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Hola, Shangay,

Te tuvimos en Alcorcón durante las Fiestas Alternativas de 2013; allí te asalté para hacernos unas fotos contigo después del pregón incendiario que nos regalaste al aire libre y que hizo revolverse al alcalde popular David Pérez, protegido de Esperanza Aguirre, en su pequeño trono de porras y sanciones. Hasta entonces, mi participación en las Fiestas Patronales había sido siempre pasiva: darme una vuelta, tomar algo… Y, desde luego, evitar el pregón en la plaza del Ayuntamiento; todos iguales, todos vacíos.

Aquella noche fue muy diferente. Sabía de ti desde mediados de los noventa, cuando aún iba al instituto y tú tenías —te has ido muy joven— unos pocos años menos que los que tengo yo en este momento. Por entonces ya había leído en prensa sobre tus Shangay Tea Dance y sabía que eras una drag queen aunque todavía no comprendía en qué consistía, cuál era la función de representar un personaje, ¿era teatro, animación, diversión personal? Unos cuantos años más tarde empecé a ver tus apariciones en televisión, cuando gritaste a Rajoy “¡basta ya de homofobia en el PP!” en unos días en que ese partido político empezaba a amenazar la continuidad del matrimonio homosexual. También vi la escenita que aquellos curas fabricaron metiendo a unas feligresas justo en medio de una marcha laica a su llegada a Sol para arrodillarlas humilladas sobre el pavimento y convertirlas en santas por el mero hecho de rezar con la cabeza gacha y a ti en demonio por afearles la grosera provocación (la razón usa la palabra; el fundamentalismo, la estampa). Ya en los últimos años descubrí tus artículos en Público, las reflexiones y denuncias que desde tus extensas columnas difundías. Y sin embargo, a pesar de todo esto, no terminaba de saber quién eras exactamente. Aquella noche tan diferente lo descubrí. Eras, para empezar, una persona que no se callaba. Y que no sólo no se callaba sino que, gracias a una popularidad que explotaba, conseguía que aquello que no se callaba fuera escuchado. Eras un activista.

Vivimos (aún) en unos tiempos en que algunas cosas las decimos bajito, en que “no hay que politizar” las fiestas, en que “no hay que politizar” el arte, en que “no hay que politizar” la calle ni el bar mientras la tele inunda la barra con su realidad politizada y con sus politizadas omisiones. Y hablamos tan bajito y tan poco para no molestar al vecino, para no aburrir al contacto de la red social, para no ser marcados como molestos, que al final casi ya no hablamos. Sí que decimos “¡qué corruptos!” o “¡qué vergüenza!” pero eso es como no decir nada. Y no dice nada porque no explica nada, es solo un tímido gruñido que únicamente emitimos si nos oye poca gente o que dosificamos para no interrumpir la leve felicidad alimenticia de quienes, derrotados, sin herramientas, creen haber decidido por sí mismos que intentar comprender la realidad es agotador y, así, no tenerse que enfrentar a lo que los inmoviliza: una cobardía que han descubierto que se puede disfrazar de descreimiento para sentirse por encima en vez de aplastados muy abajo. Decimos “¡corruptos!” y decimos “¡vergüenza!” porque es vago y no queremos perder amigos o tener problemas en la parada del autobús. Tú, además, decías “fascismo” y “capitalismo”. Y eso ya sí es decir algo.

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No quedaste libre, claro, de las consecuencias de ser molesto. ¿Cómo es posible si no que el adiós de la primera drag queen española y uno de los primeros activistas LGBT, alguien que dedicó su vida a esta lucha en un país que hoy es referencia mundial, haya pasado como un suspiro en algunos ámbitos de ese mismo país? ¿En serio aún no te han dado una plaza, Shangay? No creo que te importe mucho: tú no pedías plazas, las tomabas. Una de ellas en Alcorcón.

A partir de entonces mantuvimos el contacto y, ya en las fiestas de 2015, fuiste tú mismo quien me propuso volvernos a visitar, esta vez en la caseta de Ganar Alcorcón, CUP formada entre otros por el PCE, organización en la que milito y con la que simpatizabas. Esta formación había conseguido entrar en el Ayuntamiento y ya no había (tanto) riesgo de que el Alcalde, este que se ha ido definiendo a lo largo de legislatura y media como un personaje intratable, fuera a sabotear el acto o a repartir multas (sólo las del Ateneo Popular de Alcorcón ascienden ya a más de 12.000 euros). También nos escribimos largos mensajes por correo. A raíz de uno de los que te envié me dijiste que te gustaba mi estilo y me propusiste incorporar un extracto a uno de tus artículos. Aquello me hizo mucha ilusión pero lo había escrito sólo para ti y publicado podía traerme, digamos, complicaciones. Tú lo comprendiste pero yo me sentí muy raro perdiendo esa bonita oportunidad. No lo lamento; que te gustara todavía hoy me hace sentir bien. Casi tanto como que en tu sección no olvidaras nunca mi ciudad, tan abandonada a los desmanes de su actual alcalde y sobre la que escribiste en varias ocasiones. Porque a ti no te hizo falta esperar a que este regidor se hiciese conocido fuera de Alcorcón, fuera incluso de Madrid por sus impresentables opiniones acerca de las feministas o por impedir que se colgara la bandera multicolor como en tantos otros municipios ya se hacía. Este político tan representativo del Partido Popular ya antes había hecho muchas otras cosas que tú no dudaste en denunciar aunque aún sonaran a pequeño esperpento local, categoría que hacía mucho había trascendido.

Y, de esta manera, volviste a Alcorcón hace ya dos septiembres coincidiendo con una de las presentaciones de tu libro de poemas Plasma Virago. Acompañado por tu inseparable Paloma y Elena Ortega, la madre de Alfon —uno de los presos políticos que efectivamente tenemos en este país—, recordaste el drama del joven. ¡Pero también venías a hablar de tu libro! Así que la presentación se convirtió en la atracción principal de la tarde. Se me escapa una sonrisa recordando que, puesto que Lou y yo estábamos siempre muy ocupados con la plancha vegana que habíamos impulsado y se nos hacía muy complicado ver los actos completos, salí sólo un momento para saludarte y, al tiempo que me acercaba por tu espalda, gritaste sin haberme visto aún: «¡¿Dónde está mi amado Isra?!». ”Amado”, dijiste. Usabas mucho esa palabra tan bella pero yo ya sabía que nunca a la ligera. Por eso, como había pensado que una vez allí, entre tanta gente, no ibas a estar dedicándote a nadie en particular, no querer zanjar tu visita sin saludarme me hizo sentir de los tuyos. Y me firmaste tu libro de poemas como panes.

Te pedí que luego pasaras a la trastienda de la caseta para saludar a mi compañera, que se había cortado con una lata de berenjenas y se había quedado sentada dentro esperando a que se le pasara el mareo. «¡Que salga, que salga, y que se desangre aquí toda!». No tenías filtro. Poco después entraste y, cuando comprendiste que era mi pareja, me pegaste un manotazo y me soltaste: «¡¿Pero eres hetero, asqueroso?!». Y a mí me entró la risa. Combinabas ternura y escándalo hasta convertirlas en la misma cosa.

En septiembre de 2016 regresaste al mismo lugar que habías llenado antes con tu presencia, con tus palabras por momentos explosivas, por momentos serias y meditadas. Pero esta vez con tu recuerdo, en el homenaje que organizamos Paloma y yo para ti. Allí, Elena volvió a dedicarte unas palabras de su parte y de la de su hijo, a quien nunca abandonaste, y leímos algunos de tus poemas. Luego, hace apenas unos meses, nos volvimos a encontrar cuando fuimos a tu homenaje en el Teatro del Barrio y por fin conseguí tu último libro Adiós, Chueca, un documento imprescindible para comprender cómo en Madrid, el gaypitalismo, neologismo que acuñaste, trabaja desde hace décadas (lo documentas tan bien que es imposible parar de leerlo) para convertir la lucha que tiene parasitada en un simple nicho de negocio. Tapando con sus anuncios los gritos escritos en la pared, vaciando las celebraciones durante tanto tiempo esperadas y dejando un algo abstracto que, si bien aún es poderoso, está horriblemente incompleto. Barriendo la memoria. Asegurando a quienes sufren la homofobia que “¡el consumo os hará libres!” y convirtiendo esta consigna en producto a su vez para poder vender la mentira dos veces: la primera dentro de un envoltorio lleno de aire; la segunda, para hacer creer que pesa mucho.

Todo esto aprendí de ti, Shangay. Que muchas cosas suceden aunque no se vean, que no te cansaste de denunciarlas, que preferiste no diluir tus energías en una vida fácil y ociosa desaprovechando tu altavoz y que ganaste así la integridad del que no miente, del que no da la espalda a la víctima, del que no disculpa la agresión. Lo aprendí en persona y leyéndote. Y, aunque esta vez no me pudiste firmar el último libro de tu puño y letra, no importa: lo he leído de tu letra y puño.

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