“¿No es un tablero de ajedrez, pregunta, obvia y absolutamente compuesto? Probablemente usted piensa en la composición de treinta y dos cuadros blancos y treinta y dos cuadros negros, pero ¿no se podría decir, por ejemplo, que está compuesto, de dos colores, blanco, negro y del esquema de los cuadros? Y si hay diferentes formas de mirarlo, ¿piensa aún que el tablero es absolutamente compuesto? El preguntar ¿es compuesto este objeto? Fuera de un determinado juego de lenguaje es como lo que hizo una vez un niño, que tenía que decir si los verbos de ciertas sentencias estaban en activa o pasiva y se estrujó el cerebro preguntándose si el verbo dormir significaba algo activo o pasivo”. (Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, I 47).

Nada más complejo que comprender, y con ello, asimilar y porque no soportar, aspectos o cuestiones sumamente sencillas y casi obvias: “Somos libres de decidir en cualquier momento lo que permite o prohíbe la regla”, afirmaba en otro pasaje de la obra, el autor citado que con sus razonamientos acendrados en lo más común y criterioso, al trazar nuestros límites y describir nuestras operatividades, complejizo en grado sumo la filosofía como la lingüística. Pero no estamos aquí para ello, se lo dejamos a los especialistas, los que, seguramente, más la lían parda en el entendimiento a medida que más tiempo y esfuerzo le dedican a clarificarlo. Intentaremos no contagiarnos, más allá de que no sea sencillo, porque, para finalizar con las citas de Ludwig (tiene textos, además del referenciado, cuyos nombres rezan, cuaderno y le asigna colores, de allí el nombre del título) “La filosofía es una batalla contra el embrujo de nuestra inteligencia por medio del lenguaje”. 

Lo que queremos transmitir, amparados en el citado, es que todos y cada uno de los mensajes que usted puede leer en relación a que harán con la polémica desatada que marida, que mixtura, que sintetiza, al género, al sexo, a las identidades y por ende a las conjeturas teóricas (como la queer) no tiene más que una finalidad, unívoca, precisa, concisa, determinante: el poder de los muchos que le asignaron a esos pocos. Y esos pocos a su vez, ya empoderados por su voto o sufragio, cómo por las aprobaciones del poder académico o mediático de los autorizados para hablar, más luego, continuarán sus disputas políticas, ideológicas o conceptuales, es decir por la mantención o acrecentamiento de ese poder que usted le legó o cedió, por intermedio de un espacio público, que en verdad sólo le es mostrado, mediante una interfaz, conocida como medios de comunicación, en donde nuevamente, y en vez de ser una cada cierto tiempo (como cuando es obligado a votar), usted es representado, por los que dicen tener encuestas, muestreos, hablar en nombre de la gente, el pueblo, las multitudes, las alteridades, los otros, los aceptados, aprobados, incluso como los que contrapoder mediante o contracultura, legitiman al poder y la cultura establecida, acerca de los deseos de la consideración pública y esos significantes falsos. La mayoría de los medios y sus hombres, no publican lo que no entienden, lo que no factura o tarifa, o lo que es lo mismo, lo que no proviene desde las usinas del poder. Tenemos políticos que repiten, que no construyen desde los conceptos, sino que articulan desde la lógica del amigo-enemigo, del que obedece y desobedece, hombres de medios que tampoco piensan lo que transmiten y amplifican las repeticiones huecas, haciendo aún más hueca y agravando el sin-sentido, pensadores presos en sus pupitres y una sociedad presa del barquero Caronte, que transformó la laguna Estigia o el río Aqueronte en toda nuestra extensividad occidental, y donde la moneda de cambio que nos solicita para cruzar, es no pensar. O pensar bajo los términos de ese poder que establece las categorías, sean estas, nuevas, viejas, más o menos incluyentes de acuerdo a la epocalidad de turno. Guillermo de Ockham (un filósofo medieval), como tantos otros, pero a diferencia de muchos, nació a finales del siglo XIII, en tal momento, no existía mucho margen, como para pensar otra cosa que no fuera que de la inmensa potestad de Dios, provenían las razones más trascendentales como las acciones más nimias de quienes tuvieran la posibilidad de nombrarlo.   

La Navaja de Guillermo de Ockham (tal como es sintetizado y metaforizado su pensamiento), tuvo el filo necesario, para en pleno medioevo cortar la unicidad entre razón y fe (huelga aclarar que esto le costó al mencionado ser declarado hereje) mediante un razonamiento que plantea la inexistencia de los universales (es decir no existían “los hombres”, sino Juan, Pedro, y demás, y las causas vinculantes sólo se podían comprobar mediante la experiencia y no la fe o la razón forzada o barnizada por la fe) pero ha perdido su filo, al quedar preso en ámbitos académicos, en tristes pupitres universitarios destinados a producir en serie, profesores que transmitan apuntes fotocopiados a futuros profesores que eternamente reproduzcan lo mismo. O en el mejor de los casos, a autoridades que vomita, que expulsa la academia, para que mediante la adquisición del boleto mercantilizado, ingresen estos, en el libre mercado, de la oferta y demanda de la consideración y de la compulsa política. 

Nada muy diferente, del secuestro perpetrado en la arena política, hombres y mujeres, que se dicen pertenecer a sendos partidos que defienden determinadas ideologías, son hablados, y no hablan, por los medios de comunicación, tanto porque en su afán de tener poder no se preparan para pensar y construir, sino para reproducir no fotocopias, sino slogan de campañas o gritos del Amo de turno, o porque los medios y muchos de sus hombres, en la prisión del no pensamiento, de la inmediatez del cierre o del subir una nota, en vez de buscar la política en otros lugares, o investigar lo que realmente ocurre (pensar lo que se va a comunicar y no comunicar por inercia o solamente por intereses corporativos), reinciden en la cárcel del político funcionario o representante, que no tiene nada para decir, y mucho por repetir, replicando el vacío, reiterando hasta el hartazgo conceptos vacíos, que necesariamente caen en descalificaciones personales, que a tal altura son producto tanto del político agresivo y hueco sin concepto, como del periodista haragán o interesado que sólo pregunta y reproduce por un interés corporativo o de la patronal. Y la política queda rezagada a un ámbito ceremonioso y formal. La monarquización de la política podríamos inferir como resultante. Como significante amo, incorpora, deglutiendo, aquello mismo que lo socava u horada. 

Esta es la función del filósofo o del intelectual (¿puede creer todavía que este tipo de denominaciones, para señalar a los que se dedican a invitar a pensar, aún generan escozor, habladurías y hasta escarnios en quienes no se dedican a esto, o consideran, por ellos mismos que no cuentan con capacidades como para hacerlo, exigiendoles a estos que muestren esas preseas académicas o aceptaciones de pares siempre bien acomodados en las compulsas del poder?) decirles a los que tengan la oportunidad o el deseo de escuchar o leer, por intermedio de los medios con los que cuente, de que se trata la cosa, por donde pasa el elefante, o que es lo que se está cocinando,  y por sobre todo bajo qué reglas y características, el resto, es decir, que hacer con ello, que decisión tomar y porque, eso siempre, es, fue y será, patrimonio de todos y cada uno de los que pueden ejercer su libertad de decidir.  

Gobernar, educar, como hacer desear es un imposible decía J. Lacan. Definitivamente se trata de esto, en lo que respecta a cada uno de los ciudadanos que se pueden ver representados en esta discusión, ideológica, académica, política y de los estrados, pero que no está, ni estará en los aforos, en las plazas, en los hogares, ni en las sábanas. 

La definición unívoca de sujetos, de la que no podemos escapar, el síntoma de nuestra falta, hace emerger al deseo como espectro. 

Deambula, cuál fantasma, en nuestra posibilidad, en nuestra potencia reproductiva, que proponemos desde nuestra subjetividad en lo concerniente a la continuidad de lo humano. 

Subyace el deseo, como continuidad o como permanencia. El resto, es individual, en su sentido, egoísta, de lo yoico como significante amo. Dado que lo personal es político, no existe dimensión posible de lo colectivo, de lo humano, como misterio, como azar, como necesidad, como responsabilidad o como finalidad. 

El día que una facción, o conglomerado de sujetos, planten que la reproducción no debe concebir como posibilidad el entrecruzamiento entre dos, o que esta opción figure como secundaria, en favor de las alquimias eugenésicas que puede ofrecer la inteligencia artificial, mediante el espíritu de la razón instrumental, tendremos una discusión, una polémica, que realmente valga la pena. 

Muy lejos de los privilegiados círculos en donde nace y se expande el concepto inglés de lo Queer, penetrando, contraculturalmente, con la función fálica del predominio eurocéntrico, en el Perú, un gobernante, votado por su pueblo, diseñó un plan de “salud pública” que ligaba compulsivamente trompas de falopio a mujeres pobres, considerando que estaba interpretando el fidedigno deseo de estas marginales de no continuar concibiendo. 

Decidir por otros, siempre es una criminalidad. Sea bajo la razón argumental, certificada por las normas del imperialismo académico, planteadas en inglés o en cualquier otro idioma, y aún más, proferidas desde la excusa de la libertad y del sentimiento de exclusión que dicen tener los que no preguntan, ni cuestionan el deseo que siempre es del otro, y de esto jamás podrán haber categorías universales, ni absolutas que no sean imposiciones, feroces e inaceptables, satinadas por la pátina de buenas intenciones, siempre dudosas e incomprobables.  Arcano abierto, en donde primara el poder bestial de la imposición, más allá de sus nombres o métodos, por sobre la pregunta del deseo como razón de la otredad del sujeto, que permite el diálogo y el entendimiento.

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