El escritor madrileño Juan Vilá presenta su última novela ‘1980’. Foto: Jacobo Medrano.

Si hay un comienzo entre los comienzos novelescos, ese es, con permiso de don Miguel de Cervantes, el de Anna Karénina, pese a que lo odie el entrevistado. “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Aplicado a este 1980 del madrileño Juan Vilá el encaje parece superfluo, incluso impostado y poco veraz. Porque la familia que nos presenta el autor de obras rabiosas como El sí de los perros o m se aleja de convencionalismos al uso como de la peste. Por eso delinea con trazos tan sinuosos como viscerales a una familia tarada hasta el tuétano, o sea, lo mejor que se puede seleccionar de cualquier familia ‘feliz’. Pasen y disfruten, posiblemente también se sientan identificados en la misma taradez.

“Concibo la literatura, entre otras cosas, como un ajuste de cuentas. Lo que no quiere decir necesariamente montar una carnicería. Aunque a veces sí”

¿Toda familia tiene un cadáver sin enterrar o, más bien, una novela en ciernes para aquel que la sepa escribir?

Creo que sí, las dos cosas, y si de algo desconfío en esta vida es de las familias perfectas. Cada vez que veo una, me echo a temblar. Mi imaginación se dispara y se pone a pensar en los horribles crímenes que ocultarán si han perfeccionado tanto el arte del disimulo. Por fortuna, la familia de 1980 está bastante tarada. Quiero decir que es normal, y hasta modélica, como explico en varios momentos de la novela. Después de tanto pensar y escribir, he acabado por sentirme muy orgulloso de ellos.

¿Hay algo, o mucho, de ajuste de cuentas en ‘1980’?

Durante una época, entrevisté a muchos escritores y cuando les preguntaba si su obra tenía algo de ajuste de cuenta, tendían a negarlo o a ponerse a la defensiva. Nunca terminé de entenderlo. Concibo la literatura, entre otras cosas, como un ajuste de cuentas. Lo que no quiere decir necesariamente montar una carnicería. Aunque a veces sí. ¿Qué nos lleva a hacer algo tan extraño y en ocasiones penoso como escribir? Deben existir motivos muy poderosos. Tratar de reparar o vengar el pasado y lo que sucedió puede ser uno de ello. O menos ambicioso: tratar de entenderlo. Incluso decir lo que debiste decir en su momento pero no fuiste capaz, lo que consideras aún que debe ser dicho. 1980 tiene mucho de eso.

¿Es la infancia el paraíso o el infierno de cualquier adulto? ¿por qué?

Paraíso o infierno dependerá de cada caso, de lo que se vivió o de lo que se inventó después en torno a ello. Lo que sí creo, y es uno de los puntos de partida de la novela, es que las claves para saber quienes somos están en la infancia, toda nuestra vida puede reconstruirse a partir de ahí, y es una idea que no me gusta, me produce un gran rechazo. Me parece neurótica, llorica, victimista… Pero mucho me temo que es cierta. Nuestra identidad se forja muy pronto y de espaldas a nosotros. Quiero decir que no intervenimos para nada en ese proceso y tenemos que cargar con las consecuencias. Queda, al menos, la posibilidad de ajustar cuentas, otra vez, o de tratar de entenderlo, queda la literatura, como intentaba explicar antes, y quedan algunas otras alternativas.

“El niño furioso y cobarde se acabó convirtiendo en un escritor furioso, qué se le va a hacer”

El narrador de ‘1980’ es un niño cobarde y furioso casi a partes iguales. ¿Qué motivos tiene para ello?

Una vulnerabilidad absoluta… El vacío, la tristeza, el miedo… Un primer padre muerto, una madre ausente, una abuela ogresa, una mala integración en el colegio, una extrañeza total frente al mundo, la ausencia de algo, cualquier cosa, a lo que agarrarse o que le sirva apoyo, un referente sólido… Hasta que en 1980 se produce el milagro y aparece un segundo padre.

Más que el narrador de la historia, ese burgués alto y fuerte con aire aristocrático es quien hace de ‘puente aéreo’ entre los restantes personajes del clan familiar. ¿Qué simboliza este protagonista?

No sé muy bien qué simboliza o quizá sí, pero prefiero dejar al lector que haga sus propias interpretaciones. Sé lo que es, o lo que fue: un buen padre. Y algo aún más difícil: alguien capaz de crear un familia donde no la había, y de salvar a ese niño furioso y asustado. Antes, eso sí, el burguesito catalán tuvo que volar en pedazos su vida anterior y abandonar a su propia familia. La vida es muy extraña, y está llena de paradojas, contradicciones e injusticias.

¿Qué peso tiene en cualquier historia novelesca familiar la memoria personal del autor y los condicionantes históricos y sociales de la época?

En el caso de 1980, la memoria personal, mi propia memoria, lo es todo, y ese flujo de recuerdos está marcado de forma inevitable por los condicionantes históricos y sociales. Lo que yo quería hacer era un retrato de familia, pero creo que al final se me ha ido un poco la mano, para bien, y la novela tiene algo, o mucho, de retrato de esa época. Espero que sin la menor nostalgia. Nunca he entendido la idealización de los 80.

“Las claves para saber quienes somos están en la infancia, toda nuestra vida puede reconstruirse a partir de ahí”

El estilo narrativo canalla, ¿se adquiere con la práctica o la mala leche es innata, viene de fábrica?

El niño furioso y cobarde se acabó convirtiendo en un escritor furioso, qué se le va a hacer. Y seguramente cobarde, aunque muchas personas han elogiado la valentía de la novela. Creo también que 1980 es mi libro con menos mala leche y más amor. Será porque habla de la familia o será porque voy haciéndome mayor y perdiendo fuerzas. No es un lamento, todo lo contrario. Ha costado mucho llegar hasta aquí, así que bendita madurez.

En su novela no hay nombres propios, pero sí una madre, una abuela, unos hermanos, un primer padre, un segundo padre… ¿Todos podemos y debemos sentirnos identificados en mayor o menor grado con alguno de ellos?

Aquí sí entra en juego mi cobardía. Escribí la novela sin saber si la iba a publicar. O engañándome a mí mismo y diciéndome que sólo estaba jugando y que ya veríamos luego. En cualquier caso, la idea de que estaba haciendo algo peligroso y que podía acabar estallándome en las manos estuvo presente desde el principio. Una forma de manejar esa ansiedad, o de causar el menor daño posible a los demás, fue omitir los nombres. Lo que pasa es que luego me di cuenta de que literariamente funcionaba muy bien. Puede que encierre también otro ajuste de cuentas, y ya van tres, contra esa odiosa frase de Tolstoi. Por supuesto no tengo nada contra él, faltaría más, pero sí contra el tópico de que todas las familias felices se parecen y las desgraciadas lo son cada una a su manera. Pues no. O tal vez no. Si las familias felices ya hemos dicho que no existen, quizá las desgraciadas, o las taradas, se parezcan mucho más de lo que pensamos. Y si alguien se identifica con mi peculiar familia, y eso le ayuda, bienvenido al clan.

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