De un tiempo a esta parte, concretamente desde el “surgimiento” de un amplio espacio reivindicativo como “España vaciada”, lo rural o el mundo rural ha cobrado protagonismo en el debate público, así como, tras la irrupción en el Congreso y Senado de Teruel Existe (TE), en el espacio político. Lo más interesante de este hito histórico consistirá en ver cómo la economía de mercado, cuyo éxito se ha basado en la expansión del mundo urbano en detrimento de lo rural, es capaz de hacer frente a una nueva contradicción con las mismas recetas de siempre.

Hasta el momento, una de las alternativas planteadas como muro de contención para evitar este tipo de “rebelión”, consistió en políticas de desarrollo basadas en la revalorización del patrimonio cultural y natural. En ese sentido, tanto las instituciones europeas como las del Estado español, entendían que, la apuesta por la recuperación de dicho patrimonio, aportaba a los territorios rurales un elemento diferenciador que les podían hacer más competitivos en el suculento mercado de bienes y servicios. No obstante, y por muy prometedor que pudiera resultar el proyecto, el éxito, al estar sujeto a la coyuntura económica del momento, no estaba nunca garantizado.

En la puesta en marcha de estas políticas han estado muy presentes, en diferentes etapas y por multitud de motivos, los paisajes salinos. Si bien su revalorización nació de forma autónoma como alternativa a las consecuencias de la globalización sobre el espacio rural europeo (Francia, Portugal, Italia…), las instituciones al mando no tardaron mucho en ver un pequeño bálsamo que, sumado a otras tantas actividades artesanales y naturales, bien pudieran servir de freno durante un momento puntual a las críticas contra el modelo productivista.

El mejor exponente de este tipo de proyectos, que eclosionan en un momento muy concreto (en este caso tras la crisis financiera de 2008), y no obtienen la debida continuidad por parte de las instituciones, es el del Ecosal Atlantis. Esta brillante y ambiciosa propuesta, pensada para conectar e impulsar los paisajes de la sal europeos a través del ecoturismo tuvo, tras la inversión inicial, un breve recorrido que no contó con el cambio de hábitos y políticas del entorno que requieren para sobrevivir.

La participación del Estado español fue, con diferencia (18 salinas frente a las 3 del segundo), la más destacada gracia a que la Península Ibérica cuenta con una enorme potencialidad salina derivada de sus características geomorfológicas y climáticas. Por ello, además de las del litoral Atlántico, debemos sumar las numerosas instalaciones y paisajes existentes en el Mediterráneo e interior peninsular, de las que vamos a destacar este último grupo, ampliamente numeroso y estrechamente ligado a la economía del mundo rural.

Este tipo de salinas, a diferencia de las de litoral, poseen un rico y variado patrimonio fruto de los variopintos ecosistemas en los que surgen los manantiales, lagunas o diapiros cuya explotación requieren, además, de originales estructuras y técnicas muy específicas. Lamentablemente, y dado que son absolutamente dependientes de lo rural, este patrimonio se encuentra en un acelerado proceso de abandono y destrucción pese a que, incluso, algunos de ellos están declarados como Bienes de Interés Cultural (BIC). De hecho, uno de ellos, el de las Salinas de Imón en Sigüenza, se encuentran en la Lista Roja del Patrimonio tras el fracaso de una propuesta de revalorización.

En el otro lado encontramos un grupo minoritario de salinas que, como Añana, han tenido la fortuna de vivir una segunda oportunidad o aquellas otras que, por legado familiar, mantienen a duras penas su actividad artesanal (Isla Cristina). Además, también existen paisajes en los que la actividad ha cesado pero cuyo espacio se ha preparado para la actividad cultural (Lagunas de Villafáfila). Lo común a todas ellas es son una salida socioeconómica a sus entornos cuando cuentan, sobre todo, con el apoyo financiero y logístico de las instituciones públicas porque, por sí solos y contra las reglas de la economía de mercado, tienen muy difícil la subsistencia.

En la actualidad, la deriva reivindicativa del mundo rural bien podría llevar a conseguir, como en el pasado, inversiones y esfuerzos por parte del Estado. Al margen de las infraestructuras y comunicación volveremos a oír hablar de la “puesta en valor» del patrimonio cultural y natural como fuente de atracción de divisas procedentes del turismo de masas pese a que, hasta entonces, la realidad es la de un profundo olvido, abandono y estado de absoluta degradación.

Llegada esta situación, y como los paisajes de la sal volverán a estar en el punto de mira de las políticas de Desarrollo Rural, habrá que mirar hacia atrás y repasar los errores cometidos con su mercantilización de forma particular y, por supuesto, del resto del patrimonio de forma general. Este tipo de planteamiento exige, para no malgastar esfuerzos y generar frustraciones futuras, que las instituciones y la población sean extremadamente reflexivas, parándose a estudiar en profundidad la situación de degradación de los paisajes de la sal y determinar qué tipo de políticas económicas alternativas son las que garantizan con éxito el futuro del patrimonio presente en el mundo rural.

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