Foto: Alex Jiménez.

“A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro y nos dé su bendición. ¡Viva San Fermín!”

Este año, el silencio reina en la Cuesta de Santo Domingo de Pamplona antes de las 8 de la mañana. Desde marzo, el encierro ha exigido sacar el lado más valiente de cada uno de nosotros para no recibir la cornada del Coronavirus.

El recorrido de San Fermín son 850 metros, quizá un metro por cada día que estamos viviendo entre que la Covid19 saltó las talanqueras humanas en Wuhan y el día, dentro de un año y pico, en que su vacuna sea accesible para la población.

Si cambiamos la escala de un día por cada metro del recorrido, los sanfermines definen muy bien la primera parte de la pandemia vivida en España: con el bicho en toriles, pocos se acercaban a verlo, por mucho que pareciera que en Italia arremetía con bravura.

Una vez que los astados de la ganadería Covid19 salieron de los rediles el 13 de marzo, solo los sanitarios más expertos en infecciones contagiosas se atrevían a encarar sus pitones, sabedores de que estaban en franca desventaja al correr cuesta arriba sin EPIs.

Por la plaza consistorial se empezaban a acumular las víctimas, que caíamos a la velocidad de un chupinazo. En plena calle de Mercaderes, los sanitarios nos plantearon que dejáramos de hacernos los chulitos delante de las astas de los toros del coronavirus, para rebajar la velocidad y su poderío, para no desbordar el sistema sanitario, a punto de colapsar.

Gracias a que nos lo tomamos todos en serio y colaboramos, al ser conscientes de que nuestra vida podría estar en juego, las mutaciones originarias del corona se estampaban contra las talanqueras de la curva de Estafeta. Provocando bellas carreras de los sanitarios asistidos por la comunidad Maker y sus impresoras 3D durante el mes de mayo.

Todo ello mientras, en el balcón del ayuntamiento, se tiraban los trastos los diputados sin hacerse cargo de las circunstancias.

Llegó junio en plena calle de Telefónica. Con la fase 1, empezamos a incorporarnos al recorrido, a salir a pasear y a reencontrarnos con nuestros allegados más cercanos en reducidos grupos.

Fuimos intentando recuperar la confianza, sabiendo que las víctimas de la ganadería Covid19 estaban ahí, pero sin querer apercibirnos de que un pequeño rebrote podría provocar una montonera en el callejón de la Plaza de Toros que nos abocaba al verano y a la anhelada reactivación de la economía. Con el peligro que provocan las montoneras, donde un bicho de esos virulentos se puede dar la vuelta y, resabiado, embestir a los relajados mozos con mascarilla en la barbilla, que van por el recorrido por puro postureo, creyendo que eso del coronavirus no va con ellos.

Ahora, por San Fermín, estamos ya en la Plaza de Toros de la nueva normalidad, con las gradas llenas de personas que no han visto de cerca la peligrosidad del coronavirus y se dedican a saltarse las mínimas normas de seguridad y convivencia, autoengañándose con que los embistes del bravo ganado de la Covid19 son tan inocentes como los de las vaquillas que, de vez en cuando, le dan un revolcón a algún mozo distraído.

Y no, hermanos, aquí tenemos que protegernos todos detrás del burladero.

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Soy abre puertas, se me da bien conectar necesidades con soluciones. Me rijo por tres frases: la de mi madre “la vergüenza pasa y el provecho queda en casa”; la de mi padre, “la persona más feliz es la que menos necesidades tiene”; y la mía, “para crear valor hay que tener valor”. En plan profesional, soy FEO (Facilito Estrategias Operativas), conecto innovación con el mercado, mentor y docente en @eoi y @SEK_lab. Emprendedor con mi startup de comida rápida saludable. Autor libro “abre puertas, cómo vender a empresas”. Miembro de @Covidwarriors. En otras décadas organicé en IFEMA la feria Casa Pasarela y fui gerente de un concesionario oficial en Madrid de motos Honda. Licenciado en Dirección y Administración de empresas por CEU San Pablo, diplomado en diseño industrial por IED (Instituto Europeo Di Design), master de comunicación aplicada en Instituto HUNE.

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