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Sánchez tenía razón: estamos a un paso de vencer al virus

La promesa del Gobierno de alcanzar la inmunidad de rebaño este verano y de iniciar el despegue económico va camino de hacerse realidad

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Le guste o no al resentido Pablo Casado, el Gobierno Sánchez va camino de vencer a la pandemia. Aunque parezca un milagro, la promesa del presidente de lograr la inmunidad de rebaño a corto plazo, probablemente este verano, está a un paso de hacerse realidad. Todos los datos coronavíricos son positivos. La cifra de muertos cae notablemente hasta las 33 defunciones y las UCI de los hospitales vuelven a estar por debajo del cinco por ciento de ocupación, un inmenso balón de oxígeno no solo para el maltrecho sistema público de salud (que ha estado al borde del colapso) sino también para el personal sanitario, nuestros héroes exhaustos a los que le debemos todo.

Tras la peste, el optimismo se abre paso, el escenario de los alegres años veinte que predicen algunos se materializa ante nuestros ojos y se puede empezar a soñar con vivir de nuevo. Ayer mismo se alcanzó un nuevo récord de vacunados (medio millón de personas más inmunizadas) y la cifra total de españoles que ya tienen al menos una dosis en su cuerpo ronda los 16 millones (uno de cada tres). Por si fuera poco, los científicos concluyen que todas las vacunas son eficaces contra las diversas mutaciones, incluso la mortífera variante india, que se coge al vuelo y mata por miles. Todo son buenas noticias.

Lo que parecía una quimera hace solo un par de meses (dejar atrás la pesadilla, pasar la página más negra desde la Guerra Civil y volver a algo muy parecido a la normalidad de antes) está cada vez más cerca. Si logramos el objetivo de inmunizar a la mayor parte de la población española, los británicos levantarán el semáforo rojo a nuestro país, de tal manera que la campaña turística promete ser fructífera, disparando el crecimiento económico. Salvo infortunio, nuestro moribundo PIB despegará como un tiro en forma de uve simétrica. Ese será el momento de brindar con champán y de darle una patada a la mascarilla, aunque siendo justos habrá que ir pensando en levantar monumentos en nuestras ciudades a ese trozo de tela que tantas vidas ha salvado.

Por supuesto, pese a la evidente mejoría, la crisis seguirá estando ahí durante algunos años más, pero al menos el país habrá superado el horror y empezará a encarar el futuro con confianza. Sánchez ya ha captado cuáles son los nuevos signos de los tiempos. Con todas las cautelas sanitarias, la pandemia ya es historia y toca reconstruir el país. La consigna de Moncloa es vender vitalidad, energía, futuro, optimismo.

En esa estrategia política cabe incluir el plan España 2050, un pantallazo propagandístico a todas luces, pero sin duda un punto de arranque imprescindible a la hora de emprender la ardua tarea. Ciertamente ningún español en sus cabales está pensando en lo que será de él a mediados de este siglo, cuando todos estemos calvos, sino más bien en cómo pagar las facturas del mes que viene. Pero el New Deal sanchista tiene algo bueno: por primera vez en mucho tiempo, quizá en siglos, España cuenta con una hoja de ruta a largo plazo, un guion, un proyecto real de reformas.

Vencer al virus

Cualquier país que pretenda afrontar la salida de la crisis sin una hoja de ruta que contemple la reconversión hacia una economía limpia y sostenible y el fortalecimiento del Estado de bienestar (sanidad, medicina, educación, investigación científica y escudo social) estará condenado a seguir embarrancando entre los escollos. Desde ese punto de vista, el plan 2050 es mucho más que publicidad gubernamental: contribuye a transmitir a la sociedad española la sensación de que el país está en marcha, con el consiguiente chute de esperanza y euforia.     

A estas alturas de la pandemia, ya sabemos que de esta crisis no saldremos más fuertes ni mejores. Pero sí al menos con más experiencia sobre lo que tenemos que hacer para afrontar el nuevo mundo de las pandemias que se nos viene encima. Otros virus vendrán que bueno harán al covid-19 y debemos estar preparados. Habrá que invertir mucho más en investigación, desarrollo y tecnología; será necesario reforzar la sanidad; y redoblar esfuerzos en la escuela pública. Si algo se ha demostrado es que la demagogia neoliberal ayusista puede servir para ganar elecciones porque moviliza el voto del miedo, el hartazgo, el nihilismo negacionista y la fatiga pandémica, pero es un lastre cuando llueve del cielo una calamidad global que exige un Estado de bienestar fuerte y preparado.

De Pablo Casado, un suponer, quedará para la posteridad su triste lata de gasolina

Aunque todavía no ha llegado el momento de pasar facturas políticas (el bicho sigue ahí), conviene ir incidiendo en el papel que ha jugado cada cual y cómo nuestros padres de la patria se han retratado para la historia en este sindiós que empezó allá por marzo de 2020. De Pablo Casado, un suponer, quedará para la posteridad su triste lata de gasolina con la que ha ido avivando un poco más el dramático incendio de España. Una lata herrumbrosa, una lata que por su insignificancia histórica no da ni para el museo de cera, un auténtico latazo inservible el que nos ha estado dando el líder de la oposición. El nuevo Cánovas del Castillo, tal como lo definió el desertado Pablo Iglesias, no será recordado precisamente por su grandeza, su generosidad, su altura de miras y su sentido de Estado.

Santiago Abascal, por su parte, pasará como el gran agitador social que promovió el negacionismo del virus en los peores momentos (recuérdense aquellas manifestaciones de chalados en sus locos cacharros por las calles de Madrid) y también el odio ciego contra el inmigrante estigmatizado como gran culpable de todo, tal como se está comprobando estos días prebélicos en la frontera sur con Marruecos. El árbol podrido del racismo siempre extiende sus raíces en el estiércol de la catástrofe y la miseria.

Del hombre que sueña con ser Caudillo de España por la gracia de Dios algún día solo quedará su dureza extrema y estéril, su fanatismo cainita y su intolerancia. La “guerra cultural” que ofrece a los españoles es puro veneno ideológico, el preludio de más conflictos y desastres. Véase las cosas que va diciendo su acólita Cristina Seguí. Hay que tener la mente muy sucia y enferma para ver un abuso sexual en el fraternal abrazo a un náufrago que acaba de salvar el pellejo. Serán cosas del covid, que por lo visto ha terminado de grillar algunas cabezas.    

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