España es ese país donde las pensiones de los jubilados suben un raquítico 0,9 por ciento, donde la patronal y las derechas montan un sindiós cada vez que se negocia una mínima subida salarial para los trabajadores y donde la aprobación de una renta vital básica para millones de españoles sin trabajo y sin futuro es poco menos que una utopía irrealizable. Sin embargo, España es también ese alegre país donde hay subvenciones a fondo perdido para fiestas tradicionales y corridas de toros, donde los políticos se suben el sueldo cada dos por tres y donde se gastan miles de millones de euros en la compra de moderno armamento para defensa. El último ejemplo de esta amarga contradicción es el desfile militar patrio que se celebra cada año el 12 de octubre, con motivo del Día de la Fiesta Nacional. El de 2019, según Europa Press que baraja datos del Estado Mayor de la Defensa (EMAD) dados a conocer a través del Portal de Transparencia, tuvo un coste de 912.536 euros, un 30 por ciento más que el año anterior. Es decir, que los organizadores se pusieron espléndidos y tiraron la casa por la ventana sin escatimar en gastos.

En concreto, el coste estimado de la parada militar en organización y ejecución fue de 566.838,4 euros, que se reparten en conceptos como dietas, vehículos, combustible, reuniones, megafonía o incluso sanitarios y compra de salvas de honor. Un auténtico fiestón que sale caro a los españoles en un momento en que el Estado debería dar ejemplo de austeridad y control de las cuentas públicas.

Con todo, la cifra de gasto del desfile castrense es similar a la de años anteriores. En concreto, en 2018 se dedicó a la parada nacional una partida de 624.000 euros, 621.000 en 2017, 452.930 en 2016 y 604.566 en 2015, según las fuentes consultadas por la citada agencia de noticias.

Sin embargo, el coste total del pasado año se incrementó hasta superar los 900.000 euros debido a los 345.698 que el Ejército del Aire dedicó a la “recogida y traslado de los contingentes extranjeros”. Según fuentes del Estado Mayor, este fue el coste de trasladar a España a tropas de Líbano, Senegal, Mauritania y Malí que desfilaron en un lugar preferente como países invitados. En total, en 2019 desfilaron por el centro de Madrid unos 4.200 efectivos y más de 70 aeronaves y 150 vehículos. Cabe recordar que, al final, los protagonistas secundarios de ese desfile fueron los pitos a Pedro Sánchez, entonces presidente del Gobierno en funciones; el incidente del paracaidista que portaba la bandera de España y que se quedó “colgado” de una farola; y la voz de la soprano Ainhoa Arteta entonando La muerte no es el final. Todo resultó de un dudoso gusto democrático, lo que nos lleva a pensar en la idoneidad de seguir celebrando desfiles de este tipo.

Eso sí, pocos quisieron perderse el acto, que estuvo presidido por los reyes de España, acompañados por sus hijas, la infanta Leonor y la princesa Sofía. También asistieron el Gobierno al completo y las principales autoridades civiles y militares del Estado. La representación de los partidos políticos corrió a cargo de los líderes de cada formación −Pablo Casado del PP, Albert Rivera de Ciudadanos y Santiago Abascal de Vox−, excepto el presidente de Podemos y ahora vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias, que igual que en años anteriores no asistió al desfile y delegó la representación en otros dirigentes de la formación morada. También estuvieron todos los presidentes de comunidades autónomas menos los de Cataluña y País Vasco, Quim Torra e Iñigo Urkullu. Y se estrenaron como anfitriones la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, y el alcalde de la capital, José Luis Martínez Almeida. Un sarao que pagan todos los españoles. ¿Era necesario ese fastuoso estipendio? Sin duda, la respuesta debe ser negativa, pero en un país donde la ultraderecha viene pisando fuerte con sus discursos patrioteros quizá tengamos que ir acostumbrándonos a este tipo de actos de exaltación nacionalista que dejan no pocos agujeros en las arcas públicas.

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