El niño pequeño cruza el prado que rodea la casona aplastando la hierba con los pies desnudos. Me recuerda -lo vi una vez- a quienes, con motivo de alguna fiesta que ya he olvidado, caminan sobre las brasas. El otro niño, algo más alto, le sigue unos pasos detrás mirándolo con disgusto.

Cuando llegan a la cerca alambrada que nos separa de lo que quedó atrás, se paran, se sientan juntos y miran la serpenteante carretera a lo lejos.

-¿Por qué aplastabas la hierba?

-Me gusta sentirla y que mis pasos dejen huella.

-Sabes que no hay que tener apegos. Tienes que ir aprendiendo y dejarte de tonterías.

-Yo no quiero aprender, todavía soy pequeño.

-No sabes cómo eres ni lo sabrás si sigues así.

-Sí lo sé. Soy pequeño. Cuento los días, ¿sabes? Además, cuando del frío pasamos al calor, arranco una hoja de hierba y la escondo debajo del camastro y aún tengo muy pocas y las madres me dijeron que ellas tienen el tiempo de algunos arbolillos que plantaron. Y sé más cosas.

El niño pequeño se enfurruña, se levanta y corre hacia uno de los arbolillos que, desperdigados, adornan el prado. Se abraza a uno, luego corre hacia el siguiente y también lo abraza. Así hasta que el otro lo alcanza. Los dos jadean y al recuperar el aliento se enzarzan en una discusión.

-Nosotros somos los primeros. ¡Los primeros en no conocer lo que quedó atrás! Somos unos privilegiados. Siempre hemos vivido aquí. Compórtate. ¡Y no sabes nada!

-Sé que en la oscuridad pasan cosas de las que no se habla y que las estrellas también cubren lo que quedó atrás. Y además yo no quiero dejar mi cuerpo. Me gusta. ¡Me gusta mucho!

-No seas cabezón. Nada que viene de los sentidos es verdad. Te lo han dicho mil veces. Tienes que prepararte para el paso a lo real. No ocurre nada en la oscuridad y si tienes miedo enciende una vela o llama a una madre.

El pequeño le hace un gesto con las manos para que se agache; cuando se inclina le coge de la cabeza, pega los labios a su oreja y le susurra:

-Hay una madre para cada uno. Yo sé cuál es mi madre. Me lo dijo y lloraba al decírmelo.

-No te entiendo. Déjate de bobadas. Anda, vamos dentro que va a empezar a hablar.

Al entrar el pequeño se sienta frente al púlpito con los otros niños; desde las filas de atrás, entre los adelantados, su madre le mira con insistencia y entonces, sé que debo actuar.

Al anochecer, entre abucheos, atraviesan el prado. Al llegar a la portezuela quito el candado y les dejo volver a lo que quedó atrás. Ella cabizbaja y sollozando coge de la mano al pequeño. Él gira la cabeza y le busca con la mirada entre los que quedan atrás y al encontrarle, grita con entusiasmo:

-¿Lo ves? ¡Vente!

Pero no lo permito.

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