domingo, 1agosto, 2021
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Rosalía y el buen salvaje

Jaume Prat Ortells
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.
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(Joan Roig me pidió este artículo y yo lo obedezco y se lo dedico.)

El punk combatía, se enfadaba, luchaba, quemaba cosas, tiraba piedras, la liaba parda por las calles con ese cinismo de creerse que tenían algún tipo de influencia en su calidad de primeros rebeldes antisistema prefabricados por ese mismo sistema contra el que creían protestar. Inocentes. El movimiento grunge, en cambio, es recordado por su pesimismo, por el carácter resignado de sus miembros, conocedores del fracaso del punk, sabedores de que el sistema monetariza su angustia existencial, su depresión y su resignación: inútil luchar. El símbolo del grunge, Kurt Cobain, hastiado, se volará la cabeza con una escopeta de caza.

Kurt Cobain tenía duende

El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir, de viejísima cultura, de creación en acto.

Federico García Lorca pronunció estas palabras en su conferencia Teoría y juego del duende (1934), que expresa la fascinación por este estado que conecta el creador con lo Ancestral, sí en mayúscula. El duende es telúrico. Puro. Quien lo tiene queda convertido en un médium que nos conecta con las capas más profundas de la existencia. Quien tiene duende no reflexiona. No necesita de la intelectualidad. Funciona por instinto. Quien tiene duende desnuda la obra y la deja convertida en estructura y la pone patas arriba y la recompone cada vez convirtiendo la interpretación en un acto de creación pura sin tan sólo se consciente de ello. Porque quien tiene duende es. Sencillamente.

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La mentalidad millennial ha abrazado el hecho liberal y lo ha convertido en el elemento estructural de su identidad. Las estrellas millennial saben perfectamente que no hay diferencia entre creación y promoción. Se produce y se vive a la vista. La distancia entre la supuesta impostura de las luces de neón y la vida privada se ha borrado. Ya no hay, ni puede haber, ningún conflicto entre la independencia y la libertad creativa. Rosalía es uno de los máximos exponentes de esta manera de hacer.

Porque Rosalía tiene duende

Rosalía ha crecido acostumbrada a hacer convivir este duende con el estar a la vista, con un trabajo en red que lo matiza, lo potencia y lo explota, comprobando sistemáticamente, diariamente, concierto a concierto, si el pozo de donde bebe tiene fondo o no.

Rosalía nos ha regalado uno de los últimos discos estructurados como tal donde el éxito comercial, una producción barroca y excesiva y la calidad se aparejan, El mal querer. Su integridad se ha descontextualizado para ser promocionado mediante singles, el nuevo formato de moda. Tampoco es que mucha gente haya protestado por ello. La obra, sin embargo, ha quedado.

Buena parte de su fama se debe al clip Malamente (cap.1: augurio), producido por Canadá Films y dirigido y editado por Nicolás Méndez.

Malamente explora el imaginario de las chonis poligoneras, de los toros, los camiones, las uñas largas y las cosas que brillan y los chándales blancos, muy blancos, inmaculados, porque los quillos son muy limpios, y de las bambas que ya no son bambas porque la suela es tan gruesa que no sirve para hacer deporte, y de la comida rápida y de la ropa de estampado de leopardo de fibra sintética, que mola más que el algodón, y de los cabellos estirados y las palabras de menos de tres sílabas y los padres con barriga cervecera y las habitaciones pequeñas con cama individual y el lujo entendido como complementos y cuero y maquillaje pesado y logotipos tochos.

La choni poligonera es el Buen Salvaje del siglo XXI. La choni poligonera representa, o es, aquello puro, intocado, libre de influencias por haberlas abrazado todas hasta interiorizarlas y expresarse con ellas sin conflictos, libre de deseos de creación y de la voluntad de ser original y de convencionalismos sociales heredados de generaciones pasadas y de cualquier etiqueta que no sea la suya. La choni poligonera vive en lo genérico, en el estándar, en la franquicia que le permite comer lo mismo y con el mismo sabor aquí, en Tel Aviv y en Berlín y en Tokio. Excepto que no viajará a Tel Aviv ni a Berlín ni a Tokio porque no se le ha perdido nada allí. Pero le servirá igualmente para comer lo mismo y con el mismo sabor en Sant Esteve Sesrovires, en Castelldefels o en Mataró. Siempre en los polígonos industriales donde va, claro.

Un polígono industrial es estándar. Genérico. El mismo en cualquier punto de España y de Europa, naves y naves y naves en dos modelos diferentes: con y sin medianera. La nave industrial de un polígono industrial es lo más parecido a la arquitectura tradicional que ahora podamos contemplar.

Como la arquitectura tradicional, obedece a un tipo genérico. Es barata. Se hace sin pensar demasiado, casi sin proyecto, obedeciendo a una necesidad tan perentoria que descarta cualquier floritura.

Una nave industrial es un artilugio que segrega y privatiza espacio de la manera más barata posible. No hay ansias de representatividad. No existe preocupación por el confort, por la sostenibilidad, por el medio ambiente ni por nada que no sea el trabajo. Todo esto se añade a posteriori: si se necesita confort se añade un aire acondicionado de esos horrorosos a una especie de caseta de obra o a un altillo también añadidos que harán de oficina provisional por toda la vida útil de la nave. Si se necesita expresión se compra un cartelaco to’grande y luminoso que brille y diga qué se hace allí. El quilómetro cero no se deberá a los materiales, sino a un constructor que sabrá cómo hacerlo rápido, eficaz y, sobre todo, sin quebraderos de cabeza.

La nave industrial es la Cabaña Primitiva del siglo XXI. La de verdad. La que no tiene artificios ni procesos de diseño extraños. Construcción pura. Y, encima, son espacios que no están nada mal.

Fotos: Jaume Prat.

Porque la nave industrial poligonera tiene duende

Su nivel tecnológico se puede resumir con una sola frase: no me toques las narices. Unos prefabricados de hormigón y/o una estructura metálica, todo optimizado no por voluntad expresiva, sino porque la masa es cara. Exactamente igual que en la arquitectura tradicional. La producción de la nave industrial está industrializada. Las soluciones ad hoc se usan sólo cuando son imprescindibles. Se hace con lo que el constructor sabe hacer. Con lo que es óptimo en una ecuación que comprende rapidez, pocas ganas de comerse la olla, confianza en este constructor y el uso de materiales y tecnologías fácilmente disponibles, confiables y probadas.

La arquitectura culta no está tan lejos de esto: uno de los mejores arquitectos que conozco, Pepe Llinàs, ha declarado a menudo que la arquitectura se hace con bajas tecnologías vestidas de domingo. La diferencia es que Pepe es una de las personas más elegantes y cultas que conozco. Su arquitectura podría representar un digno final para este artículo porque hace exactamente lo mismo, pero de la manera que nos gusta y nos satisface a los arquitectos. Mejor sigo un rato más.

No todo el mundo tiene la elegancia de Pepe Llinàs. Ni todo el mundo se la puede pagar. Ni es el único que lo hace, o que la tiene, evidentemente. En esta misma columna he reseñado ya la nave industrial Gon-Gar, obra de Nua arquitectures en Benissanet, un ejemplo de qué significa la implicación de un arquitecto en la creación de una nave en el contexto bastante más delicado y sensible, eso sí, del centro de un pueblo pequeño. Siempre serán necesarios los arquitectos para encargos como estos. Pero la reflexión debe ir más allá. ¿Somos necesarios los arquitectos en la creación de estas Cabañas Primitivas del siglo XXI? O más exactamente ¿cómo somos necesarios los arquitectos en este contexto, más cuando mucho de lo que se hace tiene ya duende? La respuesta, para mí, radica en el uso de este segundo nivel de la tecnología ya experimentado y probado y por tanto, seguro, optimizado y económico, y en quien lo usa, es decir, en los constructores, no en los clientes. La pregunta adecuada sería, pues ¿Por qué los clientes confían más en los constructores que en los arquitectos? Y más: ¿Por qué los constructores no necesitan a un arquitecto para otra cosa que no sea su firma? Si se incide en este segundo nivel de la tecnología, si empezamos a competir no por proyectos que ya tenemos perdidos, sino por la creación de nuevos componentes que pueda ofrecer todo aquello que nos interesa a nosotros y al medio ambiente igual conseguimos que la siguiente cantante con duende haga un clip en un lugar de estos que hemos inspirado y olvidado. O quizá encontrará en otro sitio otra Cabaña Primitiva que se nos habrá pasado por alto.

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