Foto: Agustín Millán

Recuerdo que, hace miles de años, leía sobre la “erótica del poder”. Tal vez uno de los problemas de España sea que el poder es simple pornografía, acto mecánico sin tapujos ni escrúpulos de una visión, entre arcaica y machista, no del sexo, sino de la vida y el diálogo que significa. El Eros es la incógnita hacia lo no transitado, lo contrario al movimiento mecánico de lo ya recorrido, de la repetición descarnada de lo mismo. Pero en la política española, es inexistente: su lugar lo ocupa el poder de la fuerza, más cercano a la imposición y a la violencia. El discurso del rey el 3-O fue pura pornografía. Y la gran muestra de dominación ha sido condenar a unos políticos y activistas pacíficos, precisamente, por un delito que implica violencia. El poder pornográfico se regocija en su arbitrariedad, en su injustificación. Un cinismo, la condena, casi orwelliano, pero menos sofisticado, más cercano al derecho de pernada. Y así es como muchos catalanes ven cómo nos mira la corte: con los ojos de aquél que se cree con ese derecho de pernada. Y disculpen la dureza, que entiendo que para muchos puede parecer ofensiva. Pero para muchos catalanes no hay que ser nacionalista para encontrar ofensivo el trato que nos da el Estado Español y sus medios. Y nos queremos ir, hartos del nacionalismo español / castellano.

No obstante, no hay que ver los nacionalismos actuales como los del siglo XX. La consolidación del sistema consumista, basado en el individualismo, propicia que no tenga cabida la “entrega incondicional a la patria”. Tal reclamo sería visto como un anacronismo. El nacionalismo actual es más reactivo que activo, más populista que ideológico: se centra más en la xenofobia contra los inmigrantes, en la defensa de algunos preceptos machistas o patriarcales, en la unicidad cerrada de la patria; todo ello en el sentido de no permitir una “pérdida de poder” por aquellos que lo ostentan. Se busca cosechar votos en las clases descontentas que, ante la “maximalidad” del consumismo que extienden los medios como un derecho individual, ven el sistema injusto con ellos. Ante la incapacidad (¿o temor?) de la izquierda de proponer alternativas y solamente ofrecer mejoras de lo mismo, este populismo nacionalista es más fácil: identifica enemigos, es decir, señala unos “otros” como culpables del descontento, y no a nosotros mismos como responsables de nuestro aborregamiento. Siempre es mejor señalar a otro que a uno mismo. Sobre todo, por dos razones: la primera, ya dicha, es no tener que señalarse a uno mismo como posible fuente de errores; la segunda es que este señalamiento del otro permite ocultarse a las élites que hay detrás. Al menos en occidente, la derecha o extrema derecha populista se sirve de las clases bajas o sencillas (desconozco cuál es el término políticamente correcto) mientras los que evaden al fisco en paraísos fiscales o evitan pagar impuestos legalmente gracias a favoritismos burocráticos son, precisamente, los que subvencionan y alientan el nacionalismo.

Un servidor considera que uno de los problemas fundamentales, es el siguiente: el sistema consumista, aceptado como inevitable, solo plantea delante del ciudadano un horizonte posible, la satisfacción del consumismo propio. El concepto de colectividad, en la sociedad, es escaso. Toda ética actual se apoya sobre el individuo, pero como si este fuera algo aislado de los demás. La sociedad deviene un conjunto de partículas que se quieren ver, a conveniencia, aisladas e irresponsables unas de otras, cosa que sería propio de los granitos de arena que forman una playa. Cierto atomismo que nos lleva a que, excepto en momentos puntuales, el desencanto con la política no impele los ciudadanos a intentar mejorarla, sino a desligarse de ella cada vez más. Hay una cierta “futbolización”, en este sentido: el hincha perdona al jugador de su equipo cuando simula una falta, y lo exime cuando comete una entrada dura; pero cuando lo hace el contrario, entonces, apela al deporte limpio, se irrita, clama justicia. Es puro cinismo. Un cinismo que se acepta en la política, y que, la sociedad, disculpa cuando es el cinismo propio de uno.

Parece que es de derechas o de ser conservador opinar que “las formas importan”. Pero no es cierto. Las formas, a veces son consecuencia y, a veces, son causa. En la represión del Estado español hacia el tour de force independentista, se ha perdido cualquier forma que tenga un trasfondo ético para con los derechos individuales de las personas. Por ejemplo, la fiscalía pide 6 años de cárcel a una persona por “intentar” incendiar un contenedor durante las protestas por la sentencia, y está en prisión preventiva des de octubre (curioso: no tiene la nacionalidad española). O a Tamara Carrasco, miembro de un CDR, que por difundir un audio que textualmente dice “la consigna es que entre hoy y mañana hacer hervir la olla para que haya un movimiento en las calles y justificar la huelga general”, primero la acusaron de terrorismo, luego estuvo 13 meses confinada sin poder salir de su pueblo, y ahora la fiscalía pide 7 meses de cárcel por incitación a desórdenes públicos. Como ven, la “forma” es tan arbitraria que no hay manera de sostenerla. El caso de la Junta Electoral Central diciendo que Clara Ponsatí no es eurodiputada y el europarlamento reconociéndola como tal al día siguiente, es parte de lo mismo. Hay muchos casos parecidos, aunque no tan mediáticos, que nos deberían hacernos plantear una pregunta: cuando se pierden las formas, en este caso la ética de los procedimientos democráticos frente al individuo, subyugados al nacionalismo español, ¿qué queda? ¿A qué están dispuestos a renunciar los ciudadanos españoles para no afrontar que la mayoría de catalanes quiere decidir sobre su propio futuro político?

Sin embargo, la “futbolización” de la política, no se queda ahí: se vehicula a través de los medios. Mucha prensa política se comporta como un diario futbolero: destaca en enormes titulares lo pernicioso para el rival, o la maravillosa jugada del equipo propio. La victoria del rival se esconde, menosprecia o ignora; la desfachatez o el error propio se arrincona u obvia. El “cuarto poder”, tan necesario en democracia, no solamente ha sucumbido al negocio del mercado, las audiencias, como reflejo del sistema consumista como un fin, sino que también es el vehículo transmisor del ideario político de ese sistema, una defensa del establishment y del statu quo. No es un “cuarto poder”, sino una ramificación del poder establecido. No voy a caer en la posición naif de proclamar cómo debería ser una prensa y medios independientes.

Todo lo contrario: resignado a que solamente un cambio de todo el sistema podría cambiar el comportamiento de prensa y medios, no nos queda sino reconocer que la relevancia se traslada al ciudadano. Solamente la capacidad de pensamiento crítico del individuo puede hacer frente a todo ello. Y esto requiere tiempo, lentitud, algo que es percibido como un anacronismo en la veloz sociedad actual. Una velocidad, permítanme la pedantería, propia de un adolescente a medio camino entre la ingenuidad y el narcicismo.

La prensa, los media, son casi todos “nacionales”: la vida gira alrededor de la nación. Un diario o canal de noticias europeo, se diluye como Euronews entre decenas de canales nacionales. ¿Cuántos europeos salieron a la calle cuando se atacó desde Europa la democracia griega? ¿Existen los campos de refugiados de inmigrantes cuando se hacinan en otras naciones? Solamente nos interesa lo que recae sobre nuestra nación. La reivindicación catalana solamente interesa a los españoles cuando se enfrenta, y pone en duda, los pilares de la nación española. Pero el por qué, las razones, la reflexión sobre si hay un derecho o no, el cómo se percibe la represión y qué va a significar a la larga, el qué significa el “a por ellos”, o cómo se vive desde una lengua y cultura minoritarias menospreciada por el Estado, esto no interesa. No interesa porque es propia del otro (el “ellos”), los que no caben en la definición de la nación que defiende el nacionalismo español. Ergo, no es tan ilógico, ni simplemente un estallido emocional, que se pretenda tener un estado propio donde encauzar esta pequeña nación catalana. Y esto no nos convierte automáticamente en acérrimos nacionalistas adoctrinados.

¿Se puede ser independentista y no nacionalista? (2 de 3)

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

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