Treure ferro a l’assumpte


Imagina que estás en el paro. Imagínate incapaz de conseguir un trabajo o de mantenerlo. Imagínate en una vivienda pequeña, precaria, insegura, fría. Imagina que tu calefacción consiste en una hoguera de residuos compartida con otras familias que quema en medio de una calle por donde nadie tiene ganas de pasar. Imagina que tienes un trastorno mental. Que necesitas robar. Que has estado, estás o estarás próximamente en la cárcel. Imagina que no tienes soporte familiar. Imagina que te drogas para paliar toda esta frustración, o que bebes hasta el alcoholismo. o todo a la vez. Imagina que tu pareja pega a vuestro hijo, o que abusa sexualmente de él, o que lo prostituye. O todo a la vez. Y no, no estoy describiendo el argumento de la última novela de Irvine Welsh. Estoy describiendo la realidad cotidiana de centenares de personas de nuestra área metropolitana, sea cual sea esta área metropolitana. Fuegos en la calle incluidos.

Ahora imagina que los servicios sociales, hartos de ver cómo los niños soportan todo esto, te dan un ultimátum, una última oportunidad antes de quitarte la custodia de tus hijos, consistente en hacerlos asistir a un centro de día donde pasarán toda la parte de la jornada que no esté ocupada por el horario escolar, un centro donde harás reuniones de seguimiento, reeducación o acompañamiento para que estos niños adquieran hábitos de conducta y de estudio saludables que, entre otras cosas, les den una oportunidad de futuro.

Imagina que vas a este lugar ubicado, por cierto, a pocos metros de tu casa, y donde acudes desesperado, no es la institución sórdida, cutre, con ese olor a cerrado típico de estas situaciones, sino un espacio luminoso, digno, todo color blanco y madera cálida y techos altos, donde no hace frío y hay plantas para cuidar y una plaza para jugar y salas de reuniones domésticas, con mobiliario decente, bien acabadas. Imagina que este centro ha sido concebido expresamente para que te sientas tratado como una persona, para inculcarte un sentimiento de dignidad que probablemente no sientas en otros momentos de tu vida. Que este centro es un oasis de calma donde, fundamentalmente, estás a gusto y tranquilo.

Este centro es el que tuve oportunidad de visitar hace pocos días en Badalona, y es la sede local de la Fundación Germina, obra del estudio B-720. Glosémoslo un poco.

Los arquitectos: B-720 es un estudio grande que hace obras grandes en un mínimo de dos continentes diferentes, un buen volumen de encargos y una buena cartera de clientes. La Fundación Germina es pequeña para ellos. Este contraste ha dado al encargo lo más importante que se podía respirar: tranquilidad. No es en absoluto un edificio sobreconstruido, como hubiese podido pasar si se hubiese ocupado de él un estudio más pequeño. Presenta la dosis justa de arquitectura: una buena idea, una revisión, un criterio para los detalles y ya. Tiene la dosis justa de sensibilidad para no convertirse en el equivalente arquitectónico de una conducta empalagosa y sobreprotectora. Dicho de otro modo, el edificio no es un manifiesto, sino sólo una pieza de arquitectura bien resuelta, si es que una pieza de arquitectura bien resuelta puede ser sólo eso. Esta tranquilidad redunda en esta domesticidad, en esta intención primaria de hacer sentir bien a sus usuarios.

El cliente: la Fundación Germina, donde está involucrada de algún modo la Obra Social de la Caixa, que trabaja manga por manga con los servicios sociales en entornos complicados para servir a niños en riesgo de exclusión social que realizan estancias largas para adquirir estos hábitos de conducta y de estudio, más alguna formación profesional, que les permita una vida digna. Y lo hace, además, con sedes ubicadas en el ojo del huracán, en esos mismos barrios donde viven estos niños.

El lugar: todavía en el término de Badalona, en medio de un continuo urbano que lo fusiona con Santa Coloma, en la vertiente norte de una loma. Un lugar donde hay que ir expresamente, que no viene de paso, aislado, por tanto, relativamente mal conectado y sin identidad.

El lugar cercano: un solar pequeñito y mal orientado donde era complicado construir vivienda y venderla medianera por medianera con un edificio de vivienda setentero por un lado y con un edificio de vivienda social público relativamente nuevo por el otro, un pequeño edificio de viviendas que presenta tres valores arquitectónicos: vacía una plaza todavía sin nombre, cierra bien la manzana que ocupa y se expresa mediante unas ventanas de medida y diseño aceptables, edificio obra del estudio de arquitectos BCQ. De este edificio se compraron los bajos, un local de buena medida y proporciones dignas, y también se compraron los bajos del edificio del otro lado.

La sede de la Fundación: esta configuración urbana la condenaba a ser una especie de Frankenstein que ocupaba espacios de diversa condición a poco que se despistasen los arquitectos. El programa se divide en cuatro partes: dependencias para niños divididos en tres franjas diferentes de edad (5-12, 12-16, 16-21, estos últimos quejosos de mezclarse con los primeros, por cierto) y unas oficinas. El rompecabezas se resuelve con una planta baja muy compleja y muchos niveles que acomoda los más pequeños y los mayores con el acceso y el espacio de relación entre ellos y unas plantas superiores donde se alojan los niños de edad intermedia y las oficinas encima.

Los bajos del edificio BCQ quedan ocupados por los niños, con salida directa a la plaza sin nombre que también sirve como acceso independiente para que no se crucen con los mayores, bajos convenientemente reformados para que presenten una total continuidad espacial con el edificio nuevo, que, por la pendiente de la calle, queda una planta por encima de lo existente. Son unos bajos cálidos, bien iluminados, acondicionados mediante una especie de súper-mueble de madera que esconde servicios, rincones de pensar, salitas de estudio, cuyo suelo se pliega como si fuese un teatro y que, además compartimenta el espacio (sin cerrarlo) para hacerlo más doméstico. Su aspecto, materiales y decoración hacen que se borre completamente la distinción entre las partes vieja y nueva de la construcción.

Los bajos del edificio de los setenta quedan ocupados por los adolescentes-adultos jóvenes, en una posición más privada, espacios de estar, estudio y trabajo que faciliten su incorporación al mundo laboral.

En medio está el vestíbulo de toda la intervención: aquello que podríamos llamar “la” puerta.

El edificio nuevo, de planta baja y cinco plantas piso, se divide en tres módulos de dos alturas que siempre tienen un vacío de conexión que permite entenderlos como un solo espacio. El primero es para el vestíbulo. El segundo, encima de él, está ocupado por niños de edad intermedia y se abre al patio interior de manzana y al sol, matizado por una vegetación que poco a poco va invadiendo el ambiente dando todavía más calidez y un control climático adicional. El tercer módulo está ocupado por las oficinas.

La fachada tenía que seguir esta división tripartita hasta que unas modificaciones sugeridas por el cliente, que quería más ventanas y más luz, forzaron a que B-720 tomase la decisión formal que caracteriza el proyecto: la aparición de un módulo de ventana muy parecido al del edificio BCQ, un módulo de ventana que, rediseñado con madera para que resulte más cálido, hermana los dos edificios y los torna uno solo sin que, paradójicamente, ninguno de los dos pierda identidad. Que esto se haya logrado marcando la división primaria cada dos plantas ayuda. Pequeños arreglos en el zócalo refuerzan esta idea fuerza que consigue que la Fundación Germina parezca que ocupa un espacio tres veces mayor que el que realmente ocupa gracias a la total fusión del pequeño edificio de nueva planta con todo lo que le rodea.

Es decir: el edificio no tan sólo dignifica a sus usuarios. También dignifica aquel trozo de ciudad. Vuelve el espíritu más puro y duro de las casas entre medianeras ancestrales, elaboradas en base a este elemento que, cuando hace realmente ciudad, resulta totalmente invisible, camuflado entre construcciones equivalentes que crean un continuo urbano que podemos llamar centro o ciudad. Pasa tanto en los pequeños pueblos intocados de España como en las mejores manzanas del Ensanche o de Chueca o Chamberí o París o Venecia o donde sea. Las circunstancias urbanísticas del barrio habían desordenado este continuo y lo habían derivado en intervenciones sueltas sin conexión ni voluntad ni diálogo entre ellas.

La Fundación Germina es la pieza que falta para que la manzana pueda ser realmente una sola manzana. No es un edificio: es arquitectura incremental que ha dado identidad a un pequeño trozo de ciudad.

Los niños de la Fundación ya están en contacto con el Ayuntamiento de Badalona para bautizar la placita de delante.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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