Don Antonio Garamendi, el nuevo presidente de la CEOE, un señor muy elegante que estudió Derecho en Deusto y es miembro de una familia de gran abolengo formada por industriales y armadores, gente con muchos kilómetros caminados sobre las alfombras de los consejos de administración, afirmó en una entrevista que “los empresarios pueden dejar de contratar. Si a la empresa se le complica una norma laboral, igual no contrata a nadie, esto es así”.

Y esto lo dijo en el mejor tono amigable y conciliador que sabe, y menos mal que fue así, porque la clase trabajadora, esos ingratos e ingratas que piensan que todo el monte es orégano y que parece que les ha hecho la boca un fraile, pensarían que es una amenaza en toda regla, no vamos a decir que al estilo de Don Vito Andolini de Corleone, pero casi. Estos señores empresarios de alto nivel, cuyo hábitat natural son los despachos, las salas de juntas y los consejos de administración, gente fina que se desmaya como un jacinto escuchando un aria de ópera o un verso de Virgilio, no usarían ningún método de los empleados por Don Vito.

Pero las palabras de Don Antonio, presidente de esa benefactora asociación de empresarios, unos padres que como tales solo quieren lo mejor para sus díscolos, insaciables e irresponsables hijos, tampoco deben ser tomadas en vano. Eso lo dijo cuando se oyó decir al nuevo gobierno que iba a derogar la reforma laboral, esa generosa, solidaria y casi providencial ley. Una ley que el gobierno, pasado el calentón que tenía cuanto lo dijo, ahora no se atreve no solo a derogarla, sino que mucho nos tememos que no osará tocar ni siquiera los “aspectos más lesivos” de ella, como ha matizado más recientemente para no disgustar más a los ya disgustados empresarios.

Unos empresarios que siempre han aguantado lo indecible, pero no son de bronce y toda paciencia tiene un límite. De momento la refoma laboral, obra magna de Don Mariano Rajoy, sigue vigente como el sol que nos alumbra. Una reforma hecha en plena crisis cuando los trabajadores estábamos más tiempo con los pantalones bajados que subidos. Una reforma que resultó una máquina formidable de generar precariedad, llegando a subir la temporalidad hasta el primer puesto de Europa, casi el doble que en el resto de la UE.

Una reforma laboral que no solo no garantizó una vida digna para los trabajadores, según manda la sagrada, solo para algunas cosas, Constitución, sino que ni siquiera contempló su derecho constitucional a una vida mínimamente decente. Una reforma laboral que aprovechó muy bien la crisis para crear el pánico, la estampida de sálvese quien pueda, entre la clase trabajadora a perder el empleo y quedarse para siempre en el círculo del infierno del paro.

Una reforma que tenía toda la pinta de venganza siciliana y que arrebató a los trabajadores y trabajadores de un plumazo derechos que costaron muchos años de lucha sindical a cara de perro, cuando los sindicatos todavía enseñaban los dientes y gruñían cuando se les tocaba el plato y no habían llegado, salvo contadas excepciones, al grado de domesticación circense que ahora ostentan. Unos sindicatos que entonces todavía creían en la lucha, en la movilización permanente para mantener a raya la avalancha neoliberal que ha terminado sepultándonos.

Ahora los sindicatos en vez de permanecer día y noche en la casilla guardando el melonar se contentan con celebrar reuniones con la patronal y firmar acuerdos sin darse cuenta que tienen un papel firmado que guardan como oro en paño, pero ya no queda un solo melón por robarles. Después van a reclamar, sin darse demasiada prisa, como si dieran tiempo a que los trileros desmonten su tenderete.

Mucho nos tememos que la reforma laboral no se va a tocar. Nuestro instinto de perros apaleados nos dice que el gobierno, poco o nada presionado por los sindicatos, no solo no se atreverá a tocar una coma de la reforma laboral sino que igual nos clavan de propina otro par de banderillas en forma de algún artículo nuevo para que quede claro quien manda en el cortijo.

La inquietud que desató entre los empresarios el amago de compromiso del gobierno interino de Sánchez de derogar primero y, después de pensárselo mejor, modificar dentro de un orden lo peor de la reforma laboral, se ha convertido en un gran berrinche al enterarse que el reciente gobierno de coalición ha acordado subir el salario mínimo hasta la estratosférica cifra de novecientos, 900, euros. Sí, han leído ustedes bien, novecientos eurazos de salario mínimo. La patronal se quedó absolutamente desolada y aturdida, demudada ante tamaña subida.

Como es natural, la sufrida asociación de empresarios, me refiero a las grandes empresas del Ibex que no dejan de amasar grandes beneficios año tras año, apenas repuestos de la sofocación de la Reforma Laboral, ha montado en cólera por lo que consideran una fea provocación de los de siempre. Y como represalia, la CEOE ha informado que en lo que va de año se han dejado de contratar a miles de personas. Y se escandalizan y rasgan sus camisas de Armani al oír la desmedida y exorbitante cifra de novecientos euros, cuando don Antonio y los suyos no tienen con eso ni para pagar la cuota mensual del club de golf, pero eso es otro cantar, a ver si vamos ahora a cambiar el orden natural de las cosas. Como suelen decir por La Mancha: “A ver si ahora van a tirar los pájaros a las escopetas”.

Ahora Pedro Sánchez y su gobierno formado ya casi cuando no quería la borrica, otro dicho manchego, ha afirmado delante de cualquier micrófono que le han puesto, incluso lo ha hecho delante de una alcachofa en una visita a Calahorra, que durante su legislatura, que será ardua y dificil en sumo grado, se subirá el salario mínimo a la increíble cifra de 1000 euros.

La CEOE por boca de su presidente ha dicho que de ninguna manera consentirán tamaño desatino. Su amenaza principal es que esa descabellada medida hará que aumente el paro de una forma exponencial. Qué decepción para Don Antonio y sus asociados que esos malos españoles que se nieguen, como se han negado siempre y si lo han hecho es a base de zurriaga, a arrimar el hombro aceptando con sumisión y mansedumbre que no se puede subir el salario mínimo a mil euros, sin causar un terrible daño, a la economía, a los grandes números del crecimiento económico, en suma, a España. Alguien, seguramente unos rojos horribles, les han lavado el cerebro hasta convencerles con malas artes de que necesitan ese salario mínimo simple y llanamente para sobrevivir, para llegar aunque sea a rastras a fin de mes.

Cuando está demostrado que con seiscientos pavos al mes se puede vivir tan ricamente y si no que se lo digan a los millones de jubilados que disfrutan de ese holgado y satisfactorio nivel de vida.

Por una vez y sin que sirva de precedente la CEOE debería haber hecho un imprescindible ejercicio de empatía y echar cuentas de si puede o no un trabajador llegar a fin de mes con menos de mil euros. Pero la organización empresarial nunca se pondrá en lugar de nadie y menos de los trabajadores, sobre todo ahora que están a su merced, cautivos y desarmados, como debe ser, con más de tres millones de parados que constituyen un ejército de mano de obra de reserva, un ejército vencido de españoles de España, no de moros y negros y sudacas etc, sino de españoles de España, que vaga sin rumbo de acá para allá cabizbajo y meditabundo. Un ejército de reserva que es utilizado por ellos como permanente recordatorio a los trabajadores de quien tiene la sartén por el mango y que más vale callar so pena de ingresar mañana en las filas de esa ingente tropa que ya no se queja porque han asumido y aceptado su destino como si de una catástrofe natural se tratara.

Esta situación excepcionalmente ventajosa para la CEOE, con trabajadores que dan gracias por trabajar aunque sea en unas condiciones que en modo alguno hubieran aceptado las generaciones anteriores, les ha subido mucho la moral. Por eso la CEOE está crecida como nunca, tanto que no teme para nada que esa negativa por su parte a subir el salario mínimo vaya a perturbar la paz social. Están sobradamente tranquilos y convencidos que las últimas crisis han dejado para muchos años, décadas incluso, a la masa de trabajadores y trabajadoras hundidos en la más absoluta desesperanza, abatidos, acobardados, desanimados y temerosos a perder lo poco que todavía tienen. Y más flexibles y suaves que la piel de las tiendas de Loewe o de Louis Vuitton que los capitostes del Ibex, esos padres de la patria, suelen frecuentar. Y más impotentes que el inspector de un casino de Las Vegas. Al final se ha llegado a un acuerdo, un “ni para ti ni para mí” y el salario mínimo ha quedado fijado en novecentos cincuenta euros. Con eso se ha evitado ese fin del mundo, ese apocalipsis total, según los empresarios, que hubiera supuesto llegar a esa mareante cifra de mil euros. España, por poco, se ha salvado. Pero no los españoles que dependen de un salario. A ésos no los salvará nadie que no sean ellos mismos.

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