Pedro Sánchez, pese a las muestras de cansancio y las dificultades, sale airoso de esta crisis

Pedro Sánchez deshoja la margarita a pocos días de que se decida el futuro de los Presupuestos Generales del Estado. O mantiene las alianzas con los partidos independentistas para sacar adelante las leyes pendientes o cierra algún tipo de acuerdo de mínimos con Ciudadanos, que en menos de un año ha pasado de la estrategia gamberra de Albert Rivera (aquello de “la banda de Sánchez”) a pactarlo todo o casi todo con el Gobierno de coalición. Durante los meses duros de la pandemia, y en una labor eficaz sin apenas hacer ruido, Inés Arrimadas ha ido tejiendo sólidos acuerdos con Moncloa sobre las diferentes prórrogas del estado de alarma, creando un clima de confianza con el Ejecutivo que ahora puede fructificar en una colaboración mucho más seria y articulada. Podría decirse que aquel imaginario cordón sanitario que Rivera quiso colocarle en su día al presidente del Gobierno, para confinarlo y aislarlo del resto de fuerzas políticas como si se tratase de un virus letal, ha saltado por los aires por la presión de otro cordón médico mucho más concreto, peligroso y real: el que trata de vencer como sea al covid-19.

El acierto de Arrimadas ha sido saber ver a tiempo que con la pandemia no se juega ni se puede hacer política basura, de modo que ha entendido que la unidad de la sociedad y de todas las fuerzas políticas, ese manido “remar todos a una”, era un elemento fundamental para superar la lacra. Podría decirse que la líder naranja se ha puesto el traje quirúrgico cuando tocaba, dejando a un lado la demagogia inútil, el ruido y el populismo rancio de Rivera. De ahí que desde el mes de marzo haya ido avalando las sucesivas prórrogas del estado de alarma que proponía Sánchez para confinar a la población e hibernar la economía. Ese fue el inicio del nuevo clima político que el “arrimadismo” ha tratado de insuflar a sus relaciones con Moncloa.

Pero la joven política catalana no solo ha dado en la diana en la estrategia sanitaria que se debía seguir. También ha comprendido que demasiado roce con la ultraderecha de Vox era un error y resultaba altamente contagioso. Santiago Abascal es un gran supercontagiador de nefastas ideas políticas y todo aquel que se acerca a él termina asfixiado, en la UCI política. Arrimadas ha entendido que para dar el giro al centro-derecha necesitaba limpiar el partido de ultras y falangistas y colocar a una pieza clave, una cara nueva. En ese sentido, Edmundo Bal ha cumplido a la perfección con el papel de presunto moderado en las tumultuosas y tabernarias sesiones parlamentarias.

A partir de ahí todo ha sido mucho más fácil para Ciudadanos. El partido no solo ha repuntado en la encuestas sino que tiene claro que no puede ir a unas nuevas elecciones que resultarían calamitosas para el proyecto emergente. Cualquier acuerdo es mejor que el no acuerdo, de ahí que Arrimadas se sienta impelida a negociarlo todo con Sánchez. Todo menos el conflicto en Cataluña, ya que a fin de cuentas la razón de ser de Cs, su objetivo final, es que nada cambie por aquellas tierras últimamente convulsas. Y en ese juego está la inteligente sucesora de Albert Rivera. Dialogar y pactar con el Gobierno de coalición en todo aquello en lo que pueda haber acuerdo y seguir existiendo como dique de contención contra el soberanismo catalanista.

Con todo, el plan Arrimadas no deja de ser una trampa diabólica para Sánchez, que tendrá que elegir entre firmar un pacto más o menos secreto con Ciudadanos y romper con sus tradicionales aliados (ERC, por ejemplo) o seguir como hasta ahora. Iván Redondo, gran gurú del actual Gobierno, primer asesor y hombre de confianza del presidente, parece más proclive a probar nuevas experiencias con los naranjas. Gobernar con el apoyo de ERC y Bildu se antoja una aventura demasiado arriesgada que da argumentos al PP aznarista de Pablo Casado y a la extrema derecha en su intento de convencer a la opinión pública de que Sánchez es un amigo de los filoetarras y separatistas que quieren romper España. El secretario general socialista nunca ha sido tal cosa, siempre se ha movido en el terreno constitucional (hasta ha vetado una Comisión de Investigación sobre las cuentas del rey emérito, qué mayor prueba que esa de su fidelidad al Régimen del 78) pero es cierto que tomarse cafés con Otegi para sacar adelante los diferentes decretos deja marca y mancha. El presidente del Gobierno está loco por soltar amarras con los independentistas, con los que ha compadreado por pura necesidad e instinto de supervivencia, y el ofrecimiento de Arrimadas es una oportunidad que ni pintada para cambiar radicalmente el escenario político. PSOE, Unidas Podemos y PNV sumarían 161 escaños, que unidos a los 10 de regalo de Cs rozaría la mayoría absoluta. Solo faltarían 5 diputados para alcanzar el Olimpo parlamentario, que se podrían sacar de cualquier otra formación minoritaria de las muchas que pueblan el hemiciclo. El escenario seduce a Sánchez, que sin duda ha dado la orden de explorar las nuevas posibilidades y pasar de la “geometría variable” (pactos puntuales con cada fuerza según el asunto a debatir) a la “geometría total” (acuerdos sólidos y estables para toda la legislatura).

De momento, Gabriel Rufián ya se ha cogido el consiguiente ataque de cuernos. Sabe perfectamente que empieza a no ser imprescindible y asume que el Gobierno va a poder gobernar sin ERC. Además, la situación en Cataluña se le complica y la victoria en las próximas elecciones ya no parece tan al alcance de la mano. Los últimos sondeos del CIS catalán dan empate técnico, el margen de crecimiento de Ciudadanos se amplía y Puigdemont, con su enésimo proyecto de partido, renace con fuerza.

A Sánchez se le aclara el panorama y empiezan a salirse las cuentas. Solo tiene un par de piedras en el camino y no son precisamente pequeñas: convencer a Pablo Iglesias de que una alianza por la derecha es buena para el país y la mesa de partidos en Cataluña, cuya suspensión exige Arrimadas para como condición sine qua non para empezar a hablar. Hoy mismo, Lorena Roldán, diputada de Cs en el Parlament, ha criticado “el bochorno de este fin de semana en TV3, donde hemos visto cómo desde la televisión pública que pagamos todos los catalanes han sido entrevistadas como héroes personas condenadas por delitos muy graves”. Sánchez tiene la manzana envenenada de Arrimadas ante sus propias narices. ¿Morderá el fruto prohibido el presidente?

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