Día de facturas en el Congreso de los Diputados. En medio de la pandemia, las derechas han golpeado fuerte al Gobierno y acto seguido Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Parlamento español, ha puesto en su sitio a Pablo Casado durante el debate sobre la prórroga del estado de alarma. “Adolfo Suárez legalizó el Partido Comunista, aprobó el divorcio, trajo de vuelta a Alberti y a la Pasionaria y recuperó la Generalitat de Catalunya; usted hoy lo metería en la cárcel”, le ha dicho mientras el líder de la oposición movía la cabeza, a un lado y a otro, con perplejidad. Le había sorprendido el severo reproche del soberanista catalán cuando él, minutos antes, se había enseñado a placer con un pugilista del PSOE algo acorralado en el ring. Su descarga de golpes bajos en el hígado contra el presidente del Gobierno pasará a la historia y será un buen ejemplo de carroñerismo político y deslealtad en tiempos de tragedia nacional. Casado le ha dicho a Pedro Sánchez que deje de buscar “subterfugios” con los Pactos de la Moncloa para “tapar su fracaso”. Y ha apostillado: “No menosprecie la grandeza del pueblo español, que es capaz de superar cualquier desafío”. Tampoco Santiago Abascal se ha andado con melindres a la hora de atizarle fuerte al Ejecutivo de coalición con su habitual lenguaje guerracivilista que pone los pelos de punta a cualquier demócrata.

Cuando le ha llegado su turno, Rufián ha subido al atril de las Cortes y ha empezado su habitual discurso reposado en las formas y fustigador en el fondo interpelando directamente a las derechas. Su ingeniosa maldad sobre Adolfo Suárez venía a cuento de la propuesta de Sánchez de convocar a todos los partidos políticos a unos nuevos Pactos de la Moncloa, una iniciativa que al líder republicano no le parece una buena idea, no ya porque estamos hablando de épocas y circunstancias históricas diferentes, sino porque aquellos acuerdos de 1977 supusieron, a su juicio, un grave retroceso en derechos laborales para la clase obrera. “Ya lo ha dicho Julio Anguita: si la solución pasa por los Pactos de la Moncloa que dios coja confesados a los trabajadores”. Y es cierto que aquel logro de finales de los convulsos setenta se forjó a base de renuncias, de sufrimientos y de sacrificios de las clases más desfavorecidas, que fueron quienes soportaron todo el peso de los documentos firmados, como la reducción de salarios, la flexibilización del mercado laboral y los rigores del paro. Pero, partiendo de la base de que los Pactos de la Moncloa se suscribieron desde una óptica neoliberal salvaje y no estrictamente socialdemócrata, resulta innegable que el país salió adelante (aunque algunos salieron más adelante que otros). De alguna forma traumática logramos superar una crisis económica, institucional y política profunda que hacía peligrar la democracia misma en España.

La idea de Sánchez de llamar a unos pactos para la reconstrucción del país es algo loable, sin duda. Pero hay que asumir que ya no estamos en 1977, tal como advierte Rufián, que aconseja al presidente socialista que antes de citar a nadie a la Moncloa se dé una vuelta por Ajuria-Enea y por la Generalitat de Cataluña. Una vez más, la clarividencia de este joven político resulta apabullante. Si queremos reconstruir el país hay que empezar por los cimientos, no por el tejado. Es preciso reformar la estructura misma del Estado, seriamente tocado en lo institucional y territorial en los últimos años. No puede haber un Pacto de la Moncloa sin un pacto en Barcelona y en Vitoria.

Más allá del eterno problema territorial español nunca resuelto, parece obvio que la etiqueta escogida por Sánchez no es la más adecuada. Un gran acuerdo nacional entre fuerzas políticas y agentes sociales se antoja necesario para superar la pandemia pero quizá el membrete, el cartel, no sea el mejor para echar a andar. A la derecha no le gusta la reminiscencia de los Pactos de la Moncloa porque supone otorgarle al presidente del Gobierno la misma dimensión histórica protagonista y el mismo papel trascendental que jugó Suárez en la Transición. Y a los grupos nacionalistas tampoco les seduce volver a aquellos acuerdos que para ellos retrotraen a un pasado que ya no admiten, un capítulo en el que el rey Juan Carlos y las fuerza posfranquistas desempeñaron un rol decisivo. Casado y Abascal nunca aceptarán una alianza que deje a Sánchez como el gran epidemiólogo que sacó al país de la peste asiática, mientras que los soberanismos catalán y vasco tampoco aceptarán unos pactos firmados y amparados por “el Borbón” al que no reconocen. Por esa razón, por esa alergia de las derechas y del nuevo independentismo irredento ante la recuperación de una parte esencial de nuestra memoria política constitucional, los nuevos Pactos de la Moncloa están abocados al fracaso de antemano.

Hoy todos reescriben la historia a su manera y desde el presente. Ese es el gran drama de la España contemporánea. El negacionismo fanático de todo signo es un virus aún más letal que el covid-19. Por eso quizá haya que dejar a un lado los recuerdos del pasado glorioso que ya no volverán y bajar al suelo, a las cosas terrenales concretas, a grandes pactos por la Sanidad, por medidas económicas que palíen la colosal recesión que se avecina y por prestaciones sociales imprescindibles para que millones de españoles no se queden en la cuneta. Es cierto, como dice Rufián, que ya no estamos en 1977. Son circunstancias y realidades históricas diferentes que exigen medidas políticas nuevas. Su denuncia de que España está gastando 11.500 millones de euros anuales en presupuestos para Defensa mientras no hay dinero para mascarillas y respiradores de oxígeno es una idea muy a tener en cuenta. Un pacto sobre eso sería un buen comienzo de cara al inquietante futuro que se nos viene encima, una vez ya desplomado irremediablemente todo nuestro viejo mundo. Por desgracia, las derechas siempre dirán que no a todo lo que no sea la rendición incondicional del Gobierno rojo/separatista y la entrega del poder a los defensores de su idea vieja, imperial, caduca y delirante de España.

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