Mopti, en la zona central de Mali es, en estos momentos, la región más mortífera del país para la población civil. Mopti concentra uno de cada tres desplazados internos de Mali. En 2020 la violencia se ha intensificado obligando a miles de personas a huir de sus aldeas a causa de los ataques. La población se encuentra atrapada entre grupos armados, de autodefensa e incluso fuerzas de seguridad nacionales o internacionales. A todo ello se suman conflictos locales intercomunitarios. Entre junio y octubre, Médicos Sin Fronteras (MSF) ha contabilizado 82 ataques a aldeas, y 21 desplazamientos de población, con un total de 222 civiles muertos.

En los últimos dos años, los incidentes violentos han aumentado tanto en número como en gravedad. La poblacióndel centro del país se encuentra atrapada entre grupos armados, de autodefensa e incluso fuerzas de seguridad nacionales o internacionales1. A todo ello se suman conflictos locales intercomunitarios. Conscientes de estas rivalidades, grupos armados se han aprovechado de determinadas comunidades para lanzarlas unas contra otras. El resultado es que la violencia contra los civiles y los ataques indiscriminados contra pueblos enteros son omnipresentes en una zona fuertemente armada.

El Gobierno de Mali está envuelto en diversos conflictos armados con varios grupos que han sido identificados como organizaciones terroristas, conflictos para los que cuenta con el apoyo de contingentes regionales e internacionales. La situación implica la superposición de mandatos: tanto el mantenimiento de la paz como la lucha contra el terrorismo. Las actividades de los grupos armados y algunas medidas de seguridad represivas que se han implementado para combatir el terrorismo han impactado en la población. En algunos casos, se ha tomado a los civiles por combatientes y se los ha criminalizado por su pertenencia a un grupo étnico en particular.

La población civil, víctima de la violencia cotidiana

En Mopti, región fronteriza con Burkina Faso y las regiones de Gao, Segou y Tombuctú, el gobierno nacional ha perdido el control de áreas enteras a manos de los grupos armados. Un clima de violencia impregna la vida diaria de sus habitantes. Más de 300.000 personas están desplazadas en Mali según la Organización Internacional para las Migraciones.

Los grupos armados han aislado por la fuerza muchas aldeas, incluidas Mondoro (en el círculo de Douentza), Diankabou (círculo de Koro) o Boulkessi (Douentza), dejándolas sin acceso a servicios básicos, especialmente la atención médica. Entre enero y octubre, equipos de MSF en la región de Mopti han conseguido entrar y brindar apoyo a 56 aldeas aisladas o de difícil acceso. En otras localidades, sus residentes no pueden moverse libremente, cultivar sus campos ni acudir a los mercados debido a conflictos inter o intracomunitarios.

La mayoría de estas personas deben abandonar sus hogares y refugiarse en las aldeas vecinas.En octubre de 2020, había 131.150 desplazados internos solo en Mopti, ,región donde viven 1,6 millones de personas.

“Por ejemplo, en una aldea, a 60 kilómetros de Bandiagara, no hay ningún campo para desplazados”, explica Ibrahim M., coordinador adjunto de MSF en Malí. “Las personas que habían huido de la violencia eran alojadas en escuelas (hasta que estas abrieron y fueron desalojadas) o acogidas por familias. Otras viven en el campo, en cuevas o simplemente deben dormir bajo las estrellas. Cuando se abrieron las escuelas, estas personas desplazadas fueron expulsadas”.

Familias de acogida desbordadas

La capacidad de acogida y los medios de las personas de las aldeas vecinas que acuden en ayuda de los desplazados son limitados. Se trata de una población que vive en condiciones muy básicas que ya enfrenta dificultades durante la temporada de lluvias y los meses de escasez. Los desplazados lo han perdido todo y viven en condiciones extremadamente duras. Entre las comunidades afectadas, los equipos de MSF identifican y dan apoyo a niños no acompañados, mujeres ‘cabeza de familia’ y ancianos que han perdido sus redes de apoyo.

Algunas personas desplazadas no han encontrado un espacio con familias de acogida y han tenido que refugiarse en edificios públicos o en el monte. “Entraron en nuestras casas y lo destruyeron todo —rememora L.T, desplazada—. Huimos y tras caminar dos días, llegamos aquí en medio de la noche. Algunos de mis seres queridos han desaparecido. No sé dónde están. Estamos en alerta constante. Tenemos miedo de que esos hombres armados regresen para hacernos daño. No tenemos nada; ni ropa, ni comida, ni dinero ni lugar alguno donde quedarnos”.

Un camino peligroso hacia las comunidades
En los hospitales de los círculos de Koro y Douentza, los equipos de MSF facilitan atención médica y psicosocial de emergencia a las personas con heridas relacionadas con el conflicto. Atienden a pacientes con heridas de bala, víctimas de artefactos explosivos improvisados, de torturas, supervivientes de violencia sexual con traumas físicos y mentales graves. Entre junio y octubre, MSF ha contabilizado 82 ataques a aldeas, 68 incidentes de otro tipo y 21 desplazamientos masivos de población, con un total de 222 civiles muertos.

Este nivel de violencia también complica el acceso de los civiles a la atención médica y se traduce en que malaria, sarampión y desnutrición se vuelven fatales. En los primeros diez meses del año, los equipos de la organización médico-humanitaria trataron a más de 57.000 personas con malaria en Koro y Douentza.

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