PSOE y Unidas Podemos se encuentran ante un momento trascendente en la historia de ambos partidos. Las dos formaciones negocian discretamente lo que ellos mismos han denominado un “Gobierno de cooperación” para los próximos cuatro años y que se traduciría en acuerdos programáticos para llevar a cabo políticas sociales. Sin embargo, lo poco que se va filtrando de esas negociaciones secretas no deja mucho lugar al optimismo para aquellos que todavía confían en que cuaje un Gobierno de izquierdas en la Legislatura que acaba de arrancar y que podría ser efímera.

Las señales que nos llegan no invitan a pensar que los contactos vayan por buen camino. Todo avanza lentamente, entre despechos y despachos, enfados, calentones, llamadas perdidas de teléfono, suspensión de reuniones y un ambiente de meridiana tensión que confirma que ninguno de los dos actores en liza se fía del otro. Hoy mismo el secretario general de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, ha reclamado al PSOE que se siente a hablar de “programas y equipos” para formar un Gobierno de coalición y deje atrás las presiones y las “dinámicas de ruido”, según informa Europa Press. Todo un reproche y un mensaje de presión para Pedro Sánchez de parte del líder de la formación morada, que ya no habla de “Gobierno de cooperación”, sino de “coalición”, una fórmula que va más allá y que le permitiría a Unidas Podemos colocar a alguno de sus peones en el Consejo de Ministros.

“Toca proteger las negociaciones, no compartimos estilo de mandar mensajes a través de medios de comunicación. Hemos aprendido la lección de 2016”, ha asegurado Iglesias, que advierte de que “no es sensato negociar así, como si fuera un partido de tenis”, y que no piensa entrar en “dinámicas de provocación”.

Por su parte, Sánchez ofrece a Iglesias tres posibilidades para el cerrar el pacto: una legislatura con Unidas Podemos como socio preferente; negociación sobre políticas concretas para avanzar en una agenda social; y el ya cacareado “Gobierno de cooperación”, donde los podemistas contarían con altos cargos en la Administración Pública, nunca con rango de ministro. Ninguna de las fórmulas parece satisfacer a estas alturas del partido a Iglesias, que insiste en tener sillones y carteras en el nuevo Ejecutivo. Es obvio que, más allá de la euforia de los primeros días tras las elecciones generales por la derrota de las derechas, la negociación entre los dos principales partidos de izquierdas ha embarrancado o al menos se encuentra en punto muerto. Una mala noticia para los españoles, que necesitan un Gobierno y lo necesitan ya para empezar a acometer los grandes desafíos del país.

El “reloj de la democracia”, como lo llama el ministro José Luis Ábalos, se ha puesto en marcha, y la sombra de unas nuevas elecciones pende peligrosamente sobre el país. A falta de acuerdo con Unidas Podemos –cerrado en banda Albert Rivera a cualquier posible pacto PSOE/Ciudadanos– al presidente en funciones solo le queda jugarse el todo o nada en una investidura “a pecho descubierto”, es decir, presentarse con sus 123 escaños y esperar la “sorpresa”. De fracasar en su intento, como es más que previsible, cada partido y cada diputado quedaría retratado como responsable de permitir por fin un Gobierno o por arrastrarnos a todos a unas nuevas elecciones generales que serían nefastas para el país, ya que de nuevo cundiría la desafección y el desconsuelo de los ciudadanos ante unos políticos incapaces de ponerse de acuerdo.

De momento, parece que el líder socialista ha optado por jugarse ese primer órdago. Asesorado en todo momento por Iván Redondo y el propio Ábalos, y salvo que Pablo Iglesias decida darle un cheque en blanco a su investidura (cosa que no parece probable) Sánchez sopesa presentarse a esa “investidura kamikaze” en la primera quincena de julio, un primer intento con la incertidumbre de no tener suficientemente atados los apoyos necesarios, ni siquiera de nacionalistas vascos y catalanes. En principio, parece que el PNV estaría dispuesto a darle sus votos pero siempre que no haya ministros de Podemos en el futuro Gobierno. Bildu también podría abstenerse, favoreciendo un Gobierno del PSOE. Por el lado catalán ERC, del que se espera un apoyo in extremis que aún está por ver, deshoja la margarita a expensas de lo que pueda pasar con la sentencia del ‘procés’. Todo está cogido con pinzas, de modo que los socialistas asumen que pueden perder esa primera votación. Es algo que entra en sus planes. Ya llegará la segunda ronda de investidura, la hora de la verdad. El problema es que ese arriesgado plan socialista contempla la posibilidad de que lleguemos sin un Gobierno al mes de septiembre, fecha límite para la repetición de las elecciones. Algo que no interesa a los partidos progresistas, sí a la derecha.

Así las cosas, Sánchez sabe que solo le queda una vía segura: un acuerdo de coalición con Unidas Podemos con el apoyo de los nacionalistas. Por eso el presidente e Iglesias apuran los tiempos en un juego de desgaste donde se trata de ver quién tiene los nervios de acero. Una partida, más que de tenis, de póker, donde se impone el trilerismo político, la argucia, el farol y por qué no decirlo, algo de marrullería, de trampa y de ases bajo manga. Lo que queda es que ninguno de los líderes de la izquierda española dejaría a sus hijos con el otro para irse una noche a cenar con su mujer, o lo que es lo mismo: ambos creen que su interlocutor no es de fiar. Y eso no es bueno para la izquierda, que necesita superar de una vez por todas el cainismo, recuperar la unidad y diseñar una agenda auténticamente social con reformas de calado en la estructura del Estado. De ahí que ambos se vayan a jugar su futuro político en las próximas semanas. Y el de toda la izquierda española.

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