N. de R.- El siguiente texto narra la odisea que vivió una familia que emigró de Italia a la Argentina y que fue víctima del terrorismo de Estado. Ahora que en España se vuelve a hablar de fusilamientos y pronunciamientos militares, es bueno recordar lo que pasó hace escasas décadas en países hermanos culturalmente, donde se materializaron estos pronunciamientos por parte de sectores partidarios de “la ley y el orden”, “el derecho a la vida” , y “la familia”.

Rosa era el nombre que su madre había elegido para aquella niña que nació en la madrugada del 2 de abril de 1977 en el Hospital de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires. Ni bien vio la luz, su madre –Silvia Isabella Valenzi (20)- fue apartada de la criatura y conducida al destino que tuvieron la mayoría de las mujeres embarazadas: la muerte.

 Rosa, tía de aquella niña, narra una de las historias más desgarradoras ocurridas en los años de la dictadura.

  Rosa tenía siete años cuando llegó con sus padres y un hermano menor a la Argentina. Había nacido en la Italia de Mussolini, en la Europa de la guerra. El hambre, la destrucción y la muerte estaban haciendo estragos en el Viejo Continente.

La familia vino a este país en 1949 en busca de trabajo, pan y paz. Encontraron todo lo que buscaban. La felicidad de aquella familia de italianos se completó con el nacimiento de Silvia en 1956. Era la única argentina de los Isabella Valenzi, oriundos de Calabria.

  Pero veinte años después, la dictadura militar quebró aquella felicidad y abrió profundas heridas que todavía permanecen abiertas. La paz se perdió en la noche más oscura que vivió la Argentina.

  Silvia, la hermana menor de Rosa, tenía veinte años y llevaba en su vientre el fruto del amor y los sueños compartidos con Carlos Alberto López Mateo, también veinteañero y compañero de militancia política y social.

  Carlos estudiaba Derecho en la Universidad de La Plata, Silvia era obrera textil, una habilidosa tejedora.

  El muchacho fue asesinado el 18 de diciembre de 1976 en la intersección de las calles 14 y 67 de la capital provincial. Silvia, que tenía un embarazo de cuatro meses, fue secuestrada en la vía pública de esa ciudad el 22 de diciembre del mismo año. Estuvo cautiva en el Pozo de Bánfield, luego en el de Quilmes –dos centros clandestinos de tortura y muerte-y el 2 de abril de 1977 dio a luz una niña en el Hospital de esta última ciudad.

  Rosa fue el nombre elegido por Silvia para aquella niña que nació a las 3.15 de ese día y que desde entonces permanece en poder de sus apropiadores. De su madre nunca más se supo, aunque no hay duda que después del parto fue asesinada como lo fueron la mayoría de las madres embarazadas que permanecieron en los campos de concentración hasta el momento de dar a luz.

EL RELATO DE ROSA

  Rosa (Rosita para sus más allegados) recuerda que la tragedia familiar comenzó el 12 de noviembre de 1976, cuando una patota militar secuestró en la ciudad de City Bell a Nelly Mateo de López y a Noemí López Mateo,  la suegra y la cuñada de Silvia, respectivamente.

  “Entraron a la casa y les robaron todo. Nosotros  pensábamos que con esos secuestros, los vándalos aquellos pretendían hacer caer en la trampa al esposo de Silvia, pero no fue así: su madre y su hermana nunca más aparecieron y Carlos fue asesinado unos días después cerca del Hospital de Niños de La Plata. Cuatro días más tarde secuestraron a mi hermana, embarazada de cuatro meses. No sabemos si la secuestraron en La Plata o en Quilmes”.

  Carlos matizaba sus estudios universitarios con la militancia política. Integraba el equipo de prensa que editaba la revista Evita Montonera en la casa  de la calle 30 de La Plata donde vivían Daniel Mariani y Diana Teruggi. Allí se produjo la masacre del 24 de noviembre de 1976, cuando unos doscientos efectivos militares y policiales atacaron la vivienda, mataron a cinco jóvenes y se llevaron a Clara Anahí, la nieta de Chicha Mariani, fundadora y primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Ocho meses más tarde, Daniel, su hijo, fue asesinado cuando ingresaba a una vivienda en un barrio de La Plata.

  ¿Cómo supieron que Silvia estuvo en el Pozo de Quilmes?

 -“Por una señora mayor que había sido secuestrada junto con su hija para presionar a la hija… después la liberaron y aquella señora nos contó que la vio a Silvia, que estaba embarazada y que le daban un poco más de comida que al resto. También nos contó que Silvia la consolaba porque la hija estaba muy lastimada por los golpes que le daban los policías… esos perros… con perdón de los perros…

  ¿En qué fecha la vio a Silvia aquella mujer?

 -“En enero de 1977, esa noticia la tuvimos mucho después, por supuesto, creo que fue en 1979 cuando aquella señora -María Marcoff de Lesperoff- nos contó sus diálogos con mi hermana”.

UN ANÓNIMO Y OTRAS DOS DESAPARICIONES

  Hasta los primeros días de abril de 1977 la familia de Silvia no sabía nada acerca de la suerte que había corrido la muchacha. Fue en esos días cuando sus padres recibieron de manos de un joven que nunca supieron quién era, un anónimo. “Lo leen y lo queman” dijo el muchacho al dejar en manos de los padres de Silvia aquel escrito. Ese anónimo decía que Silvia había dado a luz una nena en el Hospital de Quilmes el 2 de abril.

 -“Creo que el anónimo llegó a manos de mis padres una semana después. Mi madre fue a ver a un cura de City Bell para pedirle que la acompañara al Hospital de Quilmes. El sacerdote le prometió que iría con ella, pero después se arrepintió. Mi mamá fue sola el 11 o el 12 de abril, seguro porque el 10 era Pascuas. En el hospital fue atendida por el doctor García, quien le confirmó el nacimiento de la niña e incluso le dijo que “acá está el libro donde está registrado el parto… vaya a hablar con el director para que se la entregue”. Mi mamá fue a hablar con el director y éste la sacó carpiendo”.

  ¿Quién era el director?

 -“Roberto Iriarte, sobrino del fundador del Hospital que se llama Isidoro Iriarte en homenaje al tío de este crápula. Una enfermera que acompañó a mi madre hasta el despacho del director, le dijo a Iriarte: “Pero doctor, no lo niegue porque ya el doctor García le dijo que la nena está acá”. Iriarte se puso furioso y le dijo a la enfermera, con tono airado y señalando la puerta: “¡Vos de te vas a cumplir con tus obligaciones!”. La enfermera se retiró de inmediato.

DESAPARECEN LA PARTERA Y LA ENFERMERA 

Rosa recuerda que años después, ya durante el gobierno de Alfonsín, se enteraron que aquel anónimo en el que se revelaba que Silvia había tenido una niña en el Hospital de Quilmes, lo había mandado una partera.

  ¿Quién era la partera?

 -“María Luisa Martínez de González, quien desapareció una semana después del nacimiento de la niña de Silvia. Un día que fui a la casa de las Abuelas, estaba la hija de aquella partera: había ido a averiguar si la niña había aparecido. Ahí nos enteramos que el anónimo se lo hizo escribir María Luisa a su consuegra para evitar que, en caso de ser interceptado, pudieran conocer su letra”.

  ¿Qué hicieron con el anónimo?

 -“Mis padres cumplieron con el pedido: lo quemaron”.

 -¿La enfermera también desapareció?

 -“Una semana después de la desaparición de la partera desapareció la enfermera,  que se llamaba Generosa Fratassi”.

  María Luisa y Generosa habían escuchado los gritos de Silvia dando a conocer su nombre y la dirección de sus padres cuando la retiraron del Hospital camino a la muerte. Aquella partera y aquella enfermera –“servidoras de la vida y de la ética”, como diría Osvaldo Bayer- dieron un conmovedor ejemplo de valentía y dignidad humana.

BOTIN DE UN GENOCIDIO

 El plan sistemático del robo de bebés fue una de las mayores atrocidades cometidas por los militares y sus cómplices civiles y eclesiásticos en la Argentina.

 El sistema es el mismo que aplicó el franquismo en España, sólo diferenciado por la cantidad de niños arrancados a sus padres biológicos.

 Delitos de lesa humanidad que no han impedido a sus autores calificar de guerra a un genocidio que no reparó en incluir a aquellas inocentes criaturas como su más preciado botín.

 Tanto en la Argentina como en España fue la Iglesia Católica la que formó parte activa en el despojo y en el reparto de aquellos niños y niñas, cuyos destinos siguen formando parte de los archivos que el Vaticano guarda bajo siete llaves.

 Hace siete años, cuando el argentino Jorge Bergoglio se convirtió en el papa Francisco I, prometió entregar esos documentos, pero todo sigue siendo un secreto de Estado.

 Mientras tanto, las Abuelas se siguen yendo de este mundo sin poder reencontrarse con los hijos de sus hijos y éstos continúan viviendo historias que no son las que soñaron sus padres y trasmitiendo a sus descendientes una falsa identidad.

 Calificar al aborto de un feto como crimen después de haber bendecido los miles de crímenes cometidos por la dictadura, nos muestra el espantoso rostro que la Iglesia trata de ocultar en nombre de Dios.

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