Quién diría hace un año, cuando estábamos  viajando en el puente de la Constitución e inmersos en la vorágine de compras, cenas de empresa y reuniones con amigos que tan solo unos meses más tarde, nuestras vidas cambiarían abruptamente ; tres meses de encierro, limitaciones a la movilidad,la mascarilla como accesorio imprescindible de nuestro dia a día y miles de familias rotas del dolor por la pérdida de sus seres queridos…Y todo así, de repente, sin que ninguno de nosotros pudiera imaginarlo mientras despedíamos el 2019 entre brindis, turrones y mazapanes.   

A estas alturas, no caben dudas que dejamos atrás un 2020 difícil para todos; para los niños, para los abuelos, para los trabajadores, muchos de los cuales se vieron abocados al paro o la  incertidumbre de los Erte, pero especialmente duro para el personal sanitario que ha estado al frente del batallón, expuestos de forma directa, luchando contra el virus sobrepasados a nivel físico y psicológico en un contexto de falta de materiales, respiradores y Ucis abarrotadas. Muchos sueños despedazados, demasiadas vidas en el camino.

Y frente a este desolador panorama, los ciudadanos a pie de calle nos vimos obligados, no sin dificultad, a adaptar nuestros comportamientos, actividades, hábitos y costumbres.

Sin embargo, a las derechas, con epicentro en el gobierno de Díaz Ayuso-Aguado en Madrid, este esfuerzo colectivo poco les importaba: la gestión de la crisis suscitada por el Covid era un campo de batalla para sacar tajada electoral  y, en la medida de lo posible, forzar la caída de un gobierno legitimamente elegido en las urnas  y en el Congreso unos meses antes. Durante los últimos 9 meses, el plan alternativo de Puerta del Sol fue decir y hacer lo contrario que se sugería desde Moncloa.   

Mientras en otros países de nuestro entorno, la oposición a los distintos gobiernos de Costa, Comte, Merkel, Macron entendían que la prioridad era salvar vidas y “arrimaba el hombro” con alternativas, propuestas y apoyo parlamentario, en España, el Partido Popular de Pablo Casado se abrazaba al discurso de la extrema derecha con la esperanza de forzar un adelanto electoral que, en medio de una crisis sanitaria mundial, le permitiese llegar a La Moncloa…. “Spain  is different “afirmaba el fundador del PP, Manuel Fraga Iribarne desde el  Ministerio de Turismo e Información de la dictadura franquista. Pablo Casado, en un ataque de coherencia, no iba a contradecirle: Sumar votos era prioridad a salvar vidas.    

Y en este contexto, el gobierno de coalición, apenas estrenado, hizo malabarismo parlamentario para prorrogar cada 15 días el Estado de Alarma, frente a un PP que se negaba a apoyar el único mecanismo constitucional que, por un lado limitaba la movilidad y, por otro, permitía salvar vidas.

Y como si fuera poco, en pleno pico de infectados y fallecidos, desde la Asamblea de Madrid, la presidenta Díaz Ayuso alentaba los cacerolazos en el barrio de Núñez de Balboa contra el “recorte de libertades del gobierno sociocomunista que quiere imponer una dictadura”.

Y frente a la proximidad del verano, desde distintos sectores hosteleros, con la inestimable ayuda de los medios de comunicación afines,  más las presiones de gran parte de presidentes autonómicos de uno y otro color político, empezó a correr como la pólvora el mantra “Hay que salvar el verano“ hasta tal punto que,  acuciado por la falta de apoyo parlamentario, el gobierno PSOE-Podemos no tuvo más opción que organizar una desescalada que, a tenor de los resultados, se demostró precipitada y fallida. La falta de confianza de los teleoperadores y del resto de gobiernos europeos en la misma, condenó al sector turístico a un fracaso sin paliativos pero generó una falsa ilusión que lo peor de la pandemia ya había pasado.

Y  los turistas no llegaron, los hoteles y comercios se vieron forzados a rebajar sus tarifas y productos a precios de coste de cara al turismo nacional y,  en algunos casos, a echar el cierre antes de lo previsto.

No “salvamos el verano “pero, por esa sensación de relajación, una segunda ola de contagios y fallecimientos evidenció que el virus seguía entre nosotros, que no se había ido como habíamos creído ingenuamente.

El resto es conocido; endurecimiento de restricciones en Madrid a pesar de la negativa de su presidenta, un estado de alarma impuesto en la región “a las bravas” desde Moncloa por el aumento excesivo de contagios, rifirrafes sobre días de cierres perimetrales en los puentes de noviembre, Barajas, etc.

No obstante, desde la dirección nacional del PP, la Vicepresidencia de la Comunidad de Madrid  y el Ayuntamiento, desconociendo si por incompetencia, torpeza o simplemente para contentar a su electorado, empezaron a imponer en la agenda mediática el mensaje “Hay que salvar la Navidad” acompañado posteriormente con declaraciones tales como la del Vicepresidente Regional Ignacio Aguado “El problema está en las casas, no en las calles, ni en el transporte público…” “Prefiero que la gente esté en la calle a que este en sus casas ”,discurso también apoyado por el Alcalde de Madrid José Luis Martinez Almeida cuando por el encendido de luces navideñas durante el Black Friday  y,  la inauguración del Belén de la Puerta del Sol para disfrutar, según la propia marquesina ,“como todos los años”, las calles del centro de Madrid se vieron colapsadas por peatones a tal punto que el ayuntamiento tuvo que organizar carriles de circulación, medidas que en la oposición, PP y Cs,  durante el gobierno de Manuela Carmena, cuestionaron. Relativizar las aglomeraciones callejeras, mientras se inaugura un hospital de “Quita y Pon”, sin personal sanitario ni quirófanos y con un sobrecoste, por ahora, del 50 por ciento sobre el presupuesto original, es sólo una de las contradicciones que emanan a diario desde el gobierno PP-Cs de la Comunidad de Madrid.

 Nadie niega el hastío ciudadano sobre las consecuencias de las diferentes restricciones de movilidad y actividad a las que nos ha sometido la pandemia y que nos impide, hasta el día de hoy, volver a nuestras vidas precovid pero, si a este hecho le sumamos la irresponsabilidad de ciertos dirigentes políticos de las derechas que lanzan mensajes demagógicos y populistas “salid a las calles, aquí no ha pasado nada” sólo acrecienta socialmente la falsa idea que el virus ya se ha ido, pero no, aquí sigue entre nosotros hasta alcanzar en noviembre el máximo registro de contagios y fallecidos en los 9 meses de pandemia… Sin duda, es echar cerrillas a un fuego que debemos apagar juntos cuanto antes y solo podemos hacer con responsabilidad…. No se ha aplacado la segunda ola cuando estamos ya a puertas de la tercera! .

Las consecuencias sanitarias de “Hay que incentivar la economía” (Black Friday) y de la decoración navideña de los centros urbanos ya asoman en el  aumento histórico de contagios y de fallecidos de los últimos días.   

Y frente al castizo “Aquí no pasa nada” , el resto de gobiernos europeos a los que estos mismos políticos españoles refieren tanto en otras ocasiones, siguen endureciendo restricciones de movilidad, limitaciones de aforos, prohibiendo incluso todas las actividades no esenciales como cines, teatros, gimnasios, bares, restaurantes, etc.

 En este sentido, relevantes fueron las declaraciones de la canciller Ángela Merkel en la sede del parlamento alemán, hace tan solo unos días, donde suplicaba a los ciudadanos alemanes, casi entre sollozos, “Pagar un precio diario de 590 muertos no es aceptable. Por favor, quedaos en casa” evidencian que, en España, tenemos ciertos dirigentes irresponsables que  no piensan en el bienestar de sus ciudadanos, sino en sacar rédito electoral en medio de una situación de salud pública mundial.

Y entonces…  ¿Podemos hacer algo los ciudadanos a pie de calle? Mucho, más de lo que creemos, simplemente tener la responsabilidad de la que algunos carecen. Más allá de “batallitas” dialécticas sobre términos como “allegados” o sobre el número permitido de comensales en Nochebuena y Nochevieja, bastaría, antes de tomar cualquier decisión, valorar si merece la pena ir al centro de nuestras ciudades durante el fin de semana a ver las luces de Navidad “porque son bonitas”, si es  conveniente viajar a nuestros pueblos “como sea” para estar con nuestros padres y abuelos, aún sabiendo que podemos ser agentes transmisores asintomáticos,abarrotar los centros comerciales o no respetar los límites sugeridos para las reuniones con amigos y familiares. Pensemos ,también, en los sanitarios que se jugaron literalmente la vida para salvar enfermos, en las miles de familias que han perdido a sus seres queridos por causa del virus y , por qué no, que estas fiestas podrían ser las últimas con los nuestros.

Y así todo, algunos preguntarán…y los regalos?

En una crisis sanitaria de tanto calado que arrastra a miles de familias al paro, a la pobreza y a la indigencia extrema, pensar en ellos, no deja de ser una frivolidad.

Evitar desplazamientos y reuniones familiares con nuestros padres, abuelos y personas de grupo de riesgo, sin duda, es el mejor regalo que podemos hacerles.

Quizás sea el año de reinventar unas fiestas, que por cierto, poco invitan a celebrar, sacando partido a las nuevas tecnologías; videollamadas, videos caseros, mensajes de audio y fotografías podrían sustituir, esta vez, los besos y los abrazos.         

Que el virus de la irresponsabilidad de algunos políticos no se expanda depende solo de cada uno de nosotros y, solo de nosotros depende que el año que viene, en diciembre, estemos todos juntos alrededor de la mesa para darnos esos besos y abrazos pendientes. De momento, es una buena ocasión para ir guardándolos…. para que no se pierdan!    

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1 Comentario

  1. El eslogan franquista «spain is diferent», que menciona el autor del articulo, desde mi perspectiva, y aun sin pretenderlo, refleja una estricta realidad. España, con o sin franquismo, eso solo idiosincrasia trilera, ruin, zafia, envidiosa, aberrantemente insolidaria, e irresponsable. Por eso, españa tiene actualmente lo que se merece, tanto en su gobierno como en la opisicion, es decir, el residuo de la iresponsabilidad continuda de un bipartidismo ladron, y el patetico espectaculo del mas cutre oportunismo, en la izquierda y la derecha, que pretende ser radical

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