sábado, 18septiembre, 2021
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Sánchez apuesta por el «Hollywood español», Yolanda Díaz por controlar la factura de la luz

En los próximos meses las diferencias económicas en el Gobierno de coalición se harán más patentes y acentuadas

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La prensa de Madrid prevé otro otoño caliente. Con las derechas cargando una nueva moción de censura (abocada nuevamente al fracaso) y con los sindicatos rumiando algunos asuntos sociales que no terminan de resolverse (ajuste en pensiones, reforma laboral pendiente), Pedro Sánchez se enfrentará, a la vuelta de las vacaciones, a la difícil misión de reforzar las costuras del siempre maltrecho Gobierno de coalición. El presidente es como aquella Penélope del mito griego que teje durante el día lo que desteje por la noche. Así son las difíciles y tortuosas relaciones entre PSOE y Unidas Podemos.

Durante su viaje por Estados Unidos, y visto que Biden se hace el remolón para no recibirlo en la Casa Blanca, el inquilino de Moncloa ha avanzado algunas pinceladas de lo que quiere para la España de los próximos años. Por lo visto, su intención es convertir nuestra costa mediterránea en “el Hollywood de Europa”, un modelo económico que trata de aglutinar el cine de acción de Mark Wahlberg, las nuevas tecnologías de Silicon Valley, los viajes espaciales para ricos y el turismo de sol y playa de toda la vida. Eso que los economistas de hoy llaman, muy rimbombantemente, crear un “polo de inversión mundial”.

De momento se desconoce qué opina el alma podemita del Gobierno acerca de esa arriesgada apuesta del premier socialista de convertir la piel de toro en un inmenso plató de cine, como en aquellos tiempos de los grandes rodajes Bronston. Sobre El Cid, un film con miles de extras que dejó más pan en Peñíscola que cualquier plan Marshall, circulan numerosas anécdotas y leyendas urbanas. Se dice que a Bronston le hacía tilín el franquismo, de ahí que llegara a afirmar que en la España de aquellos años se respiraba “una atmósfera de paz sin histerismo, muy adecuada para las obras de creación”. Además, un joven Félix Rodríguez de la Fuente hizo las veces de improvisado adiestrador y maestro de cetrería de los halcones que tomaron parte en el film y el rodaje acabó como el rosario de la aurora con una pelea histórica entre Charlton Heston y Sophia Loren que ni la Guerra Fría entre USA y la URSS.

Levantar la meca europea del cine, tal como pretende Sánchez, no va a resultar tarea fácil. Franco lo intentó en su momento, pero le salió otra chapuza nacional made in Spain, tal como cuenta Kirk Douglas en sus imprescindibles memorias. De hecho, durante el rodaje de Espartaco la productora del actor se vio obligada a donar cierta suma de dinero a la fundación de la esposa del dictador y a contratar a soldados del glorioso Ejército español para que hicieran la veces de esclavos rebeldes caídos en la batalla contra Roma. Casposo, cutre y poco profesional, como cada cosa que hacía el Régimen.

Al final, de aquel Hollywood deslocalizado y sesentero solo quedaron los poblados de cartón piedra del Oeste, las andanzas y borracheras de Ava Gardner con bailaores y toreros y un manual de instrucciones del Séptimo Arte sobre cómo explotar a los lugareños españoles contratados como extras, a los que Bronston les daba un bocadillo de chorizo, un pin de la productora y pare usted de contar. Los derechos laborales nunca han estado en la agenda de un gobernante español.

Sánchez y su Hollywood español

Si tenemos en cuenta ese viejo tópico que circula entre los directores y productores hollywoodienses y que se cumple siempre (no hay gran superproducción sin un caótico rodaje) la idea de Sánchez puede terminar también de aquella manera. De entrada, choca de lleno con el modelo económico de morados, comunistas y anticapis que forman parte de la coalición Unidas Podemos. No será fácil articular semejante macroproyecto, que recuerda bastante a los planes campsistas y fabristas que los prebostes del PP valenciano diseñaron para sus tierras levantinas en la década anterior. Tendrá que aclarar y matizar Sánchez cómo piensa materializar (sobre el terreno, no sobre el guion), la España en cinemascope con la que sueña y que no deja de estar inspirada en las obras faraónicas de aquel zaplanismo desarrollista, sesentero y ful hoy felizmente superado.

Fuentes del Gobierno señalan que es muy probable que la idea de convertir el país en un plató para rodar mucho espagueti western y películas malas de acción, como antaño, es una apuesta personal de Sánchez, que entre cabezadita y cabezadita en el Falcon se le ocurre alguna idea brillante. Pero primero tendrá que convencer a la combatiente Yolanda Díaz, que es una mujer de la izquierda racional, ilustrada y a la europea siempre alérgica a vender el humo de una cooperación con los yanquis que nunca deja nada bueno, ya que los magnates mangantes de Wall Street ven España, exclusivamente, como un inmenso casino Las Vegas con múltiples posibilidades de juego, diversión y lupanares a gogó. Díaz tiene en la cabeza asuntos más importantes, como esa maldita factura de la luz que ha creado una generación de pobres torrados por el calor veraniego o los ERTE, que cuando se acaben van a dejar una epidemia de hambruna que ni Etiopía en época de sequía.

La ministra de Trabajo no se resigna a la idea de que nuestro país tenga que quedar en manos del capital extranjero, como si aquí no tuviésemos una industria potente en diversos sectores como el agroalimentario. Lo que no puede ser es que estemos importando limones de Sudáfrica cuando en la huerta murciana tenemos los mejores limoneros del mundo. Esa es nuestra gran tragedia como país: que disponemos de la lana de la mejor calidad y seguimos enviándola por cuatro perras a los telares flamencos, como en los años de la decadencia del imperio español.

En cualquier caso, Unidas Podemos va a echar toda la carne en el asador de aquí a las próximas elecciones. Ya ha trascendido que el partido fundado por Pablo Iglesias quiere imponer, ya en los Presupuestos de 2022, la agenda social y la reforma fiscal y laboral pendiente, tal como refleja el acuerdo de coalición. En el PSOE parece que no están por la labor de apretar el acelerador, que para eso ha colocado Sánchez a la Calviño a los mandos de la política económica de los próximos años, para que lo frene todo. En el alma socialista se imponen las cifras macro, el techo de gasto y el control del déficit que exige Bruselas. Toda esa jerga, en fin. Podemos, por su parte, pretende centrarse en la política de lo pequeño. La gran superproducción capitalista frente al cine realista e íntimo de la gran ministra roja. ¿Quién se acabará imponiendo?

Hasta donde sabemos, el presidente del Gobierno considera que con los 140.000 millones en ayudas europeas habrá más que suficiente para remontar la crisis, agotar la Legislatura y ganar los comicios de 2023. Sigue habiendo, por tanto, dos velocidades en el Ejecutivo de coalición y en los próximos meses las diferencias serán más acentuadas y visibles que nunca. Esperemos que Sánchez y Díaz no terminen tirándose la vajilla a la cabeza como Heston y la Loren.

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