Es de esperar que en algún momento entendamos que, si queremos que algo cambie, lo que hay que cambiar es la forma de jugar el juego.

Después de esta inmersión en la aventura ideológica de sus padres, ¿le queda algún reproche que realizarles en este sentido o sólo muestras de agradecimiento?

Sólo agradecimiento.

Su libro tiene mucho de memorias, ensayo y literatura de no ficción. ¿Siempre supo el tono narrativo que le daría a Ser rojo?

El punto de partida de este libro fue una serie de entrevistas que les hice a mis padres y la verdad es que cuando las terminé no tenía la menor idea de la forma que tomaría. Fue el propio recorrido el que me aportó las pistas para dar con el tono, que como usted bien dice, es una mezcla de memorias noveladas, ensayo, conversaciones y reflexiones. Creo que el tono debe ser dado por la forma del recorrido. Escribir es descubrir.

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre