En el mes de julio, cuando se agotaba el plazo para formar Gobierno o ir a nuevas elecciones, Gabriel Rufián instó a PSOE y Unidas Podemos a ponerse de acuerdo antes de las vacaciones porque en septiembre “todo sería diferente”. De esa manera, dejaba claro que ERC estaba dispuesta a arrimar el hombro en ese momento para sacar adelante un Ejecutivo progresista, pero si se dejaba el examen para después del verano la oferta de mano tendida caducaría. Al final, como todos sabemos, no hubo pacto de izquierdas, llegó el otoño caliente, la sentencia del “procés”, el clamor ciudadano, el vendaval callejero y la lluvia de fuego y adoquines. Tal como advirtió el joven líder republicano catalán hoy todo es diferente y aunque tras las elecciones del 10N el acuerdo entre socialistas y morados está prácticamente cocinado (más por necesidad e instinto de supervivencia de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias que por sintonía política) ahora es Esquerra la que no puede dar el “sí” gratis total porque está maniatada por las graves circunstancias que vive Cataluña. De hecho, Rufián ya ha puesto sus condiciones al exigir la convocatoria de una mesa de partidos para resolver el conflicto territorial. El documento que han firmado Sánchez e Iglesias apuesta efectivamente por el diálogo y no por soluciones represivas, pero siempre dentro del “orden constitucional”. Una propuesta que para ERC va a resultar insuficiente y difícilmente asumible, ya que excluye de la mesa el referéndum y la amnistía de los presos soberanistas. Ni una cosa ni otra pueden ser debatidas, ya que ambas están prohibidas por la Carta Magna.

De modo que la investidura de Sánchez pasa necesariamente por ERC, que vuelve a tener una de las muchas llaves que necesita la debilitada coalición PSOE/UP. Y será en esa encrucijada donde Rufián se verá obligado a decidir, y no precisamente sobre el manido derecho a la autodeterminación, sino sobre cuestiones que tienen más que ver con los principios y las ideas, con la altura de miras, con la valentía y la dignidad de un líder que se dice de izquierdas y que aspira a alcanzar algún día la consideración de hombre de Estado. Fue Camus quien dijo aquello de “amo demasiado a mi país como para ser nacionalista” y ese es el gran dilema al que tendrá que enfrentarse Rufián en las próximas semanas cuando se suba al escaño del Congreso de los Diputados y tenga que votar sí o no a Sánchez.

Será entonces cuando el solvente gran actor de la impresora, las esposas y la fusta contra los instalados del Sanedrín parlamentario tendrá que mirarse al espejo, evaluarse a sí mismo y decidir si hace política audaz, valiente, a lo grande, permitiendo que millones de españoles y catalanes se beneficien de medidas sociales y reformas democráticas urgentes o si sigue instalado en la política de lo diminuto, en las costumbres y tradiciones del hermético terruño, en el conservadurismo nacionalista. Rufián debe decantarse entre la dialéctica fácil independencia-unionismo o colaborar en la lucha mucho más honrada y épica contra la ultraderecha carpetovetónica, contra las poderosas élites y el gran capital.

Será en ese momento decisivo cuando se la juegue Rufián. Si opta finalmente por el eje que busca ciegamente la independencia sobre cualquier otro objetivo habrá quedado bien con su parroquia, pero habrá votado no a Sánchez codo con codo con la extrema derecha de Vox. Y si finalmente dice sí al “Pacto del Comedor”, siguiendo la lógica del hombre de izquierdas, quizá ya nunca pueda volver a Cataluña porque le habrán colgado el cartel de “botifler”, esa palabra tan horrible y totalitaria con la que los puritanos del nacionalismo estigmatizan a todo aquel que no siga la férrea ortodoxia. Se habrá convertido entonces en un exiliado en Madrid y ese será el gran drama de un hombre válido e íntegro, quizá de lo poco potable que queda ya en el carcomido Parlamento español, nido de inútiles, aprovechados y arribistas. Rufián se acerca a su ser o no ser. Elegir entre quedar como un dócil sumiso al aparato y al catecismo ideológico del catalán de pedigrí o comportarse como un hombre valiente y coherente con los valores de la izquierda que dice defender. Pocos quisieran estar en su pellejo.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

4 Comentarios

  1. En España (no sólo los que somos independentistas) tenemos un problema: entre Sánchez y Calvo han reconocido que manipularon y manipularán a la judicatura. Como no podemos fiarnos de ellos, propuesta: Pienso que, para que España avance, convendría un gobierno PSOE-PP o PSOE-Cs. Es la única manera de que Unidas Podemos reciba un apoyo electoral y social enorme para gobernar desde una posición de más fortaleza. Claro que esto sería en una siguiente convocatoria electoral, quizás dentro de los cuatro años preceptivos.

  2. el sr. antequera en este artículo lleno de épica sigue sin entender lo que los vascos y catalanes y algunos más i8 queremos. Y no es otra cosa que el ,puesto que estamos en una democracia y todos somos mayores, poder administrarnos a nosotros mismos sin tutelas estatales.
    eso de que si apoyas a Sanchez e Iglesias eres un gran estadista y si estás por defender los intereses de los que te han votado eres pequeño y aldeano es de una cortedad inmensa.

  3. Me parece un articulo irrespetuoso y manipulador, para todas las personas que no estamos de acuerdo con la politica represiva del Gobierno en funciones del PSOE en Catalunya. No olvidemos que ademas aun se mantienen en vigor todas las leyes represivas del PP
    Saludos

  4. ¿Acaso sera realmente un Gobierno de izquierdas el que mantenga en la carcel a los presos politicos y golpeando a la gente por votar lo que quieren?
    Mas bien si vota al PSOE en la situacion actual es como si votara a cualquier otro partido del trifachito pues la politica sobre Cataluña es la misma.Y ya no hablemos de la politica social donde aparte de la demagogia y de mentiras no hace nada mas que lo que podria hacer cualquier partido del trifachito. Al fin uy al cabo el PSOE del GAL es tan fascista como los otros en la realidad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

quince − 3 =