Valga un apunte previo: un servidor es de la opinión que hay ciertos ismos que, de una manera uotra,másomenossolapados,lamayoríadenosotroslosacarreamos. Yaseaporcuestiones educativas, tradicionales, familiares, sociales o culturales, hay “cierto” machismo, nacionalismo o racismo que se inmiscuyen en nuestra psique y comportamiento como un fino gusano. Un servidor cree que lo más pragmático no es negarlo, sino estar alerta sobre uno mismo, sus pensamientos y, sobre todo, acciones y reacciones. Por ello pienso que designarse como no nacionalista o no machista puede ser contradictorio si a uno se le analiza con lupa. Mientras la influencia de uno de estos ismos no afecte negativamente al otro, creo que podemos pasar un poco por el lado… pero lamentablemente, tarde o temprano, acaban siendo causa de alguna discriminación.

El punto de partida del nacionalismo no es la ciudadanía de la nación, sino la nación en sí misma, o la patria, o el país cuando coincide con la nación. Se supone que existe un “amor a la nación” (o patria, o país). Un servidor niega la mayor, por dos razones: 1) No existe un “amor a la nación”, y 2) ese falso amor solamente es un velo para esconder otros intereses. Dicho esto, y teniendo en cuenta el preámbulo, ¿uno puede ser independentista catalán sin ser nacionalista catalán?

Antes de entrar en los puntos 1 y 2, permítanme recordarles una obviedad: no es más ni menos ético, ni mejor ni peor, un nacionalista catalán que uno español, inglés, suizo o noruego (como ven, me ciño a Europa). Sí puede ser más o menos ético, mejor o peor, según las políticas y acciones que se deriven de ello, pero aquí entraríamos, de entrada, en si esa nación tiene país o no, una lengua propia o no o varias, una cultura o una diversidad de ellas y cómo actúa al respecto. No hay acto más nacionalista que demonizar otro nacionalismo ocultando el propio, que es validar el propio por encima del otro, como si el de uno fuera el “natural” y el del otro algo ficticio o ilusorio. Esto, suele ocurrir en España, donde el supremacismo (en el sentido de capacidad efectiva de poder) del nacionalismo castellano se ha extendido, gracias al imperialismo histórico de la corte, como algo normal e incuestionable en casi todo el país. Casi, claro, pues excluyo aquellos territorios que disponen de una cultura con lengua propia.

1). ¿Se puede amar la nación? Si yo les digo que amo la nación catalana, ¿exactamente qué les estoy diciendo que amo? Cuando alguien dice amar algo abstracto e interpretable, ¿es correcto o sincero hablar de amar? Cuando uno ama a otra persona, ama esa persona concreta. Idealizarla y amar la idea que nos hemos hecho de ella, no es amar la persona, sino la idea que tenemos en mente (tal vez, cómo nos gustaría que fuera). La persona amada es un pack: sus virtudes y defectos se interrelacionan, su pasado y presente pueden solaparse. Uno no pretende cambiarla o mejorarla para que sea otra más “amable”, sino que la ama tal como es, por lo que es. Otra cosa, son las cesiones mutuas en aras de una mejor convivencia.

La persona amada, siendo como cualquier persona un fin en sí misma, es amada como tal, y no por una lista de características. Es difícil listar porqué amamos una persona, y no sé si podríamos extraer qué puntos de esa lista podemos no amar… y que eliminados convertirían la persona en otra. La parte irracional que conlleva el amor, es, también, una parte sustancial y salvaguarda del amor mismo.

Pero una nación, un país, es un conjunto demasiado vasto para ser amado, así, sin más. Cuando uno dice amar una nación, ¿ama todos sus ríos y plazas, pueblos y bares, camareros y cada una de las personas que toman café? ¿Ama una noción abstracta de lo que es ese país o nación para uno mismo? ¿Ama su visión de la nación, lo que “debería ser” ese país o nación? Cuando uno ama una persona, la felicidad de esta aumenta la propia, y su desgracia amplifica la de uno. Curioso sería el amor de aquél al que la felicidad del amado no le acrecienta la suya propia. Pero, ¿una nación puede ser feliz? Pasando de largo por si los ríos y plazas y pueblos y bares pueden ser felices, ¿todos aquellos que sirven o toman su café lo pueden ser “en tanto” a la nación? Cada persona es diferente, cada grupo desea maneras diferentes de organizarse, de legislarse, de propiciarse herramientas para su felicidad. ¿Un facha catalán y un comunista catalán pueden ser felices en una misma nación catalana? ¿O cada nación pensada tiene poco que ver con la otra? El ejemplo es un extremo, claro. Pero, dos catalanes que aman su nación, ¿aman el mismo concepto de nación o cada uno el suyo? ¿Y si son diez mil? ¿Y si son siete millones? Lo mismo para España. ¿Se ama algo o la idea que tiene uno sobre ese algo o cómo le gustaría que fuese? Y ese “como le gustaría que fuese”, si debe ser compatible con las visiones o deseos de los otros, solo hay el camino del encauzamiento político, cualquier otra vía es un desastre que se basa en la imposición y la fuerza.

El nacionalista, no suele hacerse las anteriores preguntas. Y para evitarlo, alza símbolos como nexo de unión para contrarrestar las respuestas, que serían diferentes, seguramente ambivalentes y contradictorias. Estos símbolos pueden ser varios, pero el que sobresale por encima de todos, ondeando, es la bandera. Es el más abstracto y, además, el más preciso gráficamente: el más útil para amasar el máximo de población.

La bandera aglutina y manda callar. Incluso, cuando se canta un himno ante una bandera, se manda callar: se calla la voz propia para sumirse en la voz colectiva del himno. Un himno, no deja de ser un preámbulo de batalla, un aviso, una advertencia. En los campos de futbol se canta el himno antes del partido: somos todos uno, y como uno (único) vamos a luchar. La sola voz. La voz abstracta. La sola bandera. Todos bajo la bandera (española, francesa, catalana). La máxima expresión del nacionalismo es el deporte de selecciones. Selecciones Nacionales. Fíjense: ¿qué significa “seleccionar”? Se seleccionan los de la nación, los nacionales, bajo la bandera, y se descarta, rechaza, al resto. El Mundial de Futbol es su máxima expresión. Luego, eso sí, todos critican los nacionalismos.

Concretemos un poco: las manifestaciones de la reivindicación catalana. Es extraño ver que ondeen muchas banderas catalanas, a veces, incluso, se ven muy pocas. Las que se usan mayoritariamente son las “esteladas”, con sus diferentes diseños. La “estelada” es una bandera eminentemente política, ligada a la reivindicación y lo que conlleva de revolución. No es “nacional”. En una Cataluña independiente la “estelada” no tendría sentido. Sin embargo, ahora miren las manifestaciones de los unionistas (y no constitucionalistas, que se ha convertido en un mero eufemismo), aquellas que organizaba Societat Civil Catalana con el apoyo del PP, C’s y PSC: ondeaban las banderas de España y de Cataluña. Las banderas “nacionales”. Aquellos que subían a la tarima (Borrel, Vargas Llosa, etc) acusaban a los independentistas de nacionalistas, como si fuesen el demonio y ellos el puro altruismo, mientras se daban un baño de banderas “nacionales”. Es el “no-nacionalismo” ejemplarizado en la bandera rojigualda de la Plaza Colón. Cuando el nacionalismo acaricia su máximo poder (uniformidad) se le llama patriotismo. El patriotismo es cuando el nacionalismo se permite a sí mismo ser obsceno.

¿Se puede ser independentista sin ser nacionalista? Bien, mientras el mundo esté organizado mediante Estados nación, mientras la capacidad legislativa se derive de ello, es muy difícil, pero se puede. La cuestión es en qué grado se empiezan a discriminar los derechos de los otros.

Como catalán, soy miembro de la cultura catalana, una cultura con lengua propia y que, aun habiendo dos lenguas vehiculares, la catalana es la que sostiene ese nexo de unión identificativo. Que el castellano también sea lengua vehicular en Cataluña no debe hacernos olvidar un aspecto: no hay catalanohablantes monolingües, todos son bilingües; sí hay muchos monolingües castellanohablantes. Como miembro de esta cultura opino, como muchos, que tenemos menos derechos en el Estado Español. Solamente que un diputado catalán no pueda hablar su propia lengua en el Congreso, ya es una depreciación de sus derechos y de los de todos sus votantes, ejemplificado en el menoscabo de su lengua. Es, ahora, absurdo que me extienda en una lista, lo relevante es lo siguiente: deseo un Estado independiente de una España donde la cultura castellana y el poder de la corte monopoliza todo el Estado. Y salve decir que, los españoles, podrían empezar a preguntarse si la que se está independizando no es esa Corte Capitalina, ese conjunto de intereses concentrado en Madrid y que es el más insolidario de todos (por ejemplo, el dumping fiscal).

En fin, uno cree que los catalanes tienen derecho a preguntarse a sí mismos, mediante un referéndum si es posible, si quieren continuar “perteneciendo” a España, o desligarse de ella. En un referéndum, un servidor votaría “Sí”, y es esto lo que me convierte en independentista. Mis razones no tienen por qué coincidir con las de otra persona que también vote “Sí”. También puede ser que en algunos aspectos me sienta más próximo a alguien que vota “No”. Mi idea de cómo debería ser esa República catalana, tampoco tiene porqué coincidir con la idea de otros independentistas. Ante esta reivindicación, el Estado y la sociedad española mayoritaria solamente han respondido con la inquebrantable, y sacrosanta, unidad, algo que solapa el sentido de propiedad. La negativa del Estado y de la mayoría de la sociedad española a, ni siquiera, dignarse a escuchar, es propia de la mentalidad nacionalista que considera su visión como única y verdadera. La represión policial y judicial, una vergüenza con tintes dictatoriales (tengo el poder, ergo la verdad es mía), solamente camufla un menosprecio descomunal hacia aquellos que disienten. Pero también influye sobremanera la incapacidad de la mayoría de la sociedad española de condenar y sancionar la enorme corrupción y procedimientos antidemocráticos de esa corte capitalina. Todo ello me reafirma más en que, intentar conseguir un pequeño país más justo en un República catalana, es un derecho que tenemos… si mayoritariamente los catalanes estamos de acuerdo. Mientras la mayoría no estemos de acuerdo en ello, pienso que los independentistas no tenemos derecho a hacerlo. ¿Pero cómo saber si esto es lo que queremos o no? Aquí, la mayoría, sí coincidimos: votando y aceptando el resultado que se dé. Luego, a posteriori, ya votaremos dentro de esta república los partidos que creemos que pueden hacerlo mejor, como en cualquier otro país democrático. Pero no será por amor a una bandera, o a un ente abstracto, sino como consecuencia de que lo deseen, democráticamente, sus ciudadanos como única salida al continuo, y cerrado sobre sí mismo, nacionalismo español. Si leen la sentencia condenando a los Jordis, la Forcadell y los miembros del gobierno catalán, no se les condena por esa surrealista declaración de independencia de 8 segundos, se les condena por cumplir aquello por lo que la gente les votó (a los ex Consellers; a los Jordis y Forcadell, la verdad, todavía no lo entiendo), simplemente aderezado con una violencia inexistente para justificar la condena misma. Un servidor no desea que los políticos amen a la patria, sea la española o la catalana, sino que escuchen lo que reclama la gente del pueblo y, si prometen hacer aquello reclamado, que lo hagan. El referéndum era el clamo mayoritario y, en este sentido, hicieron lo que tenían que hacer. Evidentemente todos sabíamos que el referéndum era ilegal a ojos del Estado, y sabíamos que habría consecuencias por desobedecer, pero una gran parte de catalanes deseaban ese acto de desobediencia pacífica. No por la bandera, sino porque es lo que desea hacer la mayoría de la población catalana y, salga lo que salga de la votación, acabar de una vez con esta simbólica alfombra donde tantos problemas se meten debajo.

Cuando hablo de élite o corte capitalina, entiendo que los conceptos puedan chirriar y parecer mero populismo. Pero un servidor no piensa simplemente que haya unas élites que roban el poder al pueblo y se aprovechan de ello. El pueblo no es homogéneo, por mucho que lo pretendan los nacionalismos. También es pueblo el votante de Vox, el de Teruel Existe o el de Pacma. Sería sencillo decir que el pueblo está manipulado, pero acabaríamos diciendo que están todos manipulados excepto uno mismo o aquellos que piensen como uno. Y esto es lo que suele decir el nacionalismo: fíjense cómo el nacionalismo español se ventila el disentir de la reivindicación catalana arguyendo que el 50% de catalanes están adoctrinados. Supongo que el 80% que desea un referéndum, también. Los españoles que creen en la unidad del Estado a cualquier precio, naturalmente, no.

Uno opina que el individuo “prefiere” ceder su sujeto para evitar la responsabilidad que conlleva la libertad de serlo. La vida diaria está sumida en un frenesí de trabajo y consumo (o trabajo para poder consumir) en pos de una gratificación que debe ser lo más rápida posible, si no instantánea. Aquí no hay lugar para la lentitud, la reflexión y, en política, no cabe la inversión en una ideología cuyos frutos sean a medio o largo plazo (de ahí, el peso menguante de la educación). También es un caldo de cultivo para que florezcan las decisiones emocionales, sobre todo las negativas, que son las más rápidas de tomar y que requieren poca justificación, pues se suelen justificar a sí mismas. Es un pez que se muerde la cola o, más bien, una espiral expansiva que cada vez aleja más al individuo de su constitución como sujeto político; espacio vacío que ocupa el nacionalismo, ese “amor a la nación” que entrega un sujeto (abstracto) a un individuo… irresponsable. Pues la responsabilidad se traspasa a la nación. Pero, si la nación es algo abstracto y los políticos algo concreto, ¿cómo salir de esta patraña? ¿Adónde va la responsabilidad si los políticos no la quieren? En el juicio del “procés” vimos un denominador común en los miembros del gobierno español. Rajoy, Santamaría, Zoido, Millo, fueron pasando diciendo que ellos no sabían nada, que no se enteraron de nada, que no tomaron las decisiones directas de la violenta represión policial del 1-O. Es decir, se declararon i-responsables. El juez no los advertía, tal como sí advertía de posible desacato cuando algún testigo catalán decía no recordar algo. De manera increíble, cuando testificaron los mandos policiales, también se hicieron i-responsables: ninguno dijo “la orden la di yo”, cuando todos sabemos que el soldado raso, perdón, policía, no actúa sin una orden. Los políticos españoles, les pasaron la responsabilidad a los jueces. Y lo peor es que los jueces la aceptaron, cuando esta no debería ser su función. El sistema democrático no funciona sin responsabilidad, tanto de los votantes como de los políticos elegidos. Y aquí existe una relación con la continuidad de casos de corrupción de los cuáles la sociedad no responsabiliza a nadie (excepto a algún cabeza de turco). Insisto: no es por “amor a la nación”, sino la defensa de una particular noción de ésta que excluye las demás. Una concepción de la nación que lleva intrínsecamente unido el concepto de corte capitalina, una concentración de poder que va a evitar a toda costa tener que ceder ni un ápice de éste.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

1 Comentario

  1. NO y muchos menos socialista y cosas asi como bildu erc y
    el partido qe va a montar la teresa rodrigez qe hundio a Podemos en Andalucia la trePPa d ella
    Lo que hace falta es una republica federal

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