Hay una tradición celta en pleno apogeo ahora mismo, Samhain, que es el tiempo de celebrar la cosecha que se ha sembrado a lo largo del año; de bailar, comer y beber al calor del fuego de las hogueras. Nos ofrece la oportunidad de dar las gracias por lo que somos, por lo que tenemos y, sobre todo, al ser el momento del año donde los dos estados energéticos que somos están más conectados, de agradecer a las personas que nos han traído hasta nuestro presente. Es decir, a nuestros antepasados, reservándoles un lugar en nuestra mesa para la cena, para volver a celebrar la vida.

Para comunicarse con nuestros antepasados, los druidas se pintaban la cara y se vestían con pieles de animales, a la vez que un grupo de emisarios pasaba casa por casa recogiendo ofrendas para los espíritus.

En USA, la tradición es tan importante que, desde 1845, se acordó que las elecciones presidenciales serían el primer martes de noviembre después del primer lunes, para no coincidir con esta celebración, dado que el sábado y el domingo son días de rezo y de mercado.

En mi caso, tengo dos cosechas que celebrar: una, la de la startup de comida rápida saludable; y otra, el lujo de ser parte de una producción audiovisual del mundo del motor. Hace un año, mi amigo Valen volvió a mi vida para plantearme un reto: “voy a hacer mi sueño de vida realidad, a continuar lo que nunca se ha realizado”. A lo que respondí: “no me digas más… Pocas cosas me gustan más que ayudar a otros a realizar sus sueños”.

El primer Zoom con Valen y Abel, el guionista, me pilló incubando la Covid19, así que hasta abril no pude incorporarme al proyecto, básicamente para tirar para adelante en esos inciertos momentos. Pasaron los meses, Abel creó un guión y nos pusimos a localizar a los protagonistas que nos pedía, así como los lugares idóneos. Estábamos en boxes hasta que Valen decidió salir a pista, tirándose a la piscina mientras su amigo Álvaro la iba llenando de agua.

El pasado lunes 26 de octubre, 35 años después del primer “Regreso al futuro”, me involucré en un rodaje profesional del mundo del motor como parte del equipo de producción. Fueron 66 horas repletas de adrenalina, de las que, como mucho, dormí seis horas en dos noches. En el filme, todo está medido al centímetro, para que no haya ningún error; todo funciona como un reloj y, si algo no sale como se previó, se buscan varias soluciones en tiempo real. Porque el tiempo es oro y, para grabar bellas tomas al amanecer, hay que despertarse muy temprano. Si algún día tienes la oportunidad de presenciar un rodaje donde la velocidad es la esencia, tómalo como un regalo.

Aparte del chute de adrenalina, me ha servido para recordarme por qué trabajo en lo que  trabajo y cómo lo hago. Llevo mal que me den órdenes sin explicación alguna, y que a otros les cueste admitir que puede haber una solución Z; pero comprendo que sea así para que un ejército funcione de inmediato, especialmente cuando cada segundo vale dinero.

Eso sí, como tenía claro que quien me daba las órdenes era muy bueno en lo suyo y conseguía resultados como reservar hoteles, restaurantes y los salvoconductos para viajar 15 personas entre Madrid y Barcelona, e incluso manejaba la gestión de los tiempos, me quité el cerebro, me puse en modo no cuestionar una orden y, de repente, encontré un paraíso: qué maravilla es eso de obedecer, de no pensar; qué relax que decidan otros lo que hay que hacer; a mí, que me gano la vida pensando por los demás o enseñándoles a hacerlo.

Así que, a disfrutar de las vacaciones mentales sin parar de currar en lo que haga falta, qué gozada. Una vez al año no hace daño.

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