A Emeterio le gusta Mamesa. Cuando la tiene cerca le sudan las manos, cientos de hormigas recorren su estómago y se pone tan nervioso que no sabe que decir y cuando se le ocurre algo, tartamudea. Mamesa es una muchacha delgada, pecosa, con ojos vivarachos, media melena negra, de largas piernas y busto escultural. No es una chica explosiva de esas que llaman la atención por su físico pero, para Emeterio, es el ácido que le hace reaccionar. Porque él es un chico escuálido, más bien feo, de pelo ensortijado, orejas prominentes y nariz ancha. Un zagal enclenque, tímido y vergonzoso, parco en palabras y gestos que hace que las chicas, en general, le vean como un mozo anodino.

A Mamesa le hace tilín Sotero. Un muchachote fornido, de brazos y tórax musculados, pelo abundante, nariz puntiaguda, barbilla prominente con un sugerente hoyuelo en el centro, manos grandes y fuertes y piernas potentes. Un hombre rudo capaz de levantar tres gavillas de una sola estocada de garia.

Como Emeterio se ha dado cuenta de que Mamesa no le hace caso y sin embargo procura estar siempre cerca de Sotero, idea formas de aguar la fiesta para que la relación no salga adelante.

En un pueblo dónde no hay cine, ni discoteca y el único bar está lleno de abuelos jugando al Mus o al Subastao, y dónde entre octubre y mayo, la calle no es una opción para pasar largos ratos pelando la pava, los mozos se las ingenian para pasar tiempo con las mozas, lejos de miradas de reprobación y de comentarios maliciosos, montando guateques en la casa vieja del molinero. Un lugar que suele estar limpio porque hasta hace poco más de un lustro el molinero y su familia vivían allí, y que además tiene luz eléctrica dónde enchufar el Picú o el potente tocadiscos HD que se trajo el verano pasado de Andorra Julio Alberto, el hijo del molinero. Allí ponen discos de Los Bravos o de Los Sirex, de Los Beatles, de la Creedence, de Los Animals, los Beach Boys, o las últimas novedades como Fórmula V, Los Diablos, Karina o Marta Baizán.

El procedimiento siempre es el mismo. Se encuentran en la plaza. Se sientan en los bancos que hay junto al Ayuntamiento, y al rato Julio Alberto, propone ir a escuchar unos discos en la casa en la que vivió, antes de que a su padre le tocara la lotería y se hiciera una nueva en la huerta, dónde estuvo siempre el molino de agua hasta que fue relegado por uno eléctrico situado en la entrada del pueblo. Las chicas se hacen las remolonas. Paspasia les dice que bailar agarrado es pecado, los chicos se echan a reír y al rato, acaban todos reunidos en la antigua gloria. Los mozos sentados todos en un lado, las chicas frente a ellos en la pared contraria y Julio Alberto y Melitón, junto al equipo Hifi poniendo discos. Al cuarto de hora, alguna chica se lanza a bailar en el centro, le sigue un chico, luego otros, hasta que todos, incluida Paspasia, acaban danzando al son de los Beatles o de Los Beach Boys. Cuando ha pasado ya un buen rato, Julio Alberto cambia el tercio y pone a Los Animals y su “The House of the Rising Sun”. Otras veces, el tercio lo cambia “Have you Ever Sean The rain” de la Creedence. Entonces alguien apaga la luz y la habitación queda en la penumbra del pequeño foco que ilumina el tocadiscos.

Emeterio es un maestro en fastidiar las tardes de guateque. Siempre empieza con la misma frase. Cuando va a empezar la música lenta, les dice, ¿No habéis escuchado ese ruido? Todos callan. Paran la música y escuchan en silencio. Las casas viejas, siempre tienen ruidos. Y entonces es cuando Emeterio aprovecha para contar una historia de miedo.

“Esta mañana he escuchado en la radio que se han escapado de la cárcel dos peligrosos delincuentes. Uno de ellos estaba condenado por haber violado y matado a más de treinta mujeres. ¿Y si se han escondido aquí? La puerta la hemos dejado solo empujada y lo que hemos oído era el chirrido al abrirse”. Entonces es cuando empieza el pánico. Las chicas comienzan a decir que se ha hecho tarde y acaban saliendo todas en grupo y acompañándose unas a otras hasta casa muertas de miedo.

En otra ocasión, al parar la música, se oyó un golpe seco. Emeterio comenzó su relato. “Hace un rato, cuando venía del bar de comprar tabaco, he visto a un tipo con muy malas pintas. Era alto, con muchos hoyos de viruela en la cara. Me ha parecido que me estaba siguiendo. Creo que lo he despistado en el callejón del cura. Pero igual me ha seguido hasta aquí. Deberíamos salir todos para casa. Igual me equivoco y son todo elucubraciones mías, pero… Alguien debería subir al piso de arriba a revisar”. Pero nadie subió. Apagaron el equipo, salieron todos, cerraron con llave y se acabó la fiesta.

Cuando Emeterio no está en los guateques, estos suceden siempre con la normalidad prevista y sin que nadie se vaya a casa antes de tiempo. Sotero, Julio Alberto y alguno más están empezando a sospechar que Emeterio se inventa estas historias para impedir que Sotero y Mamesa estén juntos.

En la próxima reunión, le van a dar una lección a que no olvidará nunca.

 


Ruido

Ruido de conjuros,
Ruido malnacido,
Ruido tan oscuro
Puro y duro ruido,…
Sabina, Pacho Varona y Pedro Guerra.

 

El miércoles pasado, en la sesión de control al gobierno en el Congreso de los Diputados, sucedió algo que define perfectamente la coyuntura de irrealidad y necedad en la que vivimos. Durante las preguntas sobre el encuentro de Ábalos con la vicepresidenta de Venezuela Delcy Rodriguez, la bancada de la «contra democracia» estaba llena. Aplaudiendo con cada soplapollez que se le ocurría al aprendiz de insufrible o al ignominioso de la Coz. Montando algarabía contra las respuestas del Ministro de Fomento. Pataleando como si estuvieran en el fútbol en el fondo sur de su equipo del alma.

Luego, cuando hubo que hablar de la España Vaciada, de las soluciones para el campo español, del plan para que nuestros pueblos no se conviertan en poblados del tercer mundo dónde no hay servicios sanitarios, ni escuela, ni tiendas y en muchos casos ni bar, entonces, a los señores de la «contra», a los fascistas de la Coz, como no les interesaba, abandonaron sus escaños para irse al bar a descansar. Porque el hooliganismo es mucho trabajo para quién está acostumbrado a no hacer nada.

No quiero hablar aquí de la estupidez que ha venido a llamar “Delcygate”. No merece la pena. Pero si están interesados en saber porqué es una estupidez, con este artículo de Santiago Aparicio en este mimo medio, se podrán hacer una idea. Y si además quieren profundizar en el por qué de tanto interés de la derecha sobre Venezuela, a parte del evidente de señalar el dedo para que no se vea la luna, este otro artículo de Manuel Domínguez Moreno, editor de Diario 16, les pondrá luz, entre tanta tiniebla.

Porque a pesar de la insistencia de Cayetana, la Marquesa del cuello tenso, de la cara de alabastro y de la voz de hiena, ni a mí, ni a la mayor parte de los que vivimos aquí, nos interesa Venezuela hasta el extremo de llevarla al Parlamento español.

Cada vez estoy más convencido de que es ese pueblo que vota a esta «contra democracia», un grupo de indeseables, el culpable de que en cualquiera de los informes que sobre este país se hacen, salgamos en la “foto” como una sociedad de insolidarios que ha hecho de la desigualdad y de la pobreza el paradigma del hijoputismo mundial. Todo con la inestimable ayuda de los grandes medios de incomunicación. Para ejemplo, un asqueroso artículo que el periódico Global publicó el sábado blanqueando el voto fascista. (Un artículo que no voy a enlazar para no darles publicidad).

Desde el relator de la ONU para la pobreza extrema, hasta el malvado FMI (ese organismo que arruina países, que deja en la indigencia a los pueblos y que da consejos de cómo sobrevivir en la miseria mientras sus dirigentes llenan sus cuentas corrientes en paraísos fiscales con cifras astronómicas), todos insisten en lo mismo: España es una fábrica de pobres, de desigualdades en las que el trabajo es una quimera fugaz que no sirve ni para sobrevivir en unas condiciones mínimas, mientras que hay unos pocos que viven a todo lujo de la pobreza de los demás.

Esto, no solo no interesa a la «contra democracia», sino que por ser causantes de esta situación, prefieren centrar el foco en Venezuela o en Cataluña o incluso en el Coronavirus. Cualquier dedo es bueno para que esa gente que pasa el día anodinamente detrás del televisor, comiéndose cinco horas de basura televisiva, de opiniones sesgadas y de tertulias de analfabetos culturales que igual dan consejos sobre cómo evitar que un avión al que le ha explosionado una rueda pueda estrellarse, a cómo y quién hay que votar para seguir en este camino desolador de pobreza y sumisión, que ellos visten como el camino de rosas, puedan autoconvencerse de que, para su vida, es mucho más importante lo que pasa en Venezuela que las listas de espera que le impiden ir a su médico de familia el día que tienes fiebre, teniendo que hacerlo tres días después. Así, mientras se quedan obnubilados en el debate sobre si hubo o no sexo en la Terminal Internacional del Aeropuerto de las Tentaciones Madrid Adolfo Suarez Barajas, se olvidan que les están usurpando camas de hospital para colocar el negocio en las empresas de sus amigos. O que, como sucederá en el Hospital Ramón y Cajal en Madrid, se construye con dinero público para darle la explotación a algún amiguete. Según cuenta el sindicato MATS el Gobierno de la Comunidad de Madrid, proyecta un edificio privado dónde ahora se encuentra el aparcamiento y la estación de cercanías, junto a ese hospital, para que le haga la competencia a la sanidad pública en una concesión a un privado, durante 40 años.

Mientras la gente vea que lo importante es Venezuela, no se fija en que en su pueblo, el médico ya no pasa ni siquiera una vez a la semana, que las urgencias están colapsadas, que para operarte, o aceptas que te intervengan en una clínica privada, donde el coste de la operación será el triple que en tu hospital público de referencia, o te vas a una lista de espera en la que quizá no llegues a la intervención quirúrgica.

Mientras se debate sobre un escándalo creado de la nada, y que es nada, el personal no se fija en que en las capitales desgobernadas por la «contra» están cerrando ambulatorios, como hicieron antes con los de los pueblos. No centran el debate en que el gobierno «contra» de la Comunidad de Madrid ha subvencionado con 200.000 euros a más de 65 alumnos que estudian bachillerato en centros PRIVADOS, dejando a otros muchos de colegios públicos sin tutorías o sin clase para ahorrarse la contratación de profesores los primeros quince días de baja o cercena su presupuesto para gastos comunes en 350.000 €.

Mientras patalean en el Congreso porque las respuestas de Ábalos no les gustan, decenas de personas están siendo despedidas por faltas al trabajo al estar enfermas, gracias a la reforma laboral que impusieron cuando el melifluo registrador era presidente. Mientras las tertulias víricas televisivas repiten una y otra vez un escándalo que no existe, Willy Toledo tiene que pasar por el juzgado por un delito de ofensas religiosas. Mientras debaten sobre la maldad de Maduro, en España se detienen periodistas por hacer su trabajo.

Y aquí seguimos, aguantando la majadería de los contagiados de estupidez por el virus de la televisión. Porque en esta España llena de indeseables y de gente muerta en vida, lo importante es el ruido. La paja en el ojo ajeno y no la gran viga que nos ciega. Siempre hemos sido de conformarnos y de buscar la felicidad en el mal ajeno. Y cuanto más ruido sobre los males de otros, más felices somos.

 

Salud, feminismo, república y más escuelas (públicas y laicas).

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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