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Sánchez no ha sabido (o no ha querido) acabar con la desigualdad social

El índice de pobreza en España se dispara por encima del 26 por ciento tras las últimas dos crisis económicas

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Pedro Sánchez todavía no ha caído en la cuenta de que lo que se juega estos días es mucho más que unos simples céntimos arriba o abajo en el precio del carburante. Está en el aire el futuro del país, el futuro de la izquierda, el futuro del PSOE. Su futuro político. Tras dos crisis galopantes (2008 y 2020) más otra a las puertas por la guerra de Putin, la desigualdad social se ha disparado en España por encima del 26 por ciento, entre las más elevadas de la Unión Europea. ¿Qué quiere decir esto? Que al menos uno de cada cuatro españoles se encuentra en riesgo extremo de pobreza. La cifra, por mucho que ya nos hayamos acostumbrado, resulta absolutamente insoportable. Un país moderno y avanzado de la Europa democrática no puede tolerar semejante drama social y aceptarlo con un resignado “es lo que hay”.

Hoy mismo hemos sabido que el paro de camioneros está dejando sin reservas a las oenegés y servicios sociales de emergencia, los que proveen las colas del hambre donde cada día son atendidas cientos de personas arruinadas. Los náufragos de la recesión. Bancosol, el Banco de Alimentos de la Costa del Sol que auxilia a 50.000 personas en Málaga, presenta hoy un aspecto desolador con sus estanterías totalmente vacías. Esta situación llega días después del demoledor informe de Cáritas que alerta de que más de un millón y medio de madrileños se encuentran en riesgo de exclusión social. Ante esta situación límite hay varias maneras de reaccionar. Se puede decir, como hace el portavoz de la Comunidad de Madrid, Enrique Ossorio, que él no ve pobres por ningún lado, demostrando que necesita una visita urgente al oftalmólogo o más bien al psicoanalista para que le revise su escaso grado de empatía emocional con un pueblo que sufre. Esa sería la actitud o postura negacionista, tan típica de los fieles correligionarios del ayusismo trumpista.

Pero también se puede caer en la autocomplacencia y el feliz triunfalismo, como suele hacer a menudo Sánchez, y jactarse de lo mucho que ha hecho este Gobierno para acabar con la desigualdad, el precariado laboral y la pobreza endémica. Es cierto que el gabinete de coalición ha adoptado medidas sociales como el bono contra la pobreza energética, el ingreso mínimo vital y otras prestaciones sociales. Pero ahora se está viendo que esas tímidas iniciativas socialdemócratas han sido claramente insuficientes, cortas, apenas unas tiritas sobre una hemorragia imparable, ya que buena parte del pueblo sigue viviendo una situación económica y vital agónica hasta el punto de que el dinero no le da para llegar a final de mes. La situación por la que atraviesan camioneros, agricultores, ganaderos y pescadores es sintomática de que en España se trabaja mucho, se cobra poco y se vive mal. Ese sistema ultracapitalista liberal injusto y aberrante es el que no ha sabido corregir este Gobierno, que ni siquiera ha tenido la audacia para derogar la infame reforma laboral de la derecha (de la nueva ley fiscal que se prepara mejor hablaremos otro día, ya que no parece que las grandes fortunas, multinacionales y superricos vayan a ver amenazado su estatus económico).

Hoy, durante la sesión de control al Gobierno, nuestro querido presidente ha vuelto a dar una nueva muestra de escasa autocrítica y presuntuoso exceso de confianza al enumerar sus supuestos logros políticos, como haber atajado “la escalada de precios de la energía, bajando un sesenta por ciento los impuestos aplicados a la electricidad, un ochenta por ciento los peajes a la industria electrointensiva y aumentando la protección del bono social”. Entonces, si todas esas medidas de choque progresistas han funcionado tan eficazmente, si las clases más humildes están tan bien protegidas y arropadas, ¿por qué medio país se lanza a las calles sumándose a lo que ya es una huelga general de facto no avisada ni anunciada? ¿Acaso sigue pensando que el pueblo español se ha vuelto facha de repente haciéndole el juego a la extrema derecha?

Una vez más, ha tenido que ser el doctor de la izquierda Gabriel Rufián quien tumbe a Sánchez en el diván de los miércoles para explicarle que una cosa es vivir en la burbuja de la Moncloa y otra muy distinta buscarse las habichuelas en la cruda realidad, como hacen millones de sufridos españoles que hoy protestan a la desesperada en nuestras calles y carreteras. ″¿Saben por qué pasa esto? Porque a la izquierda no nos entiende nadie. No nos sabemos explicar y hablamos de temas que no le interesan a nadie”, le ha soltado al presidente el líder de Esquerra. “Tenemos que dejar de militar exclusivamente en la moral y empezar a militar en la utilidad”, sentencia el político catalán poniendo otra vez el dedo en la llaga. Ante semejante andanada dialéctica (más bien las verdades del barquero) Sánchez se ha revuelto con su manida táctica habitual: “Su discurso es el que alimenta a la ultraderecha”. Acabáramos. Ahora resulta que Rufián también se ha vuelto facha, facha como los camioneros, facha como los médicos y enfermeras, facha como los trabajadores del rural que estos días se manifiestan por un trabajo decente que les dé para vivir con dignidad. Definitivamente, el presidente del Gobierno debe hacérselo mirar.

En esa misma línea de la necesaria autocrítica ha ido Íñigo Errejón, el otro mango de la pinza que la izquierda real tiene la obligación de aplicarle al Ejecutivo de coalición para que no caiga en el narcisismo, ombliguismo y desvarío por derroteros liberales. El diputado de Más País acierta en el diagnóstico cuando dice que el Gobierno no es responsable “ni de la pandemia ni de la guerra en Ucrania”, pero sí de decidir “cómo se distribuyen las cargas y los esfuerzos que en España están mal distribuidos”. O dicho de otra forma: aquí el pato de la crisis siempre lo pagan los mismos, así que ya está bien de cachondeos.

Los españoles se han cansado de estafas y abusos y a las pruebas nos remitimos: mientras la gente pasa hambre las compañías eléctricas se han embolsado 7.000 millones de vellón. Los famosos beneficios caídos del cielo, un maná que, por lo que sea, nunca llega a las clases obreras. ¿Cuándo piensa el señor presidente controlar el mercado energético y de los carburantes fijando precios justos? Esa es la pregunta del millón. El intervencionismo estatal (la nacionalización si es preciso) figura el primero entre los diez mandamientos del socialismo clásico al que Sánchez por lo visto ha renunciado para abrazar una socialdemocracia mal entendida. La limosna del bono energético está muy bien, pero la clave está en construir un sistema económico más equilibrado, redistributivo y justo donde la brecha de la desigualdad se vaya acortando poco a poco. Todo eso que debería hacer un Gobierno auténticamente de izquierdas, no una vulgar imitación del centro al estilo de la vieja UCD.

Por cierto, la huelga con tintes de auténtica rebelión popular va cada día a peor y hoy Heineken-Cruzcampo anuncia que tendrá que parar la producción si continúan los paros del transporte. Que se ande con cuidado Sánchez, porque un español puede pasar sin comer pero no sin un bar abierto y una jarra fría de cerveza. Desde el descalabro de Madrid ya debería saberlo. Así que, con las cosas del comer (y del beber), poca broma.

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1 Comentario

  1. ¿Pero desde cuando el PSOE quiere acabar con la desigualdad social?
    Desde 1974,fecha en la que Felipe Gonzalez asumio el timon del PSOE,se acabo que fuera un partido de izquierdas.A partir de ahi,ni Felipe,ni Zapatero,ni Sanchez tienen el mas minimo interes en acabar con la desigualdad social.No digo ya que hubieran hecho algo al estilo socialista,sino ni minimamente al estilo de la socialdemocracia sueca o alemana.
    Sanchez es igual que los anteriores,no es que no sepa,es que no quiere.

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